Capítulo 1 1
—Si vuelves a decir que solo beberás agua, te juro que voy a pedirle al camarero que te retire la ciudadanía universitaria.
Clara empujó una copa hacia mí.
—Mañana tengo clase a las ocho.
—Mañana todos tenemos problemas. Hoy tienes veintitrés años y cara de haber pasado el verano archivando facturas.
—Trabajé.
—Exactamente mi argumento.
Miré alrededor.
El bar estaba lleno de gente demasiado arreglada para fingir que había salido “por casualidad”. Luces cálidas, música lo bastante alta para obligarte a acercarte y una fila de personas esperando una mesa como si dentro repartieran herencias.
Yo quería irme.
Clara quería reformar mi personalidad.
—Una copa —cedí.
—Dos.
—Una.
—Una y media.
—¿Cómo se sirve media copa?
—Con fe.
Me reí.
Error.
Clara interpretó la risa como consentimiento contractual y desapareció hacia la barra.
Yo me quedé junto a una mesa alta que, según el camarero, estaba reservada.
Cinco minutos después seguía vacía.
Así que me senté.
—Esa mesa es mía.
Levanté la vista.
El desconocido frente a mí tenía una mano apoyada sobre el respaldo de la silla y la expresión tranquila de alguien que no necesitaba repetir las cosas.
Treinta y tantos.
Camisa negra.
Mangas remangadas.
Reloj sencillo.
Una cicatriz junto a la barbilla.
Y ojos oscuros que acababan de recorrerme con suficiente lentitud para que mi cuerpo se diera por enterado.
—Qué triste —dije—. Yo ya me encariñé con ella.
Él arqueó una ceja.
—Está reservada.
—También mi paciencia y aquí estamos.
Su boca se movió.
No llegó a sonreír.
Eso me molestó.
—Puedo compartirla.
—Qué generoso.
—No acostumbro discutir por muebles.
—Yo tampoco. Normalmente gano.
El desconocido se sentó frente a mí.
—Entonces será una experiencia nueva.
Me crucé de brazos.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si te hubieran nombrado supervisor del mundo.
—Solo de esta mesa.
Clara regresó con dos copas.
Se detuvo al verlo.
Después me miró.
Luego volvió a mirarlo.
Conocía esa cara.
Era la cara que decía: por fin estás haciendo algo interesante.
—Clara —dije antes de que hablara—, él estaba a punto de irse.
—Gael —dijo él, ofreciéndole la mano.
Traición.
Clara sonrió.
—Encantada. Yo también estaba a punto de irme.
—No.
—Sí.
—Clara.
—Tengo una llamada.
—Tu teléfono está en tu mano y no está sonando.
Lo miró.
—La tecnología evoluciona.
Dejó ambas copas y desapareció.
La odiaría por la mañana.
Gael levantó una.
—¿Te abandonó con frecuencia?
—Solo cuando cree que alguien podría mejorar mis malas decisiones.
—¿Y yo soy una mala decisión?
—Todavía no calificas.
Ahora sí sonrió.
Fue peor.
Porque dejó de parecer atractivo y empezó a parecer el tipo de hombre por el que una mujer sensata inventaba reglas después.
—¿Cómo te llamas?
—Mara.
—¿Solo Mara?
—Hasta que demuestres que mereces apellido.
—Exigente.
—Precavida.
—No pareces precavida sentada en una mesa ajena.
Bebí.
—Soy contradictoria.
—Eso ya lo noté.
Cambió la música.
Una pareja chocó contra nuestra mesa al pasar.
Gael sujetó mi copa antes de que se volcara.
Su otra mano terminó en mi cintura.
Solo un segundo.
Quizá dos.
Suficiente para que sintiera el calor de sus dedos a través de la tela.
Él retiró la mano primero.
—¿Bien?
—Bien.
Mentira.
Mi cintura seguía opinando.
Gael volvió a sentarse.
—¿Siempre sales la noche antes de empezar clases?
—Nunca.
—Entonces estoy presenciando una rebelión.
—Pequeña.
—Las peores empiezan así.
—¿Y tú? ¿Siempre interrogas desconocidas en bares?
—Solo a las que ocupan mi mesa.
—Tu obsesión con la propiedad empieza a preocuparme.
—Puedo compensarlo invitándote otra copa.
—No acepto bebidas de desconocidos.
—Ya sabes mi nombre.
—Eso te convierte en desconocido con etiqueta.
