Capítulo 4 4

—¿Cada día encuentras una razón nueva para querer besarme?

Gael sostuvo mi mirada.

—Sí.

—Eso es una respuesta pésima para un profesor.

—También es una respuesta honesta.

—La honestidad está sobrevalorada.

—Hace dos minutos me acusaste de esconder demasiado.

—Puedo ser incoherente cuando me conviene.

Su boca se curvó.

Yo seguía junto a la puerta del despacho, con la mochila colgada de un hombro y una cantidad irresponsable de electricidad recorriéndome el cuerpo.

—Mara, vete.

—Qué romántico.

—Antes de que olvide por qué debería pedirte que lo hagas.

Eso borró mi sonrisa.

—No voy a besarte.

—No he dicho que fueras tú quien me preocupa.

Lo miré un segundo más.

Después salí.

Clara me esperaba abajo con dos cafés y una expresión obscenamente feliz.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Tu cara parece haber recibido una propuesta indecente.

—Mi cara está cansada.

—Tu cara necesita agua fría.

Le quité un café.

—Gael dijo que encuentra razones nuevas para besarme.

Clara dejó de caminar.

—¿Perdón?

—No grites.

—Estoy procesando en mayúsculas.

—Procesa bajito.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que la honestidad está sobrevalorada.

Clara me miró con decepción.

—A veces pienso que una beca no garantiza inteligencia.

Le di un golpe con el hombro.

El martes conseguí evitar a Gael.

El miércoles no.

Entró al aula con una carpeta bajo el brazo y la misma camisa negra del bar.

Traición textil.

Me obligué a mirar la pantalla.

—Hoy trabajaremos en parejas —anunció.

Bruno se sentó a mi lado antes de que Gael terminara la frase.

—Hola, compañera.

—Qué eficiente.

—Quiero ganar.

—No sabía que esto era una competencia.

—Todo es competencia si eres suficientemente insoportable.

—Por fin tenemos algo en común.

Gael recorrió el aula distribuyendo casos.

Cuando llegó a nuestra mesa, dejó una carpeta frente a nosotros.

—Crisis reputacional de una marca deportiva.

Bruno abrió el documento.

—¿Tenemos veinte minutos?

—Treinta.

—Perfecto.

Gael miró mi cuaderno.

—Señorita Lozano, intente no hacer todo el trabajo.

—¿Eso fue un cumplido?

—Fue una advertencia.

Bruno sonrió.

—Yo también puedo ser útil.

—Entonces demuéstrelo, señor Casares.

Gael se alejó.

Bruno se inclinó hacia mí.

—Le caes bien.

—No.

—Te mira distinto.

Mi bolígrafo se detuvo.

—Te estás inventando novelas.

—Es mi hobby.

—Busca otro.

Trabajamos rápido.

Bruno era bueno, aunque jamás se lo habría dicho con demasiada emoción. Cuando presentamos, Gael hizo tres preguntas difíciles. Contestamos las tres.

—Bien —dijo al final.

Bruno levantó una ceja.

—¿Solo bien?

—¿Quiere una medalla?

—Con cinta azul.

La clase rio.

Yo también.

Gael no.

Sus ojos estaban sobre Bruno, que había apoyado casualmente una mano detrás de mi silla.

Interesante.

Después de clase, Bruno caminó conmigo hacia la salida.

—¿Café?

—Tengo trabajo.

—Mañana.

—Tengo vida.

—Eso suena inventado.

—Un poco.

—Entonces viernes.

—Tal vez.

—Acepto tal vez.

Antes de irse, me besó en la mejilla.

Un gesto simple.

Inocente.

Y perfectamente visible desde el extremo del pasillo.

Gael estaba allí.

Con Julia Montero.

Mirándonos.

No hice nada.

Él tampoco.

Eso fue peor.

Por la tarde recibí un mensaje del programa.

“Tutoría reprogramada. Jueves, 17:30.”

Suspiré.

Clara leyó la pantalla.

—El destino insiste.

—Voy a denunciarlo.

—¿A quién?

—A recursos humanos del universo.

El jueves llegué cinco minutos antes.

La puerta del despacho de Gael estaba abierta.

Esta vez había otra silla colocada más lejos del escritorio.

Me detuve.

—¿Eso es nuevo?

—Sí.

—¿Me estás poniendo zona de seguridad?

—Estoy siendo prudente.

—Parece que esperas que salte sobre ti.

Gael levantó la vista.

—No hagas bromas con eso.

—¿Por qué?

—Porque llevo todo el día intentando no pensar en esa posibilidad.

Mi respiración falló.

—Profesor Ferrer.

—Siéntate, Mara.

Obedecí.

