Capítulo 3 3

—Si vuelves a defenderla, te dejo aquí.

Lessa soltó mi mano dentro del túnel.

—No la estoy defendiendo. Solo digo que una mujer que te entrega dinero, documentos, caballos y una ruta de escape quizá no está intentando matarte con mucha eficiencia.

—Abrió las puertas de Asterra.

—Sí.

—Apuntó una espada contra mi pecho.

—También.

—¿Y todavía quieres discutir?

—Quiero vivir. Discutir es un pasatiempo secundario.

Seguí caminando.

El túnel olía a agua estancada y piedra húmeda. Apenas cabíamos una detrás de la otra. Lessa llevaba la lámpara; yo, la bolsa que Maelis me había dado.

No quería tocarla.

La llevaba apretada contra el pecho.

Eso era peor.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Lessa.

—Monedas.

—Útiles.

—Documentos.

—Más útiles.

—Mi medallón.

Lessa se detuvo.

—Ese que te regaló mamá.

—Sí.

—Entonces entró a tu casa antes del ataque para recogerlo.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Tu silencio tiene opiniones.

—Lo aprendí de ti.

La empujé entre los omóplatos.

—Camina.

Llegamos al final del túnel casi una hora después. Una rejilla oxidada daba hacia un bosque oscuro más allá del muro occidental.

Lessa la empujó.

No cedió.

—Magnífico.

—Déjame.

—¿Vas a abrirla con odio?

—Ha funcionado con otras cosas.

Puse ambas manos sobre el hierro. La sutura vieja de la cerradura apareció ante mí como un hilo gris, gastado por décadas de humedad.

La mayoría de la gente no veía aquello.

Yo sí.

Siempre.

Toqué el nudo con dos dedos.

—No me gusta cuando haces eso —murmuró Lessa.

—A mí tampoco.

Tiré.

El hilo mágico se rompió.

La cerradura cayó.

Un dolor punzante me atravesó la mano.

—Mierda.

—¿Te lastimaste?

—Solo un poco.

Lessa me agarró la muñeca.

Tenía la palma abierta por una línea roja.

—Eso no es poco.

—Soy dramática cuando sangro. Déjame disfrutarlo.

Salimos.

Dos caballos esperaban sujetos a un árbol.

Por supuesto.

Uno negro.

Uno castaño.

El negro tenía la silla de Maelis.

Reconocí el cuero oscuro, la hebilla con el emblema de Raveth y una pequeña raspadura que yo misma había hecho meses atrás cuando intenté montar borracha.

La muy desgraciada había guardado el caballo.

—No me mires —dije.

—No te estoy mirando.

—Estás mirando el caballo.

—El caballo no me ha amenazado.

—Todavía.

Lessa eligió el castaño.

Traición familiar.

Monté el negro.

El animal resopló y giró la cabeza como si me reconociera.

—Ni tú —murmuré.

Nos internamos en el bosque.

Cabalgamos hasta que las luces de Asterra desaparecieron detrás de los árboles.

Yo no miré atrás.

Mentira.

Miré cuatro veces.

En la quinta, Lessa me vio.

No dijo nada.

La odié un poco por eso.

Al amanecer encontramos una granja abandonada. El techo estaba medio hundido, pero el establo seguía en pie.

Dejamos los caballos dentro y entramos a la casa.

Había una mesa, dos bancos y una cama.

Una.

Lessa la señaló.

—No pienso dormir contigo si hablas dormida.

—No hablo dormida.

—Dices nombres.

Me quedé quieta.

—¿Qué nombres?

Sonrió.

—Uno.

Le lancé un trapo.

—Eres una cerda.

—Y tú estás enamorada de una reina enemiga.

La frase me atravesó.

Lessa dejó de sonreír.

—Perdón.

Me senté en el banco.

—No lo digas.

—¿Qué?

—Que estoy enamorada de ella.

—¿Ya no lo estás?

Abrí la boca.

Nada salió.

Perfecto.

Mi hermana cruzó la habitación y se sentó enfrente.

—Naira.

—No sé.

—Eso sí que suena mal.

—Gracias.

—Para eso están las hermanas.

Miré mis manos.

La palma seguía sangrando.

Lessa buscó una tira de tela en su bolsa y empezó a vendármela.

—¿La amabas antes de saber quién era realmente?

—Sabía quién era.

—Sabías que era reina. No sabías que iba a entregar la ciudad.

