Capítulo 9 9

—¿Qué amante?

Seris me miró con una paciencia ofensiva.

—La de la reina.

—Ya entendí esa parte.

—Entonces vas mejor que hace un minuto.

Maelis tomó su espada.

—Quédate dentro.

La miré.

—Prueba otra vez.

—Naira.

—Esa tampoco.

Lessa apareció detrás de mí con el cuchillo en la mano.

—Yo diría que ya aprendiste que darle órdenes empeora todo.

—Gracias por la ayuda —dijo Maelis.

—Cobro por hora.

Taren abrió apenas la puerta y miró hacia afuera.

—Son de Raveth. Reconozco los colores.

—Eso no significa que sean amigos —dije.

—En Raveth casi nunca significa eso —murmuró Seris.

Maelis salió.

Yo fui detrás.

Por supuesto.

Había seis jinetes frente a la casa. Cinco llevaban capas negras con el emblema de Raveth. El sexto era una mujer de cabello corto y una cicatriz que le cruzaba la ceja.

Al ver a Maelis, desmontó.

—Majestad.

—Capitana Edris.

La mujer se arrodilló.

Sus hombres hicieron lo mismo.

Yo me quedé junto a la puerta.

No me gustaba aquello.

Demasiadas personas sabían quién era.

Edris levantó la cabeza.

—Nos dijeron que encontraríamos aquí a Naira Valen.

—¿Quién lo dijo? —pregunté.

La capitana me miró de arriba abajo.

—Así que es usted.

—Depende de lo que quiera.

—Confirmar que sigue viva.

—Qué manera tan amable de presentarse.

Maelis se movió un poco delante de mí.

Lo vi.

También lo vio Edris.

—Majestad, traigo órdenes del Consejo Real.

—Entonces puedes quemarlas.

Edris parpadeó.

—Todavía no se las he dado.

—Me ahorro tiempo.

—Maelis —dijo Taren.

—Estoy herida y cansada. Mi paciencia murió al mediodía.

Edris apretó la boca.

—Raveth sabe que estuvo en Asterra durante la caída.

Mi espalda se tensó.

—¿Y?

—También sabe que la escriba que viajaba con usted era su amante.

Seris apoyó el hombro en la pared.

Lessa me miró con una sonrisa que merecía violencia.

—Ni una palabra —le advertí.

—Estoy disfrutando en silencio.

Edris continuó.

—Darien está difundiendo que Naira Valen manipuló a la reina para entregar Asterra.

Me reí.

—Eso sí que es nuevo.

Maelis no.

—¿Cuánto se ha extendido?

—Bastante.

—¿Y el Consejo qué quiere?

Edris me miró.

—Separarlas.

El aire me cambió dentro del pecho.

Maelis dio un paso.

—No.

—Majestad, creen que mientras ella permanezca a su lado—

—Termina esa frase y te mando de regreso caminando.

—No amenaces a tu capitana por mí —dije.

Maelis giró.

—Puedo amenazarla por muchas razones. Esta es solo la más reciente.

Edris soltó el aire.

—Necesitamos que vuelva a palacio.

—No.

—Y que Naira permanezca bajo custodia.

—Menos.

—Majestad.

—He dicho que no.

Había algo casi absurdo en verla rechazar órdenes de su propio reino mientras yo seguía llevando su camisa.

Edris me miró otra vez.

—¿Usted viene voluntariamente?

—Sí.

Maelis giró hacia mí.

—Naira.

—¿Qué?

—No tienes que responder nada.

—Acabas de responder por mí tres veces.

La vi darse cuenta.

Cerró la boca.

Bien.

Miré a Edris.

—Voy porque quiero encontrar algo en Raveth. No porque la reina me haya ordenado venir.

—¿Y su relación con ella?

—Eso sí que no es asunto tuyo.

Lessa murmuró detrás:

—Definitivamente sigue enamorada.

—Te escuché.

—Era la idea.

Edris se puso de pie.

—El Consejo enviará más hombres.

—Que los envíe —dijo Maelis.

—Podrían intentar detenerla.

—Que lo intenten.

—Qué sexy —murmuró Lessa.

Me giré.

—¿Quieres vivir?

—Muchísimo.

Edris miró a Taren.

—Hay un santuario a una jornada de aquí. Sus hombres todavía son leales a la reina.

—No vamos al palacio —dije.

—Tampoco yo lo recomiendo.

Eso sí me interesó.

—Entonces ¿por qué viniste?

