Capítulo 4 4
–Entonces no me protegía. Me estaba ocultando.
Taren no respondió enseguida.
Eso bastó.
–Perfecto –dije–. Justo lo que necesitaba para mejorar mi opinión de ella.
Lessa dobló la carta y me la devolvió.
–Podría ser peor.
La miré.
–¿Cómo?
–Podría haberte escondido en una caja.
–Gracias. Me siento muchísimo mejor.
Taren se pasó una mano por la barba.
–La reina no quería que Darien supiera cuánto significaba usted para ella.
–Eso tampoco mejora nada.
–No intentaba mejorarlo.
–Bien. Porque fallaría.
El hombre miró hacia el camino.
–Tenemos que movernos. Los soldados revisarán esta zona antes del anochecer.
–¿Adónde?
–A una casa segura al norte.
–¿De Maelis?
–Sí.
–Entonces no.
Lessa suspiró.
–Naira.
–No pienso dormir en otra cama pagada por ella.
–Dormiste bastante bien en la suya.
Me giré despacio.
Mi hermana levantó ambas manos.
–Mal momento.
–Pésimo.
Taren tosió para ocultar una risa.
–Tú tampoco –le advertí.
–No he dicho nada.
–Tu cara sí.
Recogimos las pocas cosas que teníamos. Afuera, el cielo empezaba a ponerse gris. El caballo negro de Maelis estaba junto al establo, mascando con una tranquilidad ofensiva.
Me acerqué a él.
–No pongas esa cara.
El animal siguió masticando.
–Exactamente esa.
Lessa pasó a mi lado.
–Ahora discutes con caballos.
–Él empezó.
Taren nos condujo por senderos secundarios. Durante horas evitamos pueblos, puentes y caminos principales. Yo cabalgaba detrás, intentando no pensar en la carta.
Naturalmente pensé en la carta.
Maelis había preparado la huida de Lessa antes del asedio.
Eso significaba que sabía que Darien podía utilizarla.
También significaba que había pensado en mí antes de que todo ocurriera.
No quería esa parte.
Era mucho más sencillo odiar a una mujer cruel que a una mujer que había intentado protegerme de la peor forma posible.
Al mediodía paramos junto a un arroyo.
Lessa fue a llenar las cantimploras. Taren revisó los caballos.
Yo abrí la bolsa de Maelis.
Encontré monedas, los documentos, el medallón y una camisa doblada.
Negra.
Suya.
La saqué.
–No.
Lessa apareció detrás de mí.
–Eso huele a ella.
–No lo compruebes.
–No necesito hacerlo. Tú pusiste una cara muy informativa.
–Te voy a empujar al arroyo.
–Primero admítelo.
–¿Admitir qué?
–Que quieres ponértela.
Miré la camisa.
La odiaba.
También recordaba perfectamente cómo se veía Maelis quitándosela.
Maldita memoria.
–Tengo ropa.
Lessa señaló mi manga rota.
–Tienes restos textiles.
–Funcionan.
–Naira.
–Cállate.
Me puse la camisa.
Era demasiado grande.
Las mangas me cubrían parte de las manos y olía a jabón, cuero y a ella.
Mi cuerpo reaccionó con una traición instantánea.
Recordé una noche en que Maelis me había sentado sobre una mesa, todavía vestida con esa misma camisa, mientras me decía que dejara de hablar.
Yo no había dejado de hablar.
Ella había encontrado otro método.
Cerré los ojos.
–Estás roja –dijo Lessa.
–Tengo calor.
–Hace frío.
–Vete.
–Con gusto.
Se alejó riéndose.
Me abroché el cuello hasta arriba.
Inútil.
El recuerdo seguía debajo de la tela.
Taren regresó.
Me miró.
Miró la camisa.
No comentó nada.
Persona inteligente.
Reanudamos el camino.
La casa segura resultó ser una vieja posada abandonada entre pinos. Tenía techo, chimenea y una puerta capaz de cerrarse.
Después de dos noches huyendo, aquello parecía lujo.
Taren encendió fuego.
Lessa encontró comida seca.
Yo recorrí las habitaciones.
Solo había dos camas.
–Yo duermo sola –dije.
–Claro –respondió Lessa–. Yo compartiré con Taren, un hombre al que conozco desde hace seis horas.
Taren levantó una mano.
–Ronco.
–Magnífico.
–Puedo dormir abajo –dije.
–También hablas dormida –recordó mi hermana.
–Voy a asesinarte.
–Necesitarás esperar. Tengo hambre.
