Capítulo 2 2
—¿Acaba de decir eso delante de toda la clase?
Clara me clavó el codo en las costillas.
Gael ni siquiera pestañeó.
—He dicho que espero que la señorita Lozano considere que su noche justificó llegar tarde —respondió, con una tranquilidad que merecía denuncia administrativa—. Si prefiere interpretar otra cosa, no puedo ayudarla.
Varias personas rieron.
Yo quería morirme.
No de vergüenza.
De homicidio.
—Qué profesional —murmuré.
Clara se inclinó hacia mí.
—Te besaste con tu profesor.
—No sabía que era mi profesor.
—Eso no mejora mi mañana.
—La mía tampoco.
Gael empezó la clase como si la noche anterior no hubiera tenido mi boca contra la suya durante más tiempo del que una persona sensata debería recordar a las nueve de la mañana.
Yo, en cambio, recordaba demasiado.
La mano en mi cintura.
Su boca.
La forma en que me había preguntado si quería volver a verlo.
Fantástico.
Ahora podía verlo tres veces por semana bajo iluminación fluorescente y con PowerPoint.
—La comunicación de crisis —dijo Gael— no consiste en impedir que algo salga mal. Consiste en decidir qué hacer cuando ya salió mal.
Clara volvió a mirarme.
Le di una patada por debajo de la mesa.
—No me mires.
—No estoy diciendo nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara está disfrutando el contenido académico.
Gael levantó la mirada desde el escritorio.
—¿Algún comentario que quiera compartir, señorita Beltrán?
Clara se enderezó.
—Ninguno.
—Excelente.
Sus ojos pasaron hacia mí.
Solo un segundo.
Suficiente para que mi cuerpo recordara cosas que no entraban en el temario.
Aparté la vista.
Cobarde.
La clase duró una hora y veinte minutos.
Yo conté cada minuto.
Cuando terminó, guardé mis cosas a velocidad récord.
—Señorita Lozano.
Me detuve.
Clara hizo una mueca de funeral.
—Te espero afuera.
—No me abandones.
—La tecnología evoluciona.
—Esa frase ya la usaste anoche.
—Funciona.
Desapareció.
Traidora reincidente.
El aula se vació.
Gael cerró la puerta.
No con llave.
Agradecí ese detalle más de lo que quería admitir.
—Antes de que digas nada —empecé—, no sabía quién eras.
—Yo tampoco sabía quién eras tú.
—Perfecto. Entonces estamos de acuerdo.
—No he dicho que hubiera un problema anoche.
Eso me dejó callada.
Gael apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—El problema empieza hoy.
—Porque eres mi profesor.
—Porque voy a evaluarte.
Ahí estaba.
La parte que hacía que todo dejara de ser una anécdota divertida.
—No pasó nada grave.
—Nos besamos.
—Eso no es un delito.
—No.
—Entonces deja de mirarme como si hubiéramos falsificado títulos universitarios.
La comisura de su boca se movió.
—Sigues haciendo bromas cuando estás incómoda.
—Tú sigues observando demasiado.
—Parte de mi trabajo.
—Anoche no era tu trabajo.
Silencio.
Mala idea.
Gael se quedó inmóvil.
Yo también.
—No —dijo finalmente—. Anoche no.
Mi estómago hizo algo poco digno.
—Bien.
—Pero hoy sí.
—También bien.
—Mara.
—Gael.
Su expresión cambió.
—En clase soy profesor Ferrer.
Lo miré.
—Eso va a costarme.
—Haz el esfuerzo.
—¿Y fuera de clase?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Gael bajó la vista a mi boca.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—Fuera de clase sigues siendo mi alumna.
Dolió más de lo razonable.
—Entendido.
Tomé mi mochila.
—No era un rechazo personal.
—Qué alivio. Adoro los rechazos administrativos.
—No estoy rechazándote.
Me giré.
—Eso sonó contradictorio.
—Estoy marcando una línea.
—Las líneas suelen funcionar mejor cuando uno no admite que quiere cruzarlas.
Su mandíbula se tensó.
Punto para mí.
Gael dio un paso.
Luego se detuvo.
Bien.
Muy bien.
Yo necesitaba que siguiera teniendo sentido común porque el mío estaba de vacaciones.
—Anoche me gustaste —dijo.
Se me secó la boca.
—Eso ya lo había deducido.
—Mara.
—Perdón.
—Y tú me gustaste a mí.
—Otra deducción brillante.
