Capítulo 3 3

―Entonces deja de mirarme como si fueras a cometer un error conmigo.

Gael seguía en la puerta del aula, carpeta en mano, con esa calma irritante que parecía diseñada para hacerme perder la paciencia.

―No te estoy mirando así.

―Mentira.

―Segunda vez que me llamas mentiroso en menos de una hora.

―Estoy creando consistencia.

Clara soltó una carcajada a mi lado.

―Voy a fingir que no estoy aquí.

―Hazlo mejor ―murmuré.

Gael negó con la cabeza y se alejó por el pasillo.

Yo lo seguí con la mirada.

Error.

La camisa blanca le quedaba demasiado bien.

Clara esperó exactamente tres segundos.

―Te lo quieres comer.

―Quiero aprobar.

―Las dos cosas pueden coexistir.

―No en este caso.

―Eso suena a reto.

―Eso suena a reglamento universitario.

Bajamos las escaleras.

Mi teléfono vibró con la convocatoria del programa de alto rendimiento.

Abrí el correo.

Diez plazas.

Proyecto final con una consultora real.

Tutorías semanales.

Recomendación profesional.

Entrevista frente a un comité.

Y Gael Ferrer como director temporal.

Perfecto.

El universo no era sutil.

―Vas a presentarte ―dijo Clara.

―Sí.

―Bien.

―No pongas esa cara.

―¿Qué cara?

―La de “por fin mi amiga va a sufrir de una manera entretenida”.

―No es mi culpa que tu tragedia tenga buena química.

Le enseñé el dedo medio.

Ella sonrió.

Pasé la tarde preparando la solicitud.

No pensaba permitir que un beso decidiera mi futuro.

Aunque el beso hubiera sido excelente.

Demasiado excelente.

A las siete envié el formulario.

A las siete y dos recibí respuesta automática.

A las siete y cuatro, otra notificación.

“Entrevista preliminar asignada: jueves, 16:30. Evaluadores: profesora Julia Montero y profesor Gael Ferrer.”

Me dejé caer sobre el sofá.

―No.

Clara salió de la cocina con una cuchara en la boca.

―¿Qué pasó?

Le mostré la pantalla.

Leyó.

Sonrió.

―El destino quiere contenido.

―El destino necesita hobbies.

El jueves llegué quince minutos antes.

No iba a darle a Gael el placer de volver a mencionar mi puntualidad.

La profesora Montero estaba sentada al centro de una mesa larga.

Gael a su derecha.

Y Bruno Casares a mi izquierda, esperando su turno.

Bruno era uno de esos hombres que podían sonreír mientras convertían cualquier conversación en competencia.

―Lozano.

―Casares.

―¿También vas por la plaza?

―No. Vine a vender empanadas.

―Sigues siendo encantadora.

―Sigo practicando.

Gael levantó la mirada desde unos documentos.

Sus ojos fueron de Bruno a mí.

Después a la distancia demasiado corta entre nuestras sillas.

Interesante.

―Señor Casares ―dijo―, su entrevista es después de la señorita Lozano.

Bruno sonrió.

―Puedo esperar aquí.

―Preferiría que lo hiciera fuera.

El tono era profesional.

Su mandíbula no.

Bruno se levantó.

―Suerte, Mara.

―Gracias.

Me guiñó un ojo antes de salir.

Gael bajó la vista a sus papeles.

La profesora Montero habló primero.

―Mara, tu expediente es excelente. Quiero saber qué harías con una plaza aquí.

Respiré.

Eso sí sabía responder.

―Quiero trabajar con crisis reales, no con simulaciones limpias. Quiero aprender a tomar decisiones cuando no existe una respuesta perfecta.

Gael me miró.

―¿Y qué haces cuando la decisión correcta te perjudica personalmente?

La pregunta tenía demasiadas capas.

―La tomo de todos modos.

―Eso es fácil de decir.

―Por eso quiero demostrarlo.

Montero sonrió apenas.

―Bien.

La entrevista duró veinte minutos.

Gael no me facilitó nada.

Preguntó por mis puntos débiles, errores anteriores, decisiones éticas y un proyecto de segundo año que yo esperaba que nadie recordara.

Lo odié.

También me gustó que no me tratara distinto.

Cuando terminamos, Montero recogió mis documentos.

―Tendrás respuesta mañana.

Me levanté.

―Gracias.

Gael también se puso de pie.

―Señorita Lozano, un momento.

Montero salió.

Yo crucé los brazos.

―¿Qué hice ahora?

―Nada.

―Eso nunca anuncia algo bueno.

―Quería decirte que estuviste bien.

Parpadeé.

―¿Eso cuenta como elogio académico?

