Capítulo 10 10
—Enséñame.
Lessa me entregó el mapa.
El símbolo estaba dibujado junto a la dirección de la nota de Maelis: una aguja atravesando un círculo partido.
Lo conocía.
Serah lo había trazado cientos de veces en mis cuadernos y luego me obligaba a borrarlo.
Pasé el pulgar por la marca.
—Serah decía que este dibujo significaba “corte limpio”.
Taren frunció el ceño.
—¿Nunca mencionó Eydra?
—Una vez. Yo tenía dieciséis años y pregunté si existía algo capaz de romper una coronación. Me mandó a copiar cincuenta pactos matrimoniales por insolente.
Lessa se sentó en la mesa.
—Eso suena exactamente a ella.
—Después quemó el cuaderno donde había dibujado esto.
Maelis se acercó a mi lado.
—¿Y tú lo recuerdas?
—Recuerdo todo lo que me prohibían preguntar.
—Eso explica muchas cosas.
Le di un codazo suave.
—No aproveches el momento.
Maelis hizo una mueca y se llevó una mano al costado.
—Ese fue menos suave de lo que crees.
—Eso te pasa por acercarte.
—También explica muchas cosas.
—¿Desde cuándo estaba ahí? —pregunté.
Taren negó con la cabeza.
—El mapa llegó de Edris. No lo había visto hasta ahora.
Miré a Maelis.
Ella ya estaba seria.
—¿Tú sabías esto?
—Sabía que la casa guardaba documentos de Serah.
—Eso no responde.
—No sabía que estuviera relacionada con la Aguja.
Seris se apoyó contra la mesa.
—¿Estamos hablando de la reliquia que corta suturas antiguas?
—Sí —dijo Maelis.
—Magnífico. Apenas llegaron y ya quieren perseguir objetos legendarios.
Lessa levantó una mano.
—Yo prefería la parte del vino.
Le devolví el mapa a Taren.
—Vamos mañana.
Maelis negó.
—Esta noche.
—Estás herida.
—Darien ya sabe que cruzamos la frontera.
—Y tú apenas puedes subir una escalera sin abrirte otra vez.
—Puedo caminar.
—También puedes sangrar. Lo haces con mucho entusiasmo.
Seris soltó una risa.
Maelis me miró.
—¿Terminaste?
—Podría seguir.
—Lo sé.
—Deja de—
Se calló sola.
La miré.
—Aprendes.
—A veces.
Taren extendió el mapa sobre la mesa.
—La casa está a unas tres horas. Si salimos ahora, llegamos pasada la medianoche.
—Entonces dormimos aquí y salimos al amanecer —dije.
Maelis abrió la boca.
La señalé.
—Ni una palabra.
—Solo iba a decir que estoy de acuerdo.
Bajé la mano.
—Eso fue decepcionante.
Seris dejó otra botella sobre la mesa.
—Puedo ofrecerles cama, comida y una noche sin soldados.
Lessa sonrió.
—Acepto las tres.
—Tú duermes conmigo —dijo Seris.
Lessa parpadeó.
—¿Eso fue una invitación?
—Fue logística.
—Lástima.
Maelis miró a Taren.
—¿Y tú?
—El suelo me respeta.
—Eso nos deja una habitación —dije.
Seris me sonrió.
—Qué tragedia.
—Te odio un poco.
—Mejor que nada.
Antes de subir, Lessa me alcanzó junto a la escalera.
—Solo ten cuidado.
—Lo estoy intentando.
—Bien. Si vuelve a hacerte daño, pienso apuñalarla.
—Es inmortal.
—Entonces practicaré varias veces.
Le besé la frente.
—Buenas noches.
—Usa la silla si necesitas lanzarle algo.
Subí antes de que alguien siguiera hablando.
La habitación estaba igual que antes.
Una cama.
Una silla.
Una ventana pequeña.
Me quité las botas.
Maelis entró unos minutos después.
—Puedo dormir abajo.
—No.
Se quedó junto a la puerta.
—¿No?
—Si duermes en el suelo, mañana estarás peor y terminaré cargándote.
—Me gustaría ver eso.
—Yo te arrastraría por un pie.
—Menos romántico.
—Mucho más realista.
Maelis cerró la puerta.
Se quitó el cinturón de la espada y lo dejó sobre la silla.
Yo intenté no mirar.
Fallé cuando empezó a desabrocharse la camisa.
—¿Qué haces?
—Dormir.
—Puedes dormir vestida.