Cenamos sopa demasiado aguada.
Taren contó que había servido a Maelis desde joven.
No pregunté por ella.
Aguanté doce minutos.
–¿Por qué dejó Raveth?
Taren levantó la cuchara.
–¿La reina?
–No conozco otra persona inmortal en tu vida.
–Vino a Asterra por negociaciones.
–Eso decía.
El hombre me observó.
–¿Qué quiere saber realmente?
Odié que fuera bueno en eso.
–¿Me buscó?
Silencio.
Lessa dejó de comer.
Taren apoyó la cuchara.
–Sí.
Sentí un tirón bajo las costillas.
–¿Desde cuándo sabía quién era yo?
–Antes de conocerla.
–¿Cuánto antes?
–Meses.
Me levanté.
La silla cayó hacia atrás.
–Naira –dijo Lessa.
–No.
Caminé hasta la ventana.
Maelis me había dicho que nuestro primer encuentro había sido casual.
Una discusión en la Casa de Pactos.
Ella había pedido un documento equivocado. Yo la había corregido. Después me invitó a beber porque, según dijo, nadie la había tratado como una idiota en años.
Todo preparado.
–¿Por qué? –pregunté.
Taren tardó demasiado.
–Porque usted es Hilandera.
La rabia me limpió la cabeza.
–Así que me buscó por mi don.
–Al principio.
–¿Al principio? –repetí–. Qué expresión tan cómoda.
Taren no apartó la mirada.
–No estoy diciendo que después todo fuera sincero.
–Entonces ¿qué estás diciendo?
–Que dejó de tratarla como una misión mucho antes de admitirlo.
Me reí sin humor.
–Eso suena exactamente al tipo de frase que diría un hombre pagado por ella.
–No me paga desde hace ocho meses.
–Peor. La defiendes gratis.
Lessa apoyó los codos sobre la mesa.
–Yo también quiero saber algo. ¿Maelis sabía que Naira estaba enamorada de ella?
Quise lanzarle el plato.
Taren, para mi desgracia, respondió.
–Sí.
–Estupendo –murmuré.
–¿Y ella? –preguntó Lessa.
–Lessa.
–Ya estamos arruinando la cena. Hagámoslo bien.
Taren me miró con una compasión que no había pedido.
–La reina estaba enamorada primero.
Me quedé inmóvil.
–No.
–Sí.
–No puedes saber eso.
–La vi volver a Raveth después de su tercera visita a Asterra. Canceló una audiencia, insultó a dos ministros y pasó una hora preguntándome si las flores eran un regalo ridículo.
Lessa sonrió.
–Me cae mejor.
–A mí no.
Pero recordé aquellas flores.
Doce lirios blancos.
Maelis había jurado que sobraban de una ceremonia.
Mentía incluso cuando intentaba ser romántica.
Qué mujer tan irritante.
Me giré.
–No necesito el final bonito.
–No iba a darle uno.
–Entonces sigue.
–Maelis necesitaba a alguien capaz de ver suturas reales. Darien llevaba años intentando alterar pactos militares. La reina sospechaba que su propia corona podía ser utilizada.
–Y yo era útil.
–Sí.
La palabra dolió más que una mentira.
Subí a la habitación.
Cerré la puerta.
Lessa no me siguió.
Agradecí eso.
Me senté en la cama con la camisa de Maelis pegada al cuerpo y sentí ganas de arrancármela.
No lo hice.
Eso me enfureció todavía más.
Habíamos pasado un año juntas.
Un año de ventanas abiertas de madrugada, desayunos robados y manos buscándose debajo de mesas donde nadie podía vernos.
¿En qué momento había dejado de fingir?
¿Había dejado alguna vez?
Un golpe sonó en la puerta.
–Vete.
–No soy Lessa –dijo Taren.
–Peor.
–Tengo algo suyo.
Abrí.
Me entregó una pequeña caja de madera.
–La reina dijo que solo debía dársela si usted descubría por qué la buscó.
La abrí.
Dentro había una llave y una nota.
Reconocí la letra.
Naira:
Lo primero que hice contigo fue mentir.
Lo segundo fue enamorarme.
No espero que una cosa borre la otra.
Debajo había una dirección.
Un lugar en Raveth.
Taren habló desde el pasillo.
–Hay algo más que debería saber.
Levanté la vista.
–¿Qué?
–Maelis no entregó Asterra para salvar a Lessa.
Apreté la nota.
–Entonces ¿a quién?
Taren sostuvo mi mirada.
–A usted.
