Capítulo 5 5
―¿Entregó una ciudad por mí?
Taren no bajó la mirada.
―Sí.
Me reí una vez. Sonó horrible.
―Qué detalle. ¿También quemó una provincia porque me dolía la cabeza?
―Naira ―dijo Lessa.
―No. Quiero entender esto. Quiero que alguien me explique cómo una mujer que dice amarme decide que miles de personas pueden perder sus casas porque yo corro peligro.
Taren cruzó los brazos.
―Darien descubrió que usted era Hilandera.
La rabia se me quedó quieta.
―¿Y?
―Y descubrió que estaba vinculada a Maelis.
―No estoy vinculada a nadie.
―Emocionalmente.
―Peor palabra.
Lessa se sentó en la cama.
―Sigue.
Taren respiró despacio.
―Darien no quería Asterra por sus murallas. Quería llegar a Naira. Si la capturaba, podía obligarla a leer la sutura real de Maelis y encontrar la forma de romperla.
Miré mis manos.
Las mismas manos que habían deshecho contratos, cerraduras y juramentos menores.
―No puedo romper una corona.
―Darien cree que sí.
―Darien parece un idiota.
―Un idiota con ejército ―dijo Lessa.
―Los peores.
Taren continuó.
―Le dio a Maelis una elección. Abrir las puertas o permitir que sus hombres la buscaran casa por casa.
―¿Y ella decidió por todos?
―Decidió que una ocupación podía terminar. Su muerte no.
La frase me golpeó donde no debía.
―No vuelvas a decirlo así.
―¿Cómo?
―Como si fuera romántico.
―No lo era.
Bien.
Eso dolió menos.
Un golpe sonó abajo.
Taren sacó la espada.
Lessa agarró el cuchillo.
Yo todavía llevaba la camisa de Maelis.
Magnífico uniforme para morir confundida.
―Quédense aquí ―ordenó Taren.
―No acepto órdenes antes del desayuno ―dije.
―Son casi las nueve.
―Entonces tampoco después.
Bajamos.
Otro golpe sacudió la puerta.
Taren se acercó en silencio.
―¿Quién?
―Una mujer con pésimas decisiones.
El corazón se me detuvo.
Conocía esa voz.
Abrí la puerta antes de que Taren pudiera impedírmelo.
Maelis estaba apoyada contra el marco.
Tenía sangre en el costado.
Mucha.
―Hola ―dijo.
Le cerré la puerta en la cara.
Lessa soltó un grito.
―¡Naira!
―¿Qué?
―Está herida.
―Es inmortal.
Desde fuera llegó la voz de Maelis.
―Sigo sintiendo dolor.
Abrí otra vez.
―Eso te pasa por venir.
―También me alegra verte.
Sus ojos bajaron a mi camisa.
A su camisa.
Maldición.
―No digas nada.
―No he dicho nada.
―Lo estás pensando.
―Estoy perdiendo bastante sangre. Mis pensamientos tienen poca organización.
Taren la sostuvo antes de que cayera.
La llevamos hasta la mesa.
―¿Qué pasó? ―preguntó él.
―Darien descubrió que faltaban dos refugiadas.
Me miró.
―Se molestó.
―Qué sensible.
Maelis intentó quitarse el abrigo y apretó los dientes.
Lessa me señaló.
―Ayúdala.
―Tiene manos.
―Una está llena de sangre.
―La otra funciona.
Maelis levantó la izquierda.
―Confirmo.
Mi hermana me dio un empujón.
―A veces me pregunto cómo lograste seducir a alguien.
―Ella empezó.
Maelis sonrió.
―Eso es discutible.
―Quítate el abrigo.
―Qué mandona.
―Puedo dejarte sangrar.
―Ahí está la mujer que recuerdo.
Le saqué el abrigo con menos delicadeza de la necesaria.
Debajo, la camisa estaba abierta por el costado. La herida cruzaba sus costillas.
Me arrodillé frente a ella.
Mal lugar.
Lo notamos ambas.
Maelis bajó la vista hacia mí.
―No digas absolutamente nada.
―Estoy intentando conservar la vida.
―Por fin una buena decisión.
Corté la tela alrededor de la herida.
Su abdomen quedó expuesto.
Mi memoria, traidora profesional, recordó exactamente cómo se sentía esa piel debajo de mi boca.
Odié a mi cerebro.
―Deja de tensarte.
―Tienes un cuchillo junto a mis pantalones.
―He estado más cerca con cosas peores.
Silencio.
Lessa dejó caer una cuchara.
―Voy a salir.
―Sí ―dije.
―Excelente idea ―dijo Maelis.
―Tú cállate.
Taren acompañó a mi hermana fuera con una expresión demasiado divertida.