Edris sacó un pequeño mapa y se lo dio a Maelis.

—Porque Darien ya sabe que cruzaron la frontera.

Perfecto.

Taren tomó el mapa.

Seris invitó a los jinetes a entrar, pero Edris rechazó.

—Nos quedaremos en el camino. Si alguien los siguió, los apartaremos de aquí.

Maelis asintió.

—Gracias.

La capitana volvió a montar.

Antes de irse me miró.

—Por cierto, Valen.

—¿Qué?

—Nunca había visto a la reina cancelar una orden del Consejo por alguien.

Maelis la fulminó.

Edris sonrió.

—Ahora entiendo por qué.

Se marcharon.

Antes de entrar, Maelis me alcanzó.

—Tenías razón.

—Eso pasa con frecuencia. Tendrás que ser específica.

—Respondí por ti.

La miré.

—Y te detuviste.

—Estoy intentando aprender.

—Hazlo más rápido.

—Eres una maestra terrible.

—Sobrevivirás.

—Esa es la intención.

Fue una conversación pequeña. Me molestó que significara algo.

Entré en la casa.

—Odio a tu gente.

—Eso te convierte oficialmente en ciudadana de Raveth —dijo Seris.

—No la animes —murmuró Maelis.

Subí a la habitación.

Escuché sus pasos detrás.

—No me sigas.

—Solo hay dos habitaciones.

—Usa la de Seris.

Maelis cerró la puerta detrás de ella.

—Eso fue cruel.

—Funcionó.

Me giré.

—¿Desde cuándo sabe tu Consejo de mí?

—No lo sabía.

—Edris sí.

—Edris sabe demasiadas cosas.

—Qué respuesta tan útil.

Maelis se sentó en la cama.

La herida volvía a molestarle. Lo veía en la rigidez de sus hombros.

—Ven aquí.

—¿Para qué?

—Voy a revisar el vendaje.

—Creí que estabas enfadada.

—Puedo estar enfadada y evitar que sangres sobre las sábanas.

—Multitarea.

Me arrodillé frente a ella y levanté la tela de su camisa.

El vendaje seguía en su sitio.

Mis dedos rozaron su abdomen.

Maelis inhaló.

—No empieces.

—No hice nada.

—Tu voz hizo algo.

—Mi voz no tiene manos.

—Gracias a los dioses.

Le di un tirón suave al vendaje.

—¿Duele?

—Menos que verte celosa.

—No estaba celosa.

—Claro.

—Seris puede acostarse con quien quiera.

—Estoy de acuerdo.

—Incluyéndote.

Maelis me miró.

—No.

—Podría.

—No quiero.

Seguí ajustando la venda.

—La amaste.

—Sí.

—Y todavía confías en ella.

—Sí.

—Qué irritante.

—Muchísimo.

Sus dedos tocaron mi mentón.

—Naira.

—¿Qué?

—Mírame.

Lo hice.

—No estoy eligiéndola.

Mi estómago dio una vuelta bastante idiota.

—Tampoco me estás eligiendo a mí. Estamos huyendo.

—Yo sí te estoy eligiendo.

La frase me dejó quieta.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Hablar así cuando estoy entre tus piernas.

Maelis sonrió.

—Tú te pusiste ahí.

—Por razones médicas.

—Muy profesionales.

Su pulgar pasó por mi labio inferior.

Esta vez no me aparté.

—Si vuelves a besarme —dije—, seguimos sin estar juntas.

—Entendido.

—Y deja de sonar tan satisfecha.

—Imposible.

La besé.

Maelis me sostuvo por la cintura y me acercó. Su boca bajó a mi cuello. Se detuvo justo antes de tocar la piel.

Esperó.

—Sí —murmuré.

Entonces me besó.

Lento.

Después más abajo.

Mis dedos se cerraron en su cabello.

El calor me subió por el cuerpo con una rapidez indecente.

—Maelis.

—Dime que pare.

No quería.

Ese era exactamente el problema.

Un golpe sonó en la puerta.

Me separé de inmediato.

—Voy a matar a alguien.

Lessa habló desde el pasillo.

—Antes de hacerlo, Taren encontró algo en el mapa.

Abrí la puerta.

—¿Qué?

Mi hermana dejó de sonreír.

—La dirección que Maelis te dio está marcada.

Miré a Maelis.

Ella se puso de pie.

—¿Marcada cómo?

Lessa tragó saliva.

—Con el símbolo de la Aguja de Eydra.

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