Capítulo 1 1
—Prométeme que no abrirás las puertas.
Maelis me miró desde la cama.
—Naira.
—Promételo.
Afuera sonaban las campanas de alarma. Una, dos, tres veces. Luego otra vez. Desde la ventana de mi habitación se veía la mitad occidental de Asterra ardiendo detrás de las murallas.
Maelis se incorporó.
Tenía el cabello negro deshecho sobre los hombros y mi sábana enredada en la cintura. Seguía desnuda de la cintura para arriba.
Muy conveniente.
—Ven aquí —dijo.
—No.
—Estás temblando.
—Estoy furiosa.
—También.
—Tú no pareces furiosa.
—Porque alguien en esta habitación debe pensar.
Le lancé la camisa.
Le dio en la cara.
—Piensa vestida.
Maelis apartó la tela y me miró con esa expresión que solía desarmarme.
Aquella noche no funcionó.
Bueno.
No del todo.
—Te odio —dije.
—Hace veinte minutos decías algo distinto.
—Hace veinte minutos tenías la boca ocupada.
—Puedo volver a ocuparla.
—Maelis.
Su sonrisa desapareció.
Las campanas volvieron a sonar.
Ahora más cerca.
Fui hasta la ventana. Había soldados corriendo por la plaza.
La Orden Blanca llevaba seis días frente a nuestras murallas, exigiendo la rendición y prometiendo una matanza.
Y seis noches Maelis había entrado en secreto a mi habitación para asegurarme que aquello terminaría.
—Darien no puede entrar —dije.
—Lo sé.
—Tiene máquinas contra la puerta sur.
—Lo sé.
—Entonces dime por qué estás conmigo en lugar de con tus soldados.
Maelis terminó de abrocharse la camisa.
—Porque dentro de una hora quizá ya no pueda verte.
La frase me hizo girar.
—¿Qué significa eso?
Ella bajó la vista.
Por primera vez desde que la conocía, tardó en responder.
No me gustó.
Me acerqué.
—Maelis.
—Necesito que confíes en mí.
Solté una risa seca.
—Qué frase tan tranquilizadora para escuchar durante un asedio.
—Naira.
—No. Explícame qué está pasando.
Un golpe sacudió la ciudad.
Las copas sobre mi mesa tintinearon.
Maelis cruzó la habitación y me tomó de los hombros.
—Escúchame.
—Estoy escuchando.
—Pase lo que pase esta noche, no salgas de esta casa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo necesario.
—Eso no responde nada.
—No puedo contártelo todavía.
Aparté sus manos.
—Entonces vete.
—Naira.
—Vete.
Ella me miró unos segundos.
Después se inclinó.
Su frente rozó la mía.
Mi cuerpo la reconoció antes que mi orgullo. El olor de su piel. La cicatriz junto a su clavícula que había besado tantas veces.
Quise apartarme.
No lo hice.
—Te amo —dijo.
Dolió de una forma extraña.
Porque sonó a despedida.
—No digas eso así.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a morirte.
Maelis sonrió apenas.
—No puedo morir.
—Sabes a qué me refiero.
Me besó.
Fue lento y después desesperado, como si quisiera memorizarme con la boca.
La agarré de la camisa. Ella me pegó contra su cuerpo.
Durante unos segundos no hubo campanas ni guerra.
Solo ella.
Entonces me soltó.
—Cierra la puerta después de mí.
—Maelis.
—Hazlo.
—No.
Ella ya estaba cruzando la habitación.
Tomó su espada.
—Prométemelo.
—Primero prométeme tú que no abrirás las puertas de Asterra.
Se detuvo.
No se volvió.
Ese silencio fue la primera respuesta.
—Maelis.
Nada.
—Mírame.
Giró despacio.
Y entonces tuve miedo.
No por la guerra.
Por ella.
—No puedo prometerlo —dijo.
Sentí algo helado en el estómago.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que no sabes.
—Pues empieza a hablar.
—No hay tiempo.
—Entonces invéntalo.
—Naira.
—No vuelvas a decir mi nombre como si eso arreglara algo.
Maelis apretó la mandíbula.
—Quédate aquí.
—Vete al infierno.
—Si existe, seguramente ya tengo tierras allí.
La habría insultado.
Ella abrió la puerta.
—Maelis.
Esta vez se detuvo.
—Si haces algo que ponga a mi gente en peligro, no vuelvas.
Me miró.
No discutió.