Esta vez sonrió.
Breve.
Peligroso.
—No hagas esto difícil.
—No estoy haciendo nada.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Nos quedamos mirándonos.
La distancia entre nosotros era perfectamente correcta.
Mi imaginación no.
Recordé sus dedos en mi espalda.
El beso junto a la pista.
Su respiración cuando me separé.
Tuve que apretar la correa de la mochila.
—Entonces ponemos reglas —dije.
—¿Reglas?
—Sí. Nada de miradas raras.
—Define raras.
—Como esa.
—Estoy mirando normalmente.
—Mentiroso.
—Segunda regla: no me llames mentiroso en clase.
—Eso es censura.
—Eso es supervivencia académica.
—Tercera: no hacemos referencias a anoche.
—De acuerdo.
—Cuarta: no vuelves a avergonzarme delante de cuarenta personas.
Gael soltó una risa.
—Eso fue justo.
—No lo fue.
—Llegaste tarde.
—Seis minutos.
—En mi clase eso cuenta.
—Ya te odio.
—Eso facilitará mucho las cosas.
No quería sonreír.
Sonreí.
Maldito.
Gael recogió unas hojas.
—Hay otra cuestión.
—Claro. Porque todavía no sufro suficiente.
—El programa de alto rendimiento abre convocatoria hoy.
Lo conocía.
Diez estudiantes seleccionados.
Tutorías privadas.
Trabajo con casos reales.
Una recomendación capaz de abrir puertas después de graduarme.
Llevaba meses esperando esa convocatoria.
—Voy a presentarme.
—Lo imaginaba.
—¿Tú lo diriges?
—Temporalmente.
Mi entusiasmo murió.
—Perfecto.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien planeando retirarse.
—Si entras tú en la selección, parece conflicto.
—La profesora Montero participa en todas las decisiones. No puedo seleccionarte solo ni excluirte solo.
—¿Y si entro?
Gael sostuvo mi mirada.
—Entonces tendremos que ser todavía más cuidadosos.
—¿Tutorías?
—Semanales.
—¿A solas?
—Sí.
Mi cerebro eligió recordar la mano en mi cintura.
Otra vez.
—Excelente.
—Mara.
—Estoy siendo académica.
—No parece.
—Tu problema.
Guardó silencio.
Yo caminé hacia la puerta.
—Nos vemos el miércoles, profesor Ferrer.
—Mara.
Volví la cabeza.
Su voz había cambiado.
Más baja.
—¿Qué?
—Una última regla.
—Te escucho.
—Si alguna vez sientes que esto afecta tu trabajo, tu nota o tus oportunidades, vas directamente con la profesora Montero. No conmigo.
La seriedad en su cara me quitó cualquier broma.
—Está bien.
—No quiero que pagues el precio de una noche que ambos elegimos.
Algo dentro de mí cedió.
—No voy a pagarlo.
—Bien.
Abrí la puerta.
Clara estaba apoyada en la pared.
—¿Sobreviviste?
—Más o menos.
Gael salió detrás de mí.
Clara miró de uno a otro y sonrió como una criminal.
—Profesor Ferrer, Mara quería preguntarle algo.
—Clara.
—¿Sí?
—Te voy a matar.
Gael arqueó una ceja.
—¿La pregunta?
Clara se alejó caminando hacia atrás.
—Quería saber si besar al profesor da puntos extra.
Me tapé la cara.
Gael, para mi horror, soltó una carcajada.
—Su amiga es peligrosa.
—Lo sé.
—Nos vemos el miércoles, señorita Lozano.
—Sí, profesor.
Empecé a caminar.
Entonces su voz me alcanzó.
—Y presente la solicitud al programa.
Me giré.
—¿Eso es una orden?
—No. Es porque sería un desperdicio que huyera de algo que merece por miedo a mí.
Apreté la carpeta contra el pecho. Durante meses había imaginado esa convocatoria como una puerta limpia hacia el futuro: prácticas, contactos, una recomendación y quizá el trabajo que necesitaba para dejar de contar euros antes de fin de mes. Renunciar porque el hombre que había besado dirigía el programa sería concederle a una sola noche más poder del que merecía. También sería cobarde. Yo podía soportar tutorías, miradas y silencios. Lo que no sabía era si podría soportar recordar cómo besaba mientras fingía no querer repetirlo.
Lo miré unos segundos.
—No te tengo miedo.
Gael sostuvo mi mirada.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
