Capítulo 6 6° No me dejes
Briana
El pitido constante del teléfono en mi mesa de noche me sacó de un sueño intranquilo. Parpadeé varias veces, desorientada por la luz de la pantalla en medio de la penumbra de mi pequeño apartamento. Cuando vi el nombre que parpadeaba, el corazón se me dio un vuelco.
Hades Sinclair.
Eran más de la una de la mañana. Él jamás llamaría a estas horas a menos que se tratara de una emergencia extrema.
—¿Hades? ¿Pasa algo? Es de madrugada... —pregunté con la voz áspera por el sueño, incorporándome de golpe en la cama.
—Briana... —Su voz al otro lado sonó rasgada, pesada, arrastrando las palabras con una vulnerabilidad que nunca antes le había escuchado—. Por favor... no puedo manejar. Necesito que vengas por mí.
Un escalofrío me recorrió la espalda. El hombre impecable, firme y protector que conocía en la oficina sonaba completamente roto.
—Dime dónde estás. Voy para allá ahora mismo —respondí sin dudarlo ni un segundo.
Me dio la dirección de un bar discreto en el Soho. En menos de cinco minutos me vestí con lo primero que encontré: unos vaqueros, un suéter holgado, una chaqueta y mis botas. Salí a toda prisa al aire helado de la noche londinense. La lluvia caía con fuerza, transformando las luces de la ciudad en borrones de colores sobre el asfalto mojado.
Tomé un taxi y le pedí al conductor que fuera lo más rápido posible. Durante el trayecto, miles de preguntas me martillaban la cabeza. ¿Qué había pasado? ¿Un accidente? ¿Una tragedia familiar? Hades era el pilar de la empresa, el hombre que siempre tenía el control de todo. Verlo así me infundía un temor desconocido y una necesidad arrolladora de protegerlo.
Cuando el taxi me dejó frente al pub, empujé la pesada puerta de madera. El olor a malta, humo y madera húmeda me recibió de golpe. El local estaba prácticamente vacío. En una esquina de la barra, iluminado solo por una luz tenue, estaba él.
Tenía el saco del traje sobre la banqueta de al lado, la corbata deshecha y el primer botón de la camisa abierto. Sostenía un vaso bajo entre sus manos fuertes, mirando fijamente el hielo derretido. Incluso en su derrota, su presencia seguía siendo imponente, pero la sombra de dolor que envolvía sus ojos grises me encogió el pecho.
Me acerqué a él a paso lento.
—Hades... —murmuró suavemente, poniendo una mano con timidez sobre su hombro.
Él se sobresaltó ligeramente y levantó la mirada. Al reconocerme, una chispa de alivio tan pura como dolorosa cruzó su rostro. La tensión en sus hombros cedió un milímetro.
—Viniste... —susurró con una sonrisa amarga que no le llegó a los ojos—. De verdad viniste, Briana.
—Por supuesto que vine. Te dije que podías contar conmigo —le dije, quitándole con cuidado el vaso de la mano y dejándolo sobre la barra. Dejé unos billetes para pagar la cuenta antes de volverme hacia él—. Vamos, tienes que salir de aquí.
Al ponerse de pie, la borrachera lo hizo tambalearse. Rápidamente pasé su brazo grueso por encima de mis hombros para sostenerlo. Sentir la solidez de su cuerpo musculoso pegado al mío me aceleró el pulso, pero el pánico de verlo tan mal disipó cualquier pensamiento inapropiado. Hades pesaba el doble que yo, pero logré guiarlo fuera del local bajo la lluvia persistente.
Conseguí parar otro taxi. Con bastante esfuerzo lo ayudé a entrar en el asiento trasero y me senté a su lado. Él dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo, cerrando los ojos con pesadez.
—¿A dónde vamos? ¿A tu casa en Kensington? —le pregunté al chófer antes de mirar a Hades.
Él abrió los ojos de golpe. Una ráfaga de ira y desprecio puro cruzó sus pupilas grises antes de negar con la cabeza con firmeza.
—No. A esa casa no vuelvo jamás —dijo, con la voz cargada de una amargura venenosa—. Ático de Al... en Mayfair. Por favor.
Le di las indicaciones al conductor. El silencio en el taxi se volvió denso, interrumpido solo por el sonido del limpiaparabrisas y la respiración fatigada de Hades. Se pasó una mano por la cara, despeinándose el cabello oscuro, y dejó escapar un suspiro que sonó como un sollozo ahogado.
—Se acabó, Briana —murmuró, mirando por la ventana hacia la noche oscura—. Se terminó el teatro. Todo era una mentira.
