Capítulo 3:

Amanda Hank:

La semana pasa con normalidad.

Y mi mente sigue inclinada en ese recuerdo de mi jefe pensando en mí.

Tengo miedo de llegar a la empresa y que los recuerdos me consuman, no puedo olvidar quién es él.

Él es mi jefe. Debo respetarlo y fingir que esto no sucedió.

Nada pasó. Él nunca se masturbó frente a mí y yo no lo vi.

Suspiro y llego a mi escritorio.

Dejo caer mi bolso y justo entonces veo la puerta de su oficina abrirse.

Inconscientemente, ignoro eso y me dirijo directamente al baño.

Dios, Amanda, ¿no te cansas de hacer cosas estúpidas?

Me revuelvo en el baño, tratando de recuperar el aliento. Mis nervios me están matando. ¿Cómo voy a lidiar con esto?

Después de cinco minutos, salgo del baño y regreso a mi estación de trabajo.

No veo a John por ningún lado, lo cual me alivia para empezar a trabajar.

Las horas pasan y tengo que tomar un descanso para tomar un café.

Justo cuando regresaba a mi estación, recibí una llamada desde la oficina de John.

Respiro hondo antes de atender.

—¿Sí, señor?

—Señorita, ¿puede traer dos cafés? Estoy con un amigo invitado —preguntó dulcemente. Muy diferente de esa llamada de hace unos días.

—Inmediatamente, señor.

En menos de cinco minutos y con el café en la mano, me dirigí a su oficina.

Doy unos golpes en la puerta y cuando me lo permiten, paso.

Y cuando veo al invitado del Sr. Smith, mi mundo se detiene y quiero borrarme de la existencia.

—Oh, mi niña. ¿Eres la secretaria de John? —dice mi padre dulcemente. Se levantó de su asiento.

¿Son amigos mi padre y John? ¿Vi al amigo de mi padre masturbándose para mí?

Amanda, estás en serios problemas.

Miro la cara de John y me doy cuenta de lo guapo que se ve confundido.

—Papá, ¿qué haces aquí? —A paso lento, dejo el café en un escritorio.

Y le di uno a mi padre.

—¿Papá? ¿Eres el padre de Amanda, Louis?

—Vamos, John, no actúes como si no la conocieras. Le diste su primera muñeca cuando tenía dos años. ¿No recuerdas a mi pequeña? —dice mi padre después de rodar los ojos.

John ajusta su corbata y asiente.

—¿Qué te puedo decir, amigo? Los años fuera del país me hicieron olvidarla —confiesa John. Y me mira sonriendo—. Es un placer verte de nuevo, pequeña.

¿Fue eso