Capítulo 2 2

―Entonces mátame.

La punta de la espada de Maelis no se movió.

Darien soltó una carcajada detrás de ella.

―Qué manera tan inconveniente de demostrar amor.

No aparté los ojos de Maelis.

―Hazlo.

―Naira.

―Dijiste que si volvías a encontrarme tendrías que matarme. Aquí estoy.

Los soldados se acercaron.

Maelis dio un paso.

La punta rozó mi vestido.

―Corre.

―No.

―No me obligues.

―Tú abriste las puertas. Tú trajiste a estos hombres. Si quieres terminar el trabajo, termina.

Algo se quebró en su cara.

Darien chasqueó la lengua.

―Esto empieza a aburrirme.

Maelis giró la espada.

Pensé que iba a atravesarme.

En cambio golpeó al soldado que estaba detrás de mí con la empuñadura.

―¡Ahora!

No necesité una tercera invitación.

Corrí.

El primer callejón estaba bloqueado. Giré hacia la plaza de los tintoreros mientras alguien gritaba mi nombre.

No miré atrás.

Mala idea.

Una mano apareció desde una puerta y me arrastró hacia dentro.

Le clavé el codo a quien fuera.

―¡Naira!

Reconocí la voz.

―Lessa.

Mi hermana me tapó la boca.

―¿Quieres que nos maten?

La abracé tan fuerte que protestó.

―Estás viva.

―Y preferiría seguir así.

―Pensé que estabas en el distrito norte.

―Me mudé. Bastante bruscamente cuando empezaron a lanzar piedras del tamaño de vacas contra mi casa.

Me reí.

No debía.

Lo hice de todos modos.

Lessa me arrastró hacia un sótano donde había otras seis personas escondidas. Una niña dormía debajo de una mesa. Un hombre tenía una venda ensangrentada alrededor de la pierna.

La ciudad seguía gritando sobre nuestras cabezas.

―¿Viste quién abrió las puertas? ―preguntó Lessa.

El poco aire que había conseguido reunir desapareció.

―Sí.

Mi hermana entendió por mi cara.

―Maelis.

No respondí.

―Naira…

―No.

―Pero ella…

―No quiero hablar de ella.

―Llevas un año hablando de ella.

―En secreto.

―Seguía siendo insoportable.

Me senté contra la pared.

Tenía las manos heladas.

Todavía podía sentir la boca de Maelis sobre la mía. Su cuerpo contra el mío. Su voz diciéndome que me amaba.

Después, la espada.

Una hora.

Eso había tardado mi vida en volverse estúpida.

Lessa se sentó a mi lado.

―¿Te hizo daño?

―No.

―¿Te traicionó?

―Sí.

―Entonces puedo odiarla oficialmente.

―Gracias.

―Siempre quise hacerlo.

La miré.

―Mentira.

―Sí. Era demasiado guapa. Me dificultaba mucho el odio.

Me tapé la cara con las manos.

―No digas eso ahora.

―Intento ayudarte.

―Eres terrible ayudando.

―Lo heredé de mamá.

El suelo vibró.

Polvo cayó del techo.

Una mujer empezó a rezar.

Yo no.

Nunca había sido buena pidiendo favores a cosas invisibles.

Pasamos horas allí.

Cuando finalmente se hizo silencio, uno de los hombres subió a comprobar la calle.

Regresó diez minutos después.

―Están registrando las casas.

―¿Buscando soldados? ―preguntó Lessa.

El hombre me miró.

―Buscándola a ella.

Perfecto.

Maelis había salvado mi vida para facilitar una segunda persecución.

―Hay una salida hacia los canales ―dijo Lessa―. Podemos llegar al muro oeste.

―Tú te quedas.

―Ni loca.

―Lessa.

―No eres mamá.

―Por eso todavía puedo golpearte.

―Y yo puedo gritar que aquí está la mujer que busca la reina.

La observé.

Sonrió.

―Somos familia.

―Una tragedia genética.

Esperamos hasta que cayó la noche.

Salimos de uno en uno.

Las calles olían a humo, estiércol y piedra mojada.

Asterra parecía otra ciudad.

Banderas blancas colgaban de los balcones.

Había soldados de la Orden en cada esquina.

Avanzamos por los canales hasta una vieja compuerta cerca del muro.

Dos guardias estaban allí.

Lessa me agarró de la manga.

―Plan.

―Improvisar.

―Ese no es un plan.

―Es el único que tengo.

Tomé una piedra.

Ella me miró.

―Excelente. La gran estrategia militar.

―¿Tienes una mejor?

―No.