Nos quedamos solas.
El fuego de la chimenea crujió detrás de nosotras. Durante un segundo absurdo recordé otra habitación, otro fuego y a Maelis riéndose porque yo había intentado quitarle una bota sin desatarla. Habíamos acabado en el suelo, medio vestidas y sin ninguna dignidad. El recuerdo apareció tan vivo que tuve que apartar la cara para respirar con calma.
Por primera vez desde la plaza.
No me gustó.
Mentira.
Me gustó demasiado.
Limpié la herida.
Maelis inhaló bruscamente.
―¿Duele?
―No.
Apreté más.
―¿Y ahora?
―Eres una sádica.
―Estoy aprendiendo nuevas aficiones.
Su mano cerró alrededor de mi muñeca.
No fuerte.
Solo suficiente para detenerme.
―Naira.
―Suéltame.
Lo hizo de inmediato.
Otra vez.
Aquello empezaba a irritarme más que si discutiera.
―Taren me contó por qué abriste las puertas.
Maelis quedó inmóvil.
―No debía.
―Parece que todo el mundo tiene prohibido decirme cosas.
―Quería decírtelo yo.
―¿Cuándo? ¿Después de entregar otra ciudad?
Su cara cambió.
Arrepentimiento.
No quería verlo.
―Darien sabía de ti ―dijo―. Sabía lo que podías hacer.
―Así que decidiste que Asterra podía pagar el precio.
―Decidí evitar una masacre.
―No conviertas esto en una decisión limpia.
―Nunca dije que lo fuera.
―Miles de personas perdieron sus hogares.
―Lo sé.
―Personas murieron.
―Lo sé.
―¿Y tú puedes mirarme y decir que valía la pena?
Maelis tardó.
Demasiado.
―Sí.
Me puse de pie.
―Te odio.
―Lo sé.
―No, no lo sabes.
―Naira, llevo tres noches sabiendo que la mujer que amo preferiría verme muerta.
―Quizá debería.
―Quizá.
Su calma me enfureció.
―¿Por qué no luchaste?
―Porque Darien tenía seis Hilanderas encadenadas fuera de la muralla. Si atacaba, las habría obligado a romper los juramentos defensivos. La mitad de la ciudad habría ardido.
Eso no lo sabía.
Me quedé callada.
Maelis levantó la camisa para cubrirse.
―No necesito que me perdones.
―Qué conveniente.
―Necesito que sobrevivas.
―Otra vez decides lo que necesito.
―Entonces dime tú.
La pregunta me sorprendió.
―¿Qué?
―Dime qué necesitas de mí.
Quise responder que desapareciera.
En cambio miré su boca.
Error.
Ella lo vio.
Peor.
―No hagas eso ―murmuré.
―No estoy haciendo nada.
―Exactamente.
Maelis dejó caer la tela que sostenía sobre el vientre.
Mi mirada bajó.
Otra pésima decisión.
―¿Todavía me deseas? ―preguntó.
―Eso no significa nada.
―No dije que significara.
―Te odio y todavía quiero besarte. Mi cuerpo tiene mal criterio.
―Siempre lo tuvo. Se acostó conmigo.
Solté una risa.
Maldita fuera.
Maelis sonrió y luego hizo una mueca por la herida.
Me acerqué para terminar el vendaje.
Esta vez sus rodillas quedaron a ambos lados de mis caderas.
Demasiado cerca.
Su respiración rozó mi frente.
―Si me besas ―dije―, te golpeo.
―No voy a besarte.
―Bien.
―Aunque estás mirando mi boca otra vez.
―Estoy calculando dónde golpearte.
―Romántico.
Terminé el nudo y retrocedí.
Maelis atrapó mi mano.
―Hay algo que Taren no sabe.
La seriedad volvió de golpe.
―¿Qué?
―Darien no descubrió por accidente que eres Hilandera.
―Entonces ¿cómo?
―Alguien se lo dijo.
―¿Quién?
Maelis me sostuvo la mirada.
―La única persona que conocía tu don antes que yo.
Sentí frío.
―Eso deja a mi familia.
―No.
Su voz bajó.
―Deja a la mujer que te enseñó a ocultarlo.
Pensé en mi antigua maestra.
En la Casa de Pactos.
En todos los años que había confiado en ella.
―¿Sigue viva?
Maelis negó lentamente.
―Darien la mató hace dos semanas.
―Entonces no pudo hablar.
―No necesitó hacerlo.
La reina apretó mis dedos.
―Porque dejó una carta con tu nombre y una frase para él.
Tragué saliva.
―¿Qué frase?
Maelis me miró sin parpadear.
―“Naira Valen puede cortar la inmortalidad de una reina.”
