Capítulo 7 7

—Ponlas donde no me den ganas de romperte un dedo.

Maelis levantó ambas manos.

—Necesito una instrucción más precisa.

—En la silla.

—Eso será difícil si pretendes que me sostenga.

Lessa soltó una carcajada desde su caballo.

—Yo voto por la cintura.

—Nadie te preguntó.

—Por eso mi opinión es gratis.

Taren montó primero y nos dedicó una mirada que tenía demasiado de resignación.

—Si terminan de negociar anatomía, deberíamos irnos.

Subí al caballo negro.

Maelis lo hizo detrás de mí con una torpeza que jamás le había visto. La herida la obligó a contener un gemido.

Giré la cabeza.

—Te dije que no estabas para montar.

—Y yo te dije que puedo caer con dignidad.

—Si te caes, te dejo en el camino.

—Cruel.

—Práctica.

Sus manos quedaron suspendidas a mis lados.

—Naira.

—¿Qué?

—Voy a necesitar tocarte.

—Solo para no caerte.

—Prometido.

Le tomé una muñeca y coloqué su mano sobre mi cintura.

La respiración de Maelis cambió.

Pequeño detalle.

Muy irritante.

—La otra.

—Puedes ponerla tú.

—Cobarde.

—Estoy herida.

—Conveniente.

Tomé su segunda mano y la puse al otro lado de mi cintura.

Su pecho quedó pegado a mi espalda.

Aquello había sido una idea pésima.

El caballo empezó a avanzar.

Maelis se inclinó apenas conmigo. Su respiración rozó mi oreja.

A los cinco minutos ya quería desmontar.

A los diez quería hacer algo mucho peor.

—Deja de moverte —murmuré.

—El caballo se está moviendo.

—Tú también.

—Estoy intentando no apretar.

—Pues intenta con más talento.

Lessa cabalgaba unos metros delante.

—¿Necesitan que me aleje?

—Sí.

—No.

Maelis y yo respondimos al mismo tiempo.

Lessa giró sobre la silla.

—Qué armonía.

—Mira el camino —le dije.

Volvió la cabeza riéndose.

Seguimos hacia el norte.

El sendero se estrechó entre pinos. Taren iba delante y evitaba las rutas principales. Durante un rato solo escuché cascos, ramas y la respiración de Maelis detrás de mí.

Su mano derecha se deslizó un poco.

Quedó más abajo.

Demasiado abajo.

La agarré.

—¿Qué haces?

—Perdiendo fuerza.

—Tu mano está casi sobre mi cadera.

—Mi mano está intentando sobrevivir.

—Pues que sobreviva más arriba.

Se la devolví a la cintura.

Maelis apoyó la frente entre mis hombros.

—Esto sería mucho más fácil si no llevaras mi camisa.

—La voy a quemar.

—Después de quitártela.

Me tensé.

Ella lo sintió.

—Maelis.

—Estoy herida, no muerta.

—Todavía puedo ayudarte con lo segundo.

—Eso sonó casi cariñoso.

Le clavé el codo con cuidado.

—Ay.

—Bien.

—Te aprovechaste de una herida abierta.

—Y volvería a hacerlo.

Su risa me vibró contra la espalda.

Odiaba cuánto había extrañado ese sonido.

La idea apareció sin permiso.

La enterré.

A media tarde empezó a llover.

Taren encontró un refugio abandonado junto al camino: cuatro paredes, techo torcido y una mesa que parecía capaz de matar a alguien con solo mirarla.

Entramos.

Maelis bajó del caballo y perdió el equilibrio.

La sujeté antes de que golpeara el suelo.

—Otra vez tú —murmuró.

—Otra vez tú sangrando sobre mis cosas.

Miré mi mano.

Tenía sangre.

—Te abriste la herida.

—Parece que sí.

—Siéntate.

—Eso sonó a orden.

—Lo era.

Esta vez obedeció.

Lessa y Taren salieron a revisar los caballos.

Yo desaté el vendaje.

La tela estaba empapada.

—Necesito limpiarlo.

—Hazlo.

—Te va a doler.

—Ya me conoces.

—Precisamente por eso aviso.

Maelis se quitó la camisa.

Me quedé mirando medio segundo.

Dos.

Su piel estaba marcada por cicatrices viejas, la mayoría pequeñas. Conocía varias. Había besado algunas.

Mi estómago recordó más de la cuenta.

—¿Quieres que me vista otra vez?