Mala señal.

Revisamos mi proyecto durante veinte minutos.

Todo fue correcto.

Frío.

Profesional.

Y mucho más difícil que coquetear.

Finalmente cerré la carpeta.

—Estás raro.

—Estoy trabajando.

—Trabajabas el lunes y no parecías condenado a muerte.

—El lunes cometí varios errores.

—¿Decirme que querías besarme fue uno?

Gael guardó silencio.

—Responde.

—Sí.

Algo en mi pecho se hundió.

—Entendido.

Me levanté.

—No dije que fuera mentira.

—No importa.

—Claro que importa.

—¿Entonces qué quieres que haga con esa información? ¿Que me siente aquí cada semana fingiendo que no sé que me deseas?

Su mandíbula se tensó.

—Quiero que sigas siendo brillante y que yo consiga hacer mi trabajo.

—Eso suena fácil cuando lo dices tú.

—No lo es.

—Entonces deja de actuar como si yo fuera el problema.

Gael se puso de pie.

—Nunca dije eso.

—No necesitas decirlo.

—Mara.

—¿Qué?

Se acercó hasta detenerse a una distancia segura.

O supuestamente segura.

—El problema soy yo.

—Eso ya lo sabía.

Casi sonrió.

—Muy graciosa.

—Estoy molesta.

—También lo sé.

—¿Por Bruno?

Gael se quedó inmóvil.

Acierto.

—No voy a hablar de otro alumno contigo.

—Eso es un sí con corbata.

—No llevo corbata.

—Peor. Es un sí con antebrazos.

Gael miró sus mangas remangadas.

—¿Antebrazos?

—Olvídalo.

Me tapé la cara un segundo.

Él rio.

—Ahora entiendo algunas miradas.

—Cállate.

—No.

—Te odio.

—Eso facilitaría todo.

Bajé las manos.

Gael estaba sonriendo de verdad.

Y ahí estaba el hombre del bar otra vez.

No el profesor.

Gael.

El que me había pedido mi número.

El que no quería que aquella noche terminara.

—Bruno me invitó a tomar café —dije.

La sonrisa desapareció.

—No necesito saberlo.

—Pero quieres.

—No.

—Mentiroso.

—Mara.

—Voy a ir.

—Bien.

—No parece bien.

—No tengo derecho a que no me guste.

—Otra vez con los derechos.

Gael dio un paso atrás.

—Precisamente.

Recogí mi mochila.

—Entonces nos vemos la próxima semana.

—Mara.

—¿Qué?

—No faltes a la presentación del viernes.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Llegué a la puerta.

—Y una cosa más.

Me giré.

Gael apoyó ambas manos sobre el escritorio.

Su expresión ya no tenía humor.

—Si sales con Bruno, hazlo porque te interesa él.

—¿Y si lo hago para olvidarte?

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces no funcionará.

—Qué seguro estás.

—Sí.

—¿Por qué?

Gael sostuvo mi mirada.

—Porque yo ya llevo semanas intentando olvidarte y cada vez te quiero más cerca.

Me quedé quieta.

Había respuestas inteligentes.

Ninguna apareció.

—Eso tampoco deberías decirme.

—Lo sé.

—Y sigues haciéndolo.

—También.

Apreté la mochila.

—Eres pésimo siguiendo tus reglas.

—Por eso necesito que tú sigas las tuyas.

—Qué conveniente.

—Qué necesario.

Me acerqué. Levantó la cabeza.

—No voy a salir con Bruno para olvidarte.

Gael exhaló despacio.

—Bien.

—Pero tampoco esperaré cuatro meses viendo cómo finges que no pasa nada.

—No te estoy pidiendo que esperes.

—Entonces ¿qué me estás pidiendo?

Su silencio duró demasiado.

—Que no conviertas esto en algo que pueda perjudicarte.

—Siempre decides desde el miedo.

—Desde la experiencia.

—No es lo mismo.

Gael rodeó el escritorio, pero se detuvo antes de acercarse.

—No conoces mi experiencia.

—Porque no me cuentas nada.

Eso le dolió.

Lo vi.

La tensión desapareció un instante y dejó algo más cansado.

—Algún día.

—Odio esa respuesta.

—Es la única que tengo.

Asentí.

Abrí la puerta.

—Buenas noches, profesor Ferrer.

—Buenas noches, señorita Lozano.

Di un paso al pasillo.

—Mara.

Volví la cabeza.

Gael seguía junto al escritorio.

—¿Qué?

—No te estoy pidiendo que me esperes.

—Ya lo dijiste.

—Te estoy pidiendo que no me hagas verte con otro mientras todavía tengo que fingir que no quiero ser yo quien te bese.

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