―No abuses.

―Lo voy a enmarcar.

La puerta se abrió.

Bruno asomó la cabeza.

―¿Puedo pasar?

―En un minuto ―respondió Gael.

Bruno me miró.

―¿Café después?

Abrí la boca.

Gael respondió primero.

―La señorita Lozano tiene clase en veinte minutos.

Lo miré.

―Sé gestionar mi horario.

Silencio.

Bruno levantó ambas manos.

―Pregunto después.

Desapareció.

Me giré hacia Gael.

―Eso fueron celos.

―Eso fue logística.

―Con mandíbula apretada.

―Mara.

―Profesor Ferrer.

Dio un paso hacia mí.

No demasiado.

Suficiente.

―No confundas límites con indiferencia.

Mi estómago se contrajo.

―Entonces admítelo.

―¿Qué?

―Que te molestó.

―No tengo derecho a que me moleste.

―No pregunté eso.

Su mirada bajó a mi boca.

Otra vez.

―Sí.

La palabra fue baja.

―Sí qué.

―Me molestó.

El aire cambió.

No sonreí.

Él tampoco.

―Eso complica las reglas ―murmuré.

―Las reglas existen precisamente porque esto es complicado.

―Qué práctico.

―Qué necesario.

Me acerqué un paso.

No para tocarlo.

Solo para probar algo.

Gael no retrocedió.

―¿Y si entro al programa?

―Seré todavía más estricto contigo.

―Suena personal.

―Será lo contrario.

―¿Y las tutorías?

―Puerta abierta.

―¿Siempre?

―Siempre.

―Qué decepción.

Sus ojos se oscurecieron.

―No juegues con eso.

―¿Con qué?

―Con la idea de que no quiero cerrar esa puerta.

Mi respiración se frenó.

Por primera vez desde que lo conocí, Gael parecía menos profesor y más el hombre del bar.

El que me había sujetado la cintura.

El que me había besado como si tuviera tiempo.

Retrocedí.

―Bien.

Él exhaló despacio.

―Bien.

Salí antes de perder el sentido común.

Clara me esperaba en el patio.

―¿Cómo fue?

―Profesional.

―Tu cara dice ilegal.

―Mi cara necesita vacaciones.

El viernes recibí el correo.

“Seleccionada.”

Durante unos segundos olvidé por completo a Gael. Aquella plaza era mía porque había trabajado por ella, y necesitaba recordarlo antes de entrar en pánico.

Grité.

Clara gritó más.

Saltamos en la cocina como idiotas.

Después llegó un segundo mensaje.

Del programa.

“Primera tutoría individual: lunes, 18:00. Profesor asignado: Gael Ferrer.”

Dejé de saltar.

Clara leyó sobre mi hombro.

―Puerta abierta.

―Cállate.

El lunes llegué a las seis exactas.

La puerta de su despacho estaba abierta.

Gael trabajaba sin chaqueta, mangas recogidas.

Entré.

―Puntual.

―Estoy creciendo.

―Siéntate.

Lo hice.

Sobre la mesa había mi proyecto.

Lleno de anotaciones.

―¿Lo destrozaste?

―Lo mejoré.

―Tu ego debería tributar.

―Tu introducción es buena. El final es cobarde.

―¿Perdón?

―Evitas tomar postura.

Me incliné sobre el documento.

―No evito nada.

Gael señaló una línea.

―Aquí.

Me acerqué más.

Nuestros hombros se rozaron.

Ninguno se movió.

Él olía igual que aquella noche.

Jabón.

Café.

Un problema.

―Mara.

―Estoy leyendo.

―Estás demasiado cerca.

―La letra es pequeña.

―La imprimiste tú.

―Detalles.

Giré la cabeza.

Su rostro estaba a centímetros.

El despacho quedó demasiado silencioso.

Gael levantó una mano.

Por un segundo pensé que iba a tocarme.

La dejó caer.

―Esto no puede pasar.

―No está pasando.

―Eso es lo peor.

Me incorporé.

―Entonces termina la tutoría.

―No.

―¿Por qué?

Su mirada se quedó en mí.

―Porque eres demasiado buena para que yo sea la razón por la que pierdas esta oportunidad.

Cogí mi mochila.

―Y tú eres demasiado arrogante si crees que puedes ser la razón de todo.

Llegué a la puerta.

Su voz me detuvo.

―Mara.

Me giré.

Gael estaba de pie.

Serio.

Demasiado cerca de admitir algo.

―¿Qué?

―El problema no es que quiera besarte otra vez.

Tragué saliva.

―¿Entonces cuál?

Sus ojos se clavaron en los míos.

―Que cada día encuentro una razón nueva para querer hacerlo.

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