Capítulo 7 7° Deseo
Hades
El roce de mis labios contra los de Briana rompió la última barrera de contención que me quedaba. El dolor de la traición y el alcohol parecieron esfumarse, reemplazados por una corriente eléctrica que recorrió cada centímetro de mi piel. Ella soltó un ligero suspiro contra mi boca, una rendición dulce que me empujó a profundizar el beso.
Le tomé el rostro entre las manos, sintiendo la calidez de su piel. Mi boca buscó la suya con una mezcla de hambre desesperada y devoción, y Briana no se alejó. Sus dedos se enredaron en mi cabello, aferrándose a mí mientras me devolvía el beso con un ardor que jamás imaginé oculto tras su mirada profesional.
La atracción contenida durante meses estalló en el silencio del pent-house. La levanté despacio por las caderas y ella rodeó mi cintura con sus piernas. La llevé a la penumbra de mi habitación mientras la devoraba a besos, despojándonos de la ropa con una urgencia febril.
Ver su cuerpo desnudo bajo la tenue luz de la ciudad fue demoledor. Me deshice de la camisa y me posicioné sobre ella en la amplia cama. Pasé mis labios por su cuello, sintiendo el ritmo acelerado de su pulso, mientras mis manos recorrían la curva de su cintura y la suavidad de sus muslos. Cada caricia mía arrancaba un gemido contenido de su garganta.
Cuando nos unimos por completo, la sensación fue tan abrumadora que tuve que cerrar los ojos. No era solo el placer físico de sus paredes estrechas envolviéndome; era la conexión, la calidez y el refugio que ella me brindaba en medio de mi ruina. Moviéndome con un ritmo lento e intenso, la llevé al límite, escuchando su respiración entrecortada y sus uñas clavándose en mi espalda hasta que ambos alcanzamos el clímax en una ola de calor y éxtasis que nos dejó exhaustos, abrazados en la oscuridad.
[ Briana]
El silencio de la madrugada volvió a la habitación, acompañado únicamente por el sonido monótono de la lluvia contra el cristal. Y con la calma, llegó el golpe devastador de la realidad.
Estaba tumbada sobre el pecho desnudo de Hades, sintiendo el subir y bajar de su respiración tranquila. La sábana nos cubría a medias. Me incorporé despacio, con el corazón latiéndome con violencia contra las costillas y un nudo sofocante en la garganta.
¿Qué había hecho?
Miré a mi alrededor: la ropa esparcida por el suelo, el olor a sexo y perfume caro en el aire. La culpa me atravesó como una hoja afilada. No solo había cruzado una línea profesional irreversible con mi jefe en su momento más vulnerable... había traicionado mi propia moral.
Pensé en Christian. Aunque nuestra relación era un caos, aunque su presencia en mi vida solo me traía problemas y manipulación, seguía siendo mi novio. Le había fallado. Había engañado a la persona con la que mantenía un compromiso, cayendo en los brazos de un hombre que esa misma noche había descubierto la infidelidad de su esposa.
El remordimiento me ahogaba. Me levanté de la cama intentando no hacer ruido, recogí mi ropa con manos temblorosas y me vestí a toda prisa en el baño. Al mirarme al espejo, con los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas, apenas me reconocí.
Salí de la habitación en silencio mientras Hades dormía profundamente, huyendo de esa noche y de las inevitables consecuencias que nos esperarían al salir el sol.
El frío del pasillo de mármol del pent-house me recibió como una bofetada. Con los zapatos en la mano y el abrigo mal abrochado, corrí hacia el ascensor. Presioné el botón de bajada varias veces con desesperación, esperando que las puertas se cerraran antes de que Hades despertara y me encontrara ahí.
Cuando las puertas de cristal del vestíbulo principal de Mayfair se abrieron a la calle, la lluvia torrencial me empapó la cara al instante. No me importó. Caminé a pasos agigantados hasta la avenida principal, con la vista nublada por las lágrimas y la culpa martilleándome la cabeza a cada segundo.
¿Cómo había permitido que esto pasara?
Un taxi negro redujo la marcha al verme en la acera. Me subí al asiento trasero, tiritando de frío y de nervios.
—¿A dónde la llevo, señorita? —preguntó el conductor mirándome por el retrovisor.
Le di la dirección de mi piso en las afueras. Durante todo el trayecto, mantuve la mirada fija en las luces de Londres que se desdibujaban contra la ventanilla. La imagen de Christian vino a mi mente como un golpe directo al estómago. Llevábamos tres años juntos. Una relación desgastada, sí, llena de discusiones por dinero y proyectos que nunca despegaban, pero al final del día era mi pareja. Me había convertido exactamente en lo que tanto criticaba: en una mentirosa.
Llegué a mi edificio pasadas las cuatro de la mañana. Subí las escaleras en penumbra y metí la llave en la cerradura con las manos temblónas. Intenté no hacer ruido al abrir la puerta, pero la luz del salón estaba encendida.
Christian estaba sentado en el sofá desgastado, con el portátil abierto sobre las piernas y una lata de cerveza en la mesa. Levantó la cabeza al oírme entrar.
—¿Briana? —dijo, frunciendo el ceño mientras miraba el reloj de la pared—. ¿Dónde demonios estabas? Son casi las cinco de la mañana. Me dijiste que solo ibas a la oficina a terminar unos informes.
El remordimiento me oprimió la garganta hasta dejarme casi sin aire. Tuve que apoyarme contra la pared para no tambalearme.
—Surgió... surgió un problema de última hora en Sinclair Atelier —mentí, odiándome a mí misma mientras la palabra salía de mis labios—. Tuve que quedarme a resolver una emergencia con unos contratos internacionales.
Christian me miró fijamente durante unos segundos que se sintieron eternos. Me escudriñó de arriba abajo: el cabello revuelto por la lluvia, la ropa desordenada, la palidez de mi cara. Por un instante temí que lo supiera, que pudiera oler el perfume de Hades en mi piel o ver la marca de la traición en mis ojos.
Pero él solo dejó escapar un resoplido de molestia y volvió a mirar la pantalla de su ordenador.
—Siempre ese trabajo —refunfuñó con indiferencia—. Podrías haber avisado. Por cierto, necesito que mañana me transfieras lo del alquiler, no me han pagado el proyecto aún.
Su falta de sospecha no me trajo alivio; solo hizo que la vergüenza fuera diez veces más pesada. No dije nada más. Asentí en silencio, caminé hacia el baño, cerré la puerta con pestillo y me dejé caer contra el suelo frío, cubriéndome la boca para sofocar el llanto mientras la imagen de los ojos grises de Hades reaparecía en mi mente para no dejarme en paz.