―Entonces respeta la piedra.

La lancé al otro lado del canal.

Uno de los guardias giró.

El otro no.

―Brillante ―susurró Lessa.

―Cállate.

Nos deslizamos detrás de unos barriles.

Faltaban pocos pasos.

Entonces escuché una voz.

―Naira Valen.

Me quedé quieta.

El guardia nos había visto.

Sacó la espada.

Empujé a Lessa hacia la compuerta.

―Corre.

―¿Y tú?

―Corre.

El hombre vino hacia mí.

Busqué algo que usar.

Encontré una pala.

No era elegante.

Servía.

Le golpeé las rodillas.

Cayó insultando.

El segundo guardia regresó.

Lessa abrió la compuerta.

―¡Naira!

El soldado levantó la espada.

Una hoja negra atravesó su pecho.

Todo se detuvo.

Maelis estaba detrás de él.

Retiró su espada y el cuerpo cayó.

La miré.

Ella respiraba con dificultad.

Tenía sangre en la mejilla.

―Vete.

―¿Otra vez?

―Sí.

―Tus despedidas están perdiendo encanto.

Sus ojos fueron hacia Lessa.

Por un instante vi alivio.

―Estás viva.

Mi hermana frunció el ceño.

―¿Nos conocemos?

Maelis no respondió.

Eso me inquietó.

―¿Por qué sabes quién es?

―Naira, no hay tiempo.

―Siempre dices eso cuando vas a mentirme.

Un silbido sonó en la calle.

Más soldados.

Maelis me agarró de la muñeca.

Le pegué.

―No me toques.

Me soltó de inmediato.

Bien.

Peor.

―El túnel desemboca fuera del muro. Hay caballos esperando.

―¿Tuyos?

―Sí.

―Entonces prefiero caminar.

―Puedes odiarme sobre un caballo.

Lessa soltó una risa.

La fulminé con la mirada.

―No la animes.

―Es graciosa.

―Es una traidora.

Maelis recibió la palabra sin defenderse.

Eso consiguió dolerme más.

Sacó una pequeña bolsa y me la entregó.

Dentro había monedas, documentos y mi medallón de plata.

El que había dejado en mi habitación.

―¿Entraste en mi casa?

―Antes de abrir las puertas.

―Qué considerada.

―Naira…

―No uses ese tono.

―¿Qué tono?

―El que usabas cuando querías que te quitara la ropa.

Lessa hizo un ruido ahogado.

―Estoy aquí.

―Lo sé.

Maelis me miró la boca.

Maldita mujer.

Incluso entonces.

Incluso después de todo.

Mi cuerpo recordaba cosas que mi cabeza quería incendiar.

―No vuelvas a mirarme así.

―Estoy intentando no hacerlo.

―Inténtalo mejor.

Se escucharon pasos.

Maelis empujó la compuerta.

―Váyanse.

Lessa entró primero.

Yo me quedé.

―¿Por qué me ayudas si elegiste a Darien?

―No lo elegí.

―Te vi entrar con él.

―No viste todo.

―Vi suficiente.

Maelis tragó saliva.

―No.

―¿Entonces qué me falta?

Sus ojos se clavaron en los míos.

―La razón por la que abrí las puertas.

―Dímela.

―Todavía no puedo.

Me reí.

―Claro.

Iba a entrar al túnel cuando me sujetó la mano.

Esta vez no la aparté inmediatamente.

Odié eso también.

Quise preguntarle si había pensado en mí cuando entregó la ciudad. Si había recordado mis piernas alrededor de su cintura, mis dedos en su espalda, la costumbre de robarme la almohada después de jurar que una reina podía dormir donde quisiera. Quise preguntarle cuál de esas dos mujeres era verdadera: la que me besaba hasta dejarme sin aire o la que había cabalgado junto a Darien mientras Asterra se rendía.

No pregunté nada.

Porque una respuesta podía hacerme odiarla menos.

Y todavía necesitaba odiarla.

Maelis rozó con el pulgar el centro de mi palma antes de soltarme.

―Eso también fue un error ―dije.

―No para mí.

―Naira, si llegas al camino del norte, no regreses por mí.

―No pensaba hacerlo.

―Mientes fatal.

―Aprendí de ti.

Soltó mi mano.

Los pasos estaban más cerca.

Entré al túnel.

Antes de cerrar la compuerta, la miré una última vez.

―Si alguna vez vuelves a apuntarme con una espada, úsala.

Maelis sostuvo mi mirada.

―Si alguna vez vuelvo a hacerlo, será porque la alternativa es verte morir.

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