Capítulo 6 6
—Repítelo.
Maelis no soltó mi mano.
—Serah escribió que puedes cortar la inmortalidad de una reina.
La frase volvió a entrarme igual de mal.
Le quité los dedos de encima.
—Mi maestra pasó ocho años enseñándome a ocultar lo que soy.
—Lo sé.
—Me hizo jurar que jamás tocaría una sutura real.
—También lo sé.
—Entonces explícame por qué dejó mi nombre en una carta para Darien.
Maelis bajó la vista hacia el vendaje que acababa de ponerle.
—Porque creo que esa carta no era para él.
—Acabas de decir que la dejó para él.
—Dije que terminó en sus manos.
Me levanté.
—Voy a empezar a cobrarte por cada verdad que viene con una segunda parte.
—Estarías rica antes del almuerzo.
—Ya te odio. No intentes ser graciosa.
—No lo intenté.
Eso era peor.
La puerta se abrió y Lessa asomó la cabeza.
—¿Ya puedo entrar o siguen hablando medio desnudas de traiciones?
—Está vestida.
Lessa miró el abdomen descubierto de Maelis.
—Claro.
—Sal.
—Taren dice que tenemos que movernos.
Maelis se puso de pie demasiado rápido.
La mano se le fue al costado.
Yo la sujeté por reflejo.
Su cuerpo chocó contra el mío.
Demasiado cerca.
Otra vez.
Maelis apoyó una mano en mi cintura para equilibrarse y dejó de respirar durante un segundo.
Yo también.
Tenía la boca a la altura de mi frente. El calor de su piel atravesaba la camisa que llevaba puesta.
Su camisa.
Excelente.
—Puedes soltarme —dijo.
—Puedo dejarte caer.
—También.
No la solté.
Lessa carraspeó.
—Voy a fingir que esto no tiene una tensión horrible.
—Lessa.
—Ya me voy.
La puerta volvió a cerrarse.
Maelis me miró.
—Sigues usando mi camisa.
—Sigue siendo una tela.
—Una tela que me robaste.
—Venía en una bolsa que tú preparaste.
—Entonces técnicamente fue un regalo.
—No conviertas esto en coqueteo.
—Tú me estás agarrando de la cintura.
La solté de golpe.
Maelis se sostuvo de la mesa.
—Muy madura.
—Cállate.
—Con gusto.
Duró tres segundos.
—Naira.
—¿Qué?
—La carta de Serah mencionaba una dirección.
Saqué la nota de mi bolsillo.
La dirección en Raveth.
—La misma que tú me dejaste.
—Sí.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque allí guardé todo lo que encontré sobre tu maestra.
Sentí otro tirón incómodo en el pecho.
—¿Investigabas a Serah?
—Después de que desapareció.
—¿Y tampoco pensabas decírmelo?
Maelis cerró los ojos un instante.
—No.
—Qué sorpresa.
—No voy a defenderlo.
Eso me quitó impulso.
Prefería cuando discutía.
Era más fácil enfadarme con alguien que se justificaba.
—Darien encontró la carta hace dos semanas —continuó—. Para entonces Serah ya estaba muerta.
—¿La viste?
—Sí.
La palabra salió baja.
—¿Estabas allí?
—Llegué tarde.
Me apoyé en la mesa.
Serah odiaba las flores frescas porque decía que morían demasiado rápido. Tomaba té tan cargado que Lessa juraba que podía disolver cucharas. Me había golpeado los nudillos cientos de veces por tocar hilos mágicos sin permiso.
Muerta.
Y yo había estado acostándome con Maelis mientras todo ocurría.
La culpa me revolvió el estómago.
—No hagas eso —dijo ella.
—¿Qué?
—Culparte.
—No sabes qué estoy pensando.
—Te conozco.
La miré.
—Creías conocerme porque me estudiaste.
La herí.
Lo vi.
Maelis aceptó el golpe sin moverse.
—Sí —dijo—. Al principio.
—Y después.
—Después empecé a conocerte porque no conseguía dejar de buscarte.
Mi pulso se aceleró.
Molesto.
Inoportuno.
—Eso tampoco arregla nada.
—Lo sé.
—Deja de decir “lo sé”.