No pregunté nada. Sabía que no era el momento de presionar. Simplemente me armé de valor, acorté la distancia entre los dos y tomé su mano entre las mías. Sus dedos estaban fríos, pero en cuanto sintió mi tacto, entrelazó los suyos con los míos con una fuerza casi desesperada, como si fuera la única tabla de salvación en medio de su naufragio.
—Estoy aquí, Hades —le dije en voz muy baja, apretando su mano—. No estás solo.
Cuando el taxi se detuvo frente al exclusivo edificio en Mayfair, el conductor nos ayudó a salir. Subimos en el ascensor privado directamente al piso superior. El ascensor se abrió revelando un penthouse amplio, de líneas modernas, muebles de diseño y enormes ventanales con una vista panorámica de la ciudad iluminada por la lluvia. La casa estaba a oscuras, fría y en un silencio sepulcral.
Llevé a Hades hasta el enorme sofá de cuero de la sala principal. Se dejó caer en él como si llevara el peso del mundo sobre las espaldas.
—Voy a buscarte un poco de agua y una toalla para secarte —dije, intentando soltar mi mano de la suya para ir a la cocina.
Pero no me dejó ir.
Hades tiró suavemente de mi mano, haciéndome dar un paso hacia él. Su mirada gris, tan intensa y tormentosa como la lluvia afuera, se clavó en la mía con una súplica que me heló la sangre.
—No te vayas —pidió en un susurro roto—. Por favor, Briana. Quédate conmigo esta noche. Solo... no me dejes solo en esta oscuridad.
El nudo en mi garganta se volvió insoportable. Nunca lo había visto así: el gigante imponible de Sinclair Atelier, despojado de su armadura, pidiéndome que me quedara como si su vida dependiera de ello.
—No me voy a ir, Hades. No te preocupes —murmuré con suavidad.
Despacio, logré liberarme de su agarre solo para quitarle los zapatos y la chaqueta mojada. Caminé hasta la cocina, con las manos temblándome ligeramente, y serví un vaso de agua. Al regresar, lo encontré con los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos y el cabello oscuro cayéndole despeinado sobre la frente.
Le entregué el vaso. Él lo tomó de un trago y me lo devolvió en silencio, dejando escapar un largo suspiro.
—Ella me estaba engañando, Briana —soltó de pronto. Su voz no tenía rabia, solo un vacío aterrador—. Descubrí todo hoy. Años... años de mentiras mientras yo intentaba sostener algo que ya estaba muerto.
La confesión cayó sobre la sala como un balde de agua helada. Sabía que su matrimonio no era perfecto, pero jamás imaginé la magnitud de la traición. El dolor ajeno me atravesó con una fuerza que no pude controlar. Sin pensarlo dos veces, me senté a su lado en el sofá y rodeé sus hombros con un brazo.
Hades no lo dudó. Se giró hacia mí y escondió el rostro en el hueco de mi cuello.
Sentir su cuerpo firme y cálido temblar contra el mío me paralizó el corazón. Sus brazos me rodearon la cintura con fuerza, buscándome en medio de su naufragio, y yo solo me dediqué a acariciar su cabello, murmurándole palabras de aliento mientras la lluvia golpeaba con furia los ventanales de Londres.
—Lo siento tanto, Hades... lo siento mucho —susurré contra su frente.
Él levantó la cabeza despacio. La cercanía era abrumadora, peligrosa. En la penumbra del salón, sus ojos grises, teñidos de dolor y vulnerabilidad, se fijaron en mis labios antes de volver a encontrarse con los míos. El aire entre los dos se volvió denso, cargado de una tensión latente que llevábamos meses sofocando en los pasillos de la empresa.
—Estar aquí contigo... es lo único que me hace sentir vivo en este momento —musitó, con la respiración entrecortada.
—Hades, estás lastimado y tomaste demasiado... —intenté advertir, aunque mi propia voz traicionó mi firmeza.
—Sé exactamente quién eres, Briana —me interrumpió con una gravedad que me heló la piel—. Eres lo único real que tengo cerca.
Su mano subió a mi mejilla. El roce de sus dedos largos y cálidos me hizo contener el aliento. Ya no había un jefe y una secretaria, ni escritorios de caoba, ni contratos de confidencialidad. Solo éramos dos almas solitarias en lo alto de Mayfair, llevadas al límite por sus propios fantasmas.
Cuando inclinó el rostro y sus labios rozaron los míos, el último vestigio de mi cordura se esfumó por completo.