—Quiero que dejes de hablar.

—Eso también me resulta familiar.

Mojé un paño y lo pasé por su costado.

Antes de volver a vendarla, apoyé dos dedos en su cuello.

—¿Qué haces?

—Comprobando que sigues viva.

—Eso podría hacerse de una forma más agradable.

—No abuses de tu suerte.

Su pulso iba rápido. Demasiado.

—Estás débil.

—He perdido sangre.

—Eres inmortal.

—Mi cuerpo repara daños. No fabrica sangre por capricho.

—Qué decepción. Pensé que al menos servías para algo práctico.

—Puedo alcanzar estantes altos.

—Lessa también.

—Entonces estoy acabada.

Le di un vaso de agua.

—Bebe.

Maelis obedeció sin discutir.

Eso me preocupó más que la sangre.

Maelis apretó los dientes.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Fatal.

—Tienes las manos frías.

—Tú estás caliente.

Sus ojos subieron hacia mí.

La frase se quedó entre las dos.

Perfecto.

Yo seguí limpiando.

Maelis habló más bajo.

—Anoche soñé contigo.

—No quiero saberlo.

—Mentirosa.

—Maelis.

—Fue un sueño bastante decente.

—Voy a apretar.

—Eso mejora muchas cosas.

La miré.

Ella sonrió.

—Eres insoportable.

—Me elegiste durante un año.

—Tenía gustos cuestionables.

—Todavía los tienes.

Su rodilla tocó la mía.

Ninguna se apartó.

Terminé de envolverle el torso.

Cuando hice el nudo, Maelis levantó una mano y me rozó la mejilla.

Solo una vez.

Podía haberme apartado.

Me quedé allí.

Su pulgar bajó hacia mi boca.

El corazón empezó a golpearme demasiado rápido.

—Naira.

—No.

—Todavía no he preguntado nada.

—Sé lo que vas a preguntar.

—Entonces ahórrame el esfuerzo.

Me acerqué.

Muy poco.

Lo suficiente.

Maelis no avanzó.

Esperó.

Otra vez esa espera.

Me desesperaba.

También me atraía más que cuando tomaba lo que quería.

—Si te beso —dije—, no significa que te perdoné.

—Entendido.

—Tampoco significa que volvamos a estar juntas.

—Entendido.

—Y si dices “lo sé”, te muerdo.

—Eso no parece castigo.

La besé.

Fue un error delicioso.

Maelis dejó que yo marcara el ritmo. Una mano quedó sobre la mesa. La otra apenas tocó mi cintura.

Le mordí el labio.

Ella soltó un sonido bajo que me atravesó entera.

La besé otra vez.

Más fuerte.

Su mano subió por mi espalda.

Yo terminé entre sus rodillas.

Sentí el calor de su cuerpo pegado al mío y durante unos segundos olvidé Asterra, Darien y cada mentira.

Maelis me besó el cuello.

Cerré los ojos.

—Ahí no.

Se detuvo de inmediato.

La miré.

—¿Por qué paraste tan rápido?

—Porque dijiste que parara.

La respuesta me dejó sin defensa.

Me alejé.

Maelis no intentó retenerme.

—Maldita sea.

—¿Qué hice ahora?

—Eso.

—Necesito más contexto.

—Estás aprendiendo.

Su expresión perdió la burla.

—Sí.

La puerta se abrió.

Lessa entró, nos miró y volvió a salir.

—Esperaré treinta segundos.

—¡Lessa!

Su risa se perdió afuera.

Me acomodé la ropa.

Maelis se puso la camisa con cuidado.

Taren apareció después.

—La lluvia va a empeorar. Tenemos que llegar antes del anochecer.

—¿Falta mucho? —pregunté.

—Dos horas.

Volvimos a montar.

Esta vez no tuve que indicarle dónde poner las manos.

Maelis las dejó en mi cintura.

Y yo no protesté.

Llegamos a Raveth cuando ya oscurecía.

La dirección nos llevó hasta una casa de piedra al borde de un pueblo pequeño. Había luz en una ventana.

Taren desmontó.

—Aquí es.

—¿Quién vive aquí? —pregunté.

Maelis tardó demasiado en responder.

La puerta se abrió.

Una mujer alta, pelirroja y armada apareció en el umbral.

Miró a Maelis.

Después a mí.

Sonrió.

—Vaya. Pensé que tardarías más en volver a mi cama.

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