Eso debió haberme dicho todo.
La puerta se cerró.
Esperé siete minutos antes de salir detrás de ella.
La calle estaba llena de humo.
Corrí hacia la plaza. Un soldado intentó detenerme. Le di un codazo y seguí.
Cuando llegué a la avenida principal, las campanas dejaron de sonar.
Todas.
A la vez.
La ciudad quedó extrañamente quieta.
Entonces escuché el mecanismo de la puerta norte.
No.
Corrí más rápido.
—¡Cierren! —gritó alguien.
Demasiado tarde.
Las enormes hojas de hierro comenzaron a abrirse.
Vi a los soldados de Asterra apartándose.
Después apareció la bandera blanca de Darien Solvar.
Él cabalgaba al frente.
A su lado iba una mujer vestida de negro.
Mi mujer.
Mi reina.
Maelis.
Por un segundo pensé que no podía ser ella.
Entonces levantó la cara.
Nuestros ojos se encontraron desde el otro extremo de la plaza.
Me vio.
Lo supe.
Porque las riendas se tensaron en su mano.
Di un paso hacia ella.
Luego otro.
Darien dijo algo que no alcancé a escuchar.
Maelis no respondió.
Un soldado empujó a un anciano al suelo.
La gente empezó a gritar.
Yo seguía mirando a Maelis.
Esperando que sacara la espada.
Que atacara.
Cualquier cosa que volviera aquello distinto de lo que parecía.
No ocurrió.
Darien desmontó.
Maelis también.
Él le tendió la mano.
Ella la aceptó.
Fui hacia ella.
Dos soldados me cortaron el paso.
—Suéltenme.
Uno me agarró del brazo.
Lo mordí.
Gritó.
El segundo levantó la espada.
Maelis llegó antes.
—No la toques.
Su voz hizo que ambos retrocedieran.
Quedamos frente a frente.
Tan cerca que podía ver la marca de mis dientes todavía roja en su labio inferior.
Me dieron ganas de golpearla.
También de besarla.
Odié ambas cosas.
—Naira —dijo.
—No.
—Déjame explicarlo.
—Abriste las puertas.
—Sí.
La palabra me atravesó peor que una mentira.
—¿Por qué?
Maelis miró alrededor.
—Aquí no.
—No vas a volver a decidir cuándo merezco respuestas.
—Por favor.
Me reí.
No porque tuviera gracia.
—¿Me estás pidiendo por favor después de entregar mi ciudad?
—Te estoy pidiendo que sobrevivas esta noche.
—¿Para qué? ¿Para agradecerte mañana?
Sus ojos se humedecieron.
Eso casi me hizo peor.
Me acerqué.
—Anoche estabas en mi cama.
—Lo sé.
—Hace una hora dijiste que me amabas.
—Te amo.
Le di una bofetada.
El sonido se perdió entre los gritos de la plaza.
Maelis no se movió.
—No vuelvas a decirlo.
—Naira.
—No tienes derecho.
—Escúchame.
—Te escuché durante un año.
Darien apareció detrás de ella.
—Majestad.
Maelis no apartó los ojos de mí.
—Vete.
Darien sonrió.
—Tu pequeña escriba tiene carácter.
Me giré hacia él.
—Y tú tienes una cara excelente para romper con una piedra.
Maelis soltó una risa involuntaria.
La miré.
Su sonrisa murió.
Bien.
—Naira, tienes que irte.
—¿De mi propia ciudad?
—Ahora.
—No.
Se acercó.
Quise retroceder.
No pude.
Su mano rozó la mía.
Ese contacto, horas antes, me había hecho gemir. Ahora me daba rabia.
—Por una vez, hazme caso.
—Por una vez, dime la verdad.
Maelis tragó saliva.
Detrás de ella, Darien levantó dos dedos.
Soldados empezaron a cerrar las calles.
Entendí.
Venían a encerrar.
Miré a Maelis.
—¿Qué has hecho?
Su rostro se quebró.
—Lo único que podía hacer para mantenerte viva.
Di un paso atrás.
—No vuelvas a buscarme.
—Naira.
—Para mí estás muerta.
Maelis palideció.
Y entonces Darien sonrió.
—No por mucho tiempo.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
Maelis sacó la espada.
No contra él.
Contra mí.
La punta quedó frente a mi pecho.
Su voz apenas salió.
—Corre, Naira. Si vuelvo a encontrarte esta noche, tendré que matarte.