—Intento no discutir contigo.
—Pues hazlo peor.
Una sonrisa pequeña le tocó la boca.
La odié por ser hermosa cuando estaba agotada.
—Estás insoportable.
—Y tú sigues aquí.
—Porque Darien te busca.
—Por fin algo romántico.
—Quieres romance, Naira, y ahora mismo apenas puedo mantenerme de pie.
—Nunca dije que quisiera romance.
—Miraste mi boca cuatro veces desde que entré.
—Tienes sangre en el labio.
—Eso es una excusa pésima.
Me acerqué antes de decidirlo.
Le limpié la sangre con el pulgar.
Maelis se quedó quieta.
Su mirada bajó a mi boca.
Yo mantuve la mano en su cara un segundo demasiado.
Dos.
—No me beses —dije.
—No iba a hacerlo.
—Mentirosa.
—Tú me pegarías.
—Probablemente.
—Y Taren me regañaría por abrir la herida.
—Eso te preocupa más.
—Muchísimo más.
Me reí.
Ella también.
Fue breve.
Después su mano subió despacio y me rozó la muñeca.
No me sujetó.
Esperó.
Ese detalle me desarmó más que cualquier disculpa.
Podía apartarme.
No lo hice.
Sus dedos recorrieron la parte interna de mi muñeca, apenas un roce.
Mi cuerpo respondió antes que mi orgullo. Sentí calor bajo la camisa, en el cuello, en el vientre.
Maelis lo notó.
Claro que lo notó.
—Naira.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Tu cara está diciendo demasiado.
—Mi cara lleva ciento doce años causando problemas.
—Presumida.
—Realista.
Su pulgar tocó el borde de mi palma vendada.
—Te lastimaste cortando una sutura.
—Una cerradura.
—No deberías hacerlo sola.
—No eres mi reina.
La frase cambió el aire.
Maelis retiró la mano.
—No.
Me dolió que aceptara tan rápido.
Ridículo.
—Tampoco eres mi amante.
—Lo sé.
—Y no voy a convertirme en tu arma.
—Nunca más.
Esa respuesta me hizo levantar la cabeza.
—¿Nunca más?
Maelis respiró hondo.
—La primera vez que te busqué, quería entender mi corona. Quería saber qué podía hacer una Hilandera con ella. Te convertí en una posibilidad antes de conocerte.
—Qué manera tan bonita de decir que me utilizaste.
—No hay una bonita.
Bien.
Eso sí le creí.
La puerta se abrió otra vez.
Taren apareció con su abrigo puesto.
—Los caballos están listos.
—Nos vamos a Raveth —dijo Maelis.
—Tú no decides eso —respondí.
—Correcto.
Me ofreció la llave que había aparecido en su caja.
—Entonces decide tú.
Miré la llave.
Luego a ella.
—Voy a Raveth.
Maelis asintió.
—Yo también.
—No te invité.
—Darien tiene hombres en los caminos.
—Puedo defenderme.
—Lo sé.
—Otra vez.
—Lo siento.
Lessa apareció detrás de Taren.
—¿Van a discutir todo el viaje?
—Sí —dijimos Maelis y yo al mismo tiempo.
Mi hermana sonrió.
—Perfecto. Así no me duermo.
Tomé mi abrigo.
Maelis intentó hacer lo mismo y volvió a doblarse por el costado.
—No vas a montar así.
—Puedo.
—Te vas a caer.
—Tengo experiencia cayendo con dignidad.
—No existe eso.
Taren miró hacia la ventana.
—Solo quedan tres caballos.
Miré a Lessa.
Ella miró a Taren.
Después ambos me miraron a mí.
No.
—Ni lo piensen.
Maelis levantó una ceja.
—Puedo ir con Taren.
—Su caballo no soportará a dos adultos con armadura —dijo él.
Lessa sonrió demasiado.
—El negro sí.
Miré hacia el patio.
El caballo de Maelis.
Su silla.
Una sola montura.
Maelis se acercó a mi oído.
—Prometo mantener las manos donde tú me digas.
El calor me subió directo a la cara.
—Eso no ayuda.
Su boca rozó casi mi sien cuando respondió:
—Entonces dime dónde quieres que las ponga.