—También puedo dormir desnuda. Llevo décadas practicándolo.
—Eres insufrible.
—Y tú estás mirando.
Giré la cara.
—Ahora no.
—Eso fue adorable.
—Una palabra más y duermes con Seris.
Silencio.
Sonreí.
—Funcionó.
—Sabes dónde golpear.
Maelis se quedó en pantalones y una camisa fina. Se metió en la cama por el lado izquierdo.
Mi lado.
—Muévete.
—Siempre duermo aquí.
—En mi cama dormías del otro lado.
—Porque tú me echabas.
—Exacto. Mantengamos la tradición.
Se movió.
Me acosté de espaldas a ella.
Duramos así treinta segundos.
—Naira.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Conozco tu voz.
—Me duele el costado.
Me giré.
—Déjame ver.
—Eso sí funciona rápido.
Levantó la camisa.
El vendaje tenía una pequeña mancha roja.
Me acerqué.
—Te dije que te habías abierto la herida.
—Me besaste encima de una mesa.
—Tú me jalaste.
—Tú empezaste.
—Y volvería a hacerlo.
Maelis sonrió.
—Eso esperaba.
Desaté el vendaje.
La herida seguía cerrada, pero la piel alrededor estaba irritada.
—Necesito cambiarlo.
—Hazlo.
—No tengo tela limpia aquí.
Maelis señaló su camisa.
—Úsala.
—¿La de dormir?
—Tengo más.
—Claro. Reina.
—Exreina temporalmente inconveniente.
—Sigues siendo reina.
—Tú no me tratas como una.
—Es mi encanto.
Corté una franja de la tela.
Maelis me observó.
—Esa camisa costaba mucho.
—Ahora cuesta menos.
—Brutal.
Terminé de vendarla.
Cuando levanté la vista, estaba demasiado cerca.
Otra vez.
Su mano descansaba sobre mi muslo.
No recordaba cuándo la había puesto ahí.
—Maelis.
—La quito si quieres.
Miré su mano.
—No.
Su pulgar se movió apenas.
La sensación subió por mi pierna.
—Esto sigue sin significar perdón.
—Lo recuerdo.
—Ni relación.
—También.
—Ni que puedas volver a decidir por mí.
—Nunca.
Esa palabra me frenó.
—No prometas cosas absolutas.
—Entonces diré que voy a intentarlo todos los días.
Me gustó más.
Demasiado.
Me acerqué y la besé.
Maelis respondió despacio, dejando que yo marcara el ritmo.
Su mano subió por mi muslo.
Me tensé.
Se detuvo.
—¿Sí?
La pregunta salió contra mi boca.
—Sí.
Su mano siguió.
Más arriba.
La respiración se me cortó.
La besé otra vez para callarme.
Maelis sonrió contra mis labios.
—Eso tampoco ayuda a que me comporte.
—No te pedí que te comportaras.
—Naira.
Su voz cambió.
Más baja.
Más áspera.
Me senté sobre sus piernas con cuidado de no tocar la herida.
Sus manos quedaron en mi cintura.
—¿Te duele?
—Ahora mismo tengo problemas de prioridad.
—Idiota.
Le besé el cuello.
Maelis inclinó la cabeza.
Sus dedos se deslizaron debajo de mi camisa.
Piel contra piel.
Cerré los ojos.
Había extrañado sus manos.
Esa certeza me molestó tanto que la besé más fuerte.
Maelis me dio la vuelta con cuidado y quedé debajo de ella.
—Despacio —murmuré.
—Siempre que quieras.
Me besó la mandíbula.
Luego el cuello.
Más abajo.
La puerta recibió tres golpes.
Cerré los ojos.
—Voy a matar a Lessa.
—Eso sería incómodo en reuniones familiares.
—Cállate.
—Naira —gritó Taren desde fuera—. Tenemos un problema.
Me incorporé.
Maelis también.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Edris volvió.
Abrí la puerta.
Taren tenía la cara tensa.
—¿Y?
—Encontraron a uno de los hombres de Darien cerca del camino.
Maelis tomó la espada.
—¿Está vivo?
—Sí.
—Entonces pregúntenle qué sabe.
Taren me miró.
—Ya habló.
Sentí el estómago apretarse.
—¿Qué dijo?
—Que Darien no viene por la Aguja.
Maelis se quedó inmóvil.
—Entonces ¿por qué cruzó la frontera?
Taren sostuvo mi mirada.
—Porque sabe que Naira ya puede cortar tu sutura sin ella.
