Capítulo 8 8

—¿Tu cama?

La pelirroja apoyó un hombro en el marco.

—Durante un invierno entero.

Giré hacia Maelis.

Ella cerró los ojos.

—Seris.

—Majestad.

—No empieces.

—Tú llegaste montada con una mujer usando tu camisa. Yo diría que la noche ya empezó sola.

Lessa soltó un sonido que intentó convertir en tos.

No funcionó.

—Me cae bien —murmuró.

—A mí no.

La mujer me miró.

—Eso ha quedado clarísimo.

Maelis desmontó con cuidado.

—Naira, ella es Seris Ardan.

—Qué suerte la mía.

Seris sonrió.

—Y tú debes ser Naira.

—¿También sabes quién soy?

—Maelis habla dormida.

Miré a Maelis.

—Perfecto.

—Eso fue hace muchos años —dijo ella.

—Treinta y ocho —precisó Seris.

—Peor.

Taren pasó entre nosotras con las riendas de dos caballos.

—Podemos resolver la genealogía sexual bajo techo.

—No es genealogía —dije.

—Aún.

Seris se apartó para dejarnos entrar.

La casa era pequeña y cálida. Había una mesa, una chimenea y cuatro puertas al fondo.

Conté.

Cuatro.

Bien.

Entonces vi las mantas apiladas en una silla.

Seris siguió mi mirada.

—Solo dos habitaciones tienen cama.

Lessa me agarró del brazo.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara ya pidió un cuchillo.

Seris señaló a Maelis.

—Ella puede dormir conmigo.

—No —dije.

Silencio.

Excelente.

Quería evaporarme.

Seris levantó una ceja.

Maelis giró despacio hacia mí.

Lessa se mordió el labio.

—Quise decir que está herida —añadí—. Necesita espacio.

—Mi cama es grande —respondió Seris.

—Qué información tan útil.

Maelis se llevó dos dedos al puente de la nariz.

—Seris.

—Estoy disfrutando esto.

—Se nota.

Seris se acercó a Maelis y examinó la mancha de sangre en su costado.

—¿Quién te cosió?

—Naira.

—¿Y sobreviviste?

—Con dificultad.

Le clavé una mirada.

—Puedo deshacer el vendaje.

—No hace falta.

Seris me observó otra vez.

Esta vez sin burla.

—Entonces gracias.

Eso me descolocó.

—No lo hice por ti.

—Mejor. Los favores crean deudas y ya tengo demasiadas.

Maelis se sentó.

Seris buscó una botella y cinco vasos.

—¿Vino?

—Sí —dijo Lessa.

—No —dije yo.

—Definitivamente sí —dijo Maelis.

La miré.

—Estás herida.

—Soy inmortal.

—Hace dos horas dijiste que perdías sangre como cualquiera.

—Una copa.

—Media.

Seris llenó el vaso.

—Siempre fue mandona.

—Siempre fue irresponsable —respondí.

—También.

Maelis nos miró a ambas.

—Esto es encantador.

Me senté frente a ella.

Seris ocupó la silla a su lado.

Demasiado cerca.

No tenía derecho a molestarme.

Me molestó muchísimo.

—¿Cuánto duró? —pregunté.

Maelis casi se atragantó.

Seris sonrió dentro de su copa.

—¿Quieres la versión educada?

—Quiero la corta.

—Siete meses.

—Cinco —corrigió Maelis.

—Siete.

—Pasamos dos separados.

—Seguíamos acostándonos.

Lessa bebió vino.

Taren se levantó.

—Voy a revisar las ventanas.

—Cobarde —le dije.

—Experimentado.

Maelis me miró.

—Fue hace casi cuarenta años.

—No estoy celosa.

Seris soltó una carcajada.

—Claro.

—No te pregunté.

—Me gustas.

—Eso es un problema tuyo.

Maelis escondió una sonrisa detrás del vaso.

La vi.

—Tú tampoco te rías.

—No me estoy riendo.

—Te conozco la cara.

—Eso suena íntimo.

Seris volvió a beber.

Le lancé una mirada tan directa que levantó ambas manos.

—Bien. Me retiro.

No se retiró.

Por supuesto.

Durante la cena, Seris contó historias de Maelis que yo no había oído. Una incluía un caballo robado. Otra, una noche entera escondida en un campanario porque Maelis había insultado al hijo de un duque.

—Le rompí la nariz —corrigió Maelis.

—Después de insultarlo.

—Se lo merecía.

Yo jugueteé con la cuchara.

—Nunca me contaste eso.

Maelis dejó de sonreír.

—Nunca llegamos a hablar demasiado de antes.

—Tuvimos un año.

