Capítulo 5 5° Mi realidad
Hades
El motor de mi auto se apagó, pero el zumbido en mis oídos apenas comenzaba. Conocía ese todoterreno. Pertenecía a una de las firmas de detectives privados más discretas y costosas de Londres, la misma que había contratado dos semanas atrás tras meses de sospechas, ausencias injustificadas de Adela y estados de cuenta encriptados que no cuadraban.
Entré a la residencia a paso firme. La frialdad del vestíbulo de mármol me golpeó de lleno.
En la biblioteca de la planta baja, un hombre de traje oscuro me esperaba de pie junto a la chimenea apagada. Sobre la mesa de centro descansaba un sobre de manila grueso, abultado, pulcro en su presentación, pero devastador en su contenido.
—Señor Sinclair —saludó el detective con un tono profesional desprovisto de todo dramatismo—. Las pruebas están completas. Todo lo que solicitó verificar ha sido documentado con fechas, horas y registros financieros.
No dije una sola palabra. Me acerqué a la mesa, tomé el sobre y saqué el mazo de fotografías y reportes.
Allí estaba Adela. Mi esposa. La mujer con la que compartí veinticinco años de mi vida y el apellido que representaba a la firma. Aparecía en hoteles de lujo en París, en un yate privado en la costa de Niza y en un apartamento discreto en Mayfair. En cada imagen se la veía sonriente, plena, entregada a un hombre considerablemente más joven que ella.
No sentí celos. No sentí el desamor violento de quien descubre una traición inesperada, porque el amor entre nosotros había muerto hacía años. Lo que sentí fue una humillación helada, una ira sorda por la hipocresía, por los años de reproches en los que ella me culpaba de distanciamiento mientras destruía el honor de nuestra familia a mis espaldas.
—Gracias. El resto del pago se transferirá esta misma noche —dije con la voz tan rígida que ni yo mismo me reconocí.
El hombre asintió y se retiró en silencio, dejándome a solas con los restos de mi matrimonio esparcidos sobre la mesa.
Escuché los pasos pesados en el pasillo superior. Adela bajaba a la planta baja, ajena a que el teatro acababa de cerrar el telón. Entró a la biblioteca vistiendo un abrigo de visón, ajustándose un collar de diamantes.
—¿Hades? ¿Qué haces parado en la oscuridad? —preguntó con su habitual tono de fastidio—. Te recuerdo que la recepción de la fundación empieza en una hora y no pienso llegar tarde por tus...
Lancé el mazo de fotografías sobre la mesa. El golpe del papel contra la madera resonó como un disparo en la habitación.
Adela se detuvo en seco. Sus ojos castaños descendieron hacia la mesa y, por primera vez en más de dos décadas, vi cómo la máscara de perfección de Adela Grayson se desmoronaba en un segundo. El color huyó de su rostro, dejándola pálida como un cadáver.
—¿Qué... ¿qué es esto? —balbuceó, perdiendo la voz.
—Tu verdadera vida, Adela —respondí, dando un paso hacia ella, con una calma tan aterradora que la hizo dar un paso atrás—. Años exigiéndome apariencias, juzgando mi trabajo, usándome de escudo financiero... mientras te burlabas de mí y de mis hijos en la mitad de Europa.
—Hades, puedo explicarlo... fue un error, una imprudencia...
—No te atrevas —la interrumpí, con la voz grave resonando en las paredes de la biblioteca—. No te atrevas a llamarle error a años de cinismo. Te vas de esta casa esta misma noche. Mis abogados te entregarán la demanda de divorcio mañana a primera hora.
—¡No puedes hacerme esto! ¡La prensa se va a enterar, destruirá mi reputación, la de la empresa! —gritó, intentando recuperar el control con desesperación.
—Tú destruiste esta familia el día que cruzaste esa puerta —sentencié, dándome la vuelta sin volver a mirarla—. Tienes dos horas para recoger tus cosas. Si a la medianoche sigues aquí, la seguridad te sacará a la calle.
Salí de la mansión sin escuchar sus gritos ni sus súplicas histéricas. Subí a mi auto, encendí el motor y aceleré sin rumbo fijo por las calles lluviosas de Londres.
La lluvia comenzó a golpear el parabrisas con violencia, pero nada comparado con la tormenta que llevaba por dentro. El dolor, la rabia acumulada de años, el peso de mantener una fachada que acababa de saltar en mil pedazos me sofocaban. Paré en el primer bar discreto que encontré en el Soho.
Una copa de whisky se convirtió en tres. Tres se convirtieron en cinco. El alcohol no borraba las imágenes de la traición ni el vacío absoluto en mi pecho, solo volvía el mundo más borroso y pesado. Para cuando me di cuenta, la medianoche había pasado y la barra del bar estaba casi vacía. Intenté ponerme de pie, pero las piernas no me respondieron con firmeza. No podía conducir. No podía volver a esa mansión vacía y maldita.
Saqué el teléfono con manos torpes. Busqué en la pantalla borrosa el único nombre que me infundía paz en medio del desastre.
Marqué el número.
A los tres tonos, una voz suave, adormilada y preocupada contestó al otro lado de la línea:
—¿Hades? ¿Pasa algo? Es de madrugada...
—Briana... —articulé con la voz rota por el alcohol y el dolor—. Por favor... no puedo manejar. Necesito que vengas por mí.