Su risa fue baja.
Me gustó.
Eso también me preocupó.
Media hora después seguíamos hablando.
No sabía su apellido.
Él no sabía el mío.
Descubrí que odiaba la música electrónica, cocinaba mal y había vivido tres años fuera de España.
Él descubrió que yo trabajaba mientras estudiaba, que detestaba los audios de más de un minuto y que llevaba meses sin salir.
—Eso explica la mirada —dijo.
—¿Qué mirada?
—La de alguien calculando cuánto tardará en arrepentirse.
—¿Y cuánto falta?
Gael se inclinó.
—Depende de lo que hagas después.
Mi pulso cometió una estupidez.
—Eso ha sonado ensayado.
—No lo estaba.
—Peor.
—¿Por qué?
—Porque entonces eres peligroso de manera natural.
Sus ojos bajaron a mi boca.
Esta vez no fingí no verlo.
—Mara.
—Gael.
—¿Quieres bailar?
—No.
—Respuesta rápida.
—Bailo mal.
—Yo también.
—No te creo.
—Puedes verificarlo.
Debería haber dicho que no.
En cambio, puse mi mano en la suya.
La pista estaba llena.
Gael se colocó detrás de mí cuando alguien nos empujó y su palma volvió a mi cintura.
Más firme esta vez.
No había nada explícito en aquello.
El problema era todo lo que mi imaginación añadió.
Me giré para quedar frente a él.
—No bailas mal.
—Mentí.
—Empiezo a detectar un patrón.
—Solo uno.
Su mano seguía en mi cintura.
La mía terminó en su hombro.
Estábamos demasiado cerca.
Y ninguno parecía interesado en arreglarlo.
—¿Qué haces mañana? —preguntó.
—Sobrevivir a mi primer día.
—¿Universidad?
Asentí.
—Último año.
Algo cambió apenas en su expresión.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso no fue nada.
—Estaba pensando que pareces alguien que lleva mejor las mañanas.
—Pareces alguien que no me ha visto antes del café.
Se rio.
Yo también.
Y después dejé de pensar.
No sé quién se acercó primero.
Tal vez ambos.
Su boca rozó la mía una vez, casi preguntando.
Yo respondí agarrando su camisa.
Gael me besó de verdad.
Sin prisa.
Sin torpeza.
Su mano subió por mi espalda y me acercó hasta que mi cuerpo chocó con el suyo.
El beso sabía a whisky y a una idea pésima.
Cuando me separé, respiraba demasiado rápido.
—Bueno —murmuré.
—Comentario devastador.
—Estoy procesando.
—Tómate tu tiempo.
Miré su boca.
—Eso no ayuda.
—Puedo dejar de sonreír.
—Peor.
Me besó otra vez.
Esta vez fui yo quien lo acercó.
Más tarde, cuando Clara finalmente reapareció, Gael pidió mi número.
Lo pensé.
Y negué.
—¿Tan mal besé?
—Demasiado bien.
—No veo el problema.
—Precisamente.
Tomé mi bolso.
—Quiero conservar esto como una estupidez perfecta.
Gael me sostuvo la mirada.
—¿Y si quiero repetirla?
—Entonces tendrás que confiar en el destino.
—No confío en el destino.
—Yo tampoco.
Sonreí.
—Buenas noches, desconocido.
A la mañana siguiente llegué a clase con seis minutos de retraso, dos cafés y un dolor de cabeza merecido.
Clara ocupaba un asiento al fondo.
Me dejó sitio.
—Tienes cara de delito.
—Cállate.
—¿Le diste tu número?
—No.
—Cobarde.
—Responsable.
—Te besaste veinte minutos con un hombre que no conocías.
—Responsable desde las nueve.
La puerta se abrió.
Todas las conversaciones murieron.
Entró un hombre con una carpeta bajo el brazo.
Camisa blanca.
Pantalón oscuro.
La misma cicatriz junto a la barbilla.
Mi café casi se me cayó.
Gael me vio.
Se detuvo.
Solo medio segundo.
Después caminó hasta el escritorio.
—Buenos días. Soy Gael Ferrer y durante este semestre estaré a cargo de Narrativa Persuasiva y Comunicación de Crisis.
Clara giró lentamente hacia mí.
Yo no podía respirar.
Gael abrió la lista de alumnos.
Sus ojos encontraron los míos otra vez.
—Señorita Lozano, espero que anoche haya valido la pena llegar tarde a mi primera clase.