—No.

—Entonces quizá tampoco sabes todo lo demás.

Le retiré la mano.

—No vuelvas a justificarla.

—No la justifico. Intento que no tomes una decisión idiota solo porque estás herida.

—Me apuntó con una espada.

—Y luego te dejó escapar.

—Porque quería parecer noble.

—O porque quería que escaparas.

—Lessa.

—Bien. Me callo.

Duró seis segundos.

—¿Era buena en la cama?

La miré.

—¿Qué demonios?

—Necesito entender el tamaño del problema.

—No tienes límites.

—Tú tampoco. Salías con una mujer inmortal a escondidas.

—No era “salir”.

—¿Qué era?

Pensé en Maelis entrando por mi ventana. En su boca en mi cuello. En cómo siempre me robaba la manta y después negaba haberlo hecho.

—Complicado.

—Eso significa excelente.

—Voy a matarte.

—Ponte en fila.

Me reí.

Otra vez.

La culpa llegó inmediatamente.

Como si reír significara que Asterra ardía menos.

Lessa terminó de vendarme.

—Duerme un poco.

—No puedo.

—Entonces finge.

Me acosté en la cama.

Ella se quedó en el suelo, apoyada contra la pared.

Cerré los ojos.

Vi a Maelis.

Por supuesto.

Su espada.

Su boca.

Su mano sujetando la mía antes de dejarme entrar al túnel.

Dormí.

Cuando desperté, alguien estaba golpeando la puerta.

Lessa ya tenía un cuchillo.

Yo agarré una pata rota de silla.

—Muy elegante —susurró.

—Cállate.

Los golpes se repitieron.

—Naira Valen —gritó una voz masculina—. Sé que estás dentro.

Lessa palideció.

Me acerqué lentamente.

—¿Quién eres?

—Alguien que no trabaja para Darien.

—Eso diría alguien que trabaja para Darien.

Hubo una pausa.

—También diría que tu hermana odia las peras.

Miré a Lessa.

Ella abrió mucho los ojos.

—Solo tres personas saben eso.

—¿Quién? —susurré.

La voz continuó.

—Maelis Dargan me envió hace dos semanas con una orden.

El estómago se me cerró.

Abrí apenas la puerta.

Un hombre mayor sostenía ambas manos levantadas.

Me entregó un sobre.

Reconocí la letra de Maelis.

Lo abrí.

Había una sola frase.

Si Asterra cae, saca a Lessa antes de que Darien la encuentre.

Levanté la mirada.

—¿Hace dos semanas?

Lessa se acercó para leer por encima de mi hombro.

—¿Cuándo te dio esto?

—Antes de que empezara el asedio —respondió el hombre.

—¿Cómo te llamas?

—Taren Voss. Serví a Raveth durante veinte años.

—Entonces trabajas para ella.

—Trabajo para quien todavía intenta sacar civiles de una ciudad ocupada.

No me gustó la respuesta porque no podía discutirla sin parecer imbécil.

—¿Maelis sabía dónde estaba mi hermana?

—Sabía dónde estaban las personas cercanas a usted.

Aquello me revolvió el estómago.

—Eso suena bastante parecido a vigilancia.

—En su caso, señora, era exactamente vigilancia.

—Por fin una respuesta sincera.

Lessa me quitó el papel y volvió a leerlo.

—¿Por qué iba a preocuparse por mí dos semanas antes de la caída?

Taren miró hacia el bosque antes de contestar.

—Porque sabía que Darien buscaría cualquier cosa que pudiera utilizar contra Naira.

—Yo no soy una cosa —protestó Lessa.

—Eso puede explicárselo a Darien cuando lo conozca.

—Prefiero no hacerlo.

Me acerqué al hombre.

—Maelis durmió conmigo cuatro noches durante el asedio. Comió en mi casa. Me preguntó qué quería hacer cuando todo terminara. Si sabía que aquello podía ocurrir y no me dijo nada, necesito saber desde cuándo estaba preparándose para sacarnos.

Taren guardó silencio.

Apreté la carta hasta arrugarla.

—¿Sabía Maelis realmente que Asterra iba a caer?

El hombre asintió.

—La reina sabía que la ciudad iba a caer.

Sentí el papel temblar entre mis dedos.

—¿Y por qué no me lo dijo?

El desconocido bajó la voz.

—Porque usted era la única persona a la que Darien podía usar para obligarla a rendirse.

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