—Y tú odiabas que mencionara mis ciento doce años.

—Porque te hacías la sabia.

—Soy sabia.

Seris bufó.

—Una vez intentó apagar un incendio con vino.

Me reí antes de poder evitarlo.

Maelis me señaló.

—Tú cállate.

—Necesitaba escuchar eso.

—Fue una emergencia.

—Fue una cortina —dijo Seris.

Seguimos riendo.

Por un rato resultó fácil.

Entonces Seris rozó con naturalidad el hombro de Maelis al levantarse.

Mi humor murió.

Pequeño gesto.

Suficiente.

Maelis lo notó.

También Seris.

Qué humillación.

—Voy a dormir —dije.

Lessa me siguió con la mirada.

—¿Ya?

—Sí.

Seris señaló el pasillo.

—Primera puerta. Solo hay una cama.

—Puedo dormir en el suelo.

—No hace falta —dijo Maelis.

La miré.

—Ni se te ocurra.

—Pensaba dormir en el suelo yo.

—Ah.

Seris sonrió.

—Esto es doloroso de ver.

—Y sin embargo sigues mirando —dije.

Entré a la habitación.

Cerré la puerta.

Tres minutos después llamaron.

—Vete, Lessa.

—Soy yo.

Maelis.

Abrí.

—¿Qué?

—Seris dice que deberíamos compartir.

—Seris puede meterse su opinión en cualquier parte de su casa.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces buenas noches.

Intenté cerrar.

Maelis puso la mano en el marco.

—Naira.

—¿Qué?

—No pasó nada entre nosotras desde hace treinta y ocho años.

—No me importa.

—Mientes fatal.

—Esa frase ya la usaste.

—Sigue siendo cierta.

La dejé entrar.

Error número demasiados.

Maelis se sentó en el borde de la cama.

Yo permanecí junto a la puerta.

—¿La amaste?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Maelis tardó.

—Sí.

Me ardió el pecho.

—Gracias por la sinceridad.

—Naira.

—No pasa nada.

—Pasa algo.

—No tienes que tranquilizarme.

—No quiero tranquilizarte. Quiero responderte.

Me crucé de brazos.

—Entonces responde.

—La quise. Mucho. Y se acabó.

—¿Quién terminó con quién?

—Ella conmigo.

Eso no me lo esperaba.

—¿Por qué?

—Porque yo decidía por las dos.

La habitación se quedó quieta.

Maelis bajó la mirada.

—Le organicé una vida entera sin preguntarle si la quería.

—Vaya.

—Sí.

—Entonces llevas mucho tiempo siendo insoportable.

—Décadas.

Quise reír.

Maelis levantó la vista.

—Lo que hice contigo fue peor.

Eso me quitó cualquier respuesta fácil.

—No compares.

—Tengo que hacerlo. Repetí lo mismo.

—Seris parece haberte perdonado.

—Seris tuvo treinta y ocho años.

—Yo tuve tres días.

—Lo sé.

Me acerqué.

Quedé entre sus rodillas.

—Deja de decir eso.

—Entonces dame otra cosa que pueda decir.

—Dime que no la quieres.

—No la quiero.

—Dime que no piensas dormir con ella.

—No pienso dormir con ella.

—Dime que no la besarías aunque yo me fuera ahora mismo.

Maelis sostuvo mi mirada.

—No la besaría.

Mi respiración cambió.

—¿Por qué?

Ella levantó una mano.

Esperó.

Yo acerqué la cara hasta que sus dedos tocaron mi mandíbula.

—Porque estoy enamorada de ti.

La besé.

Esta vez no hubo cuidado.

Maelis me tomó por la cintura y me sentó sobre sus piernas.

El movimiento le arrancó un gemido de dolor.

Me aparté.

—Idiota.

—Valió la pena.

—Te abriste la herida otra vez.

—Probablemente.

—Voy a matarte.

—Después.

Volví a besarla.

Su mano subió por mi espalda bajo la camisa. La piel me ardió donde me tocaba.

Le mordí el cuello.

Maelis respiró contra mi oído.

—Naira.

—¿Qué?

—Si sigues así, voy a olvidar que estoy intentando comportarme.

Me detuve.

—Compórtate.

Ella cerró los ojos.

—Cruel.

Me bajé de sus piernas.

Llamaron a la puerta.

Seris habló desde fuera.

—Odio interrumpir esta tragedia romántica, pero llegaron jinetes.

Maelis se puso de pie.

—¿Cuántos?

—Seis.

Tomé mi cuchillo.

—¿De Darien?

Hubo un silencio.

Después Seris respondió:

—No. Vienen de Raveth y uno de ellos acaba de preguntar por la amante de la reina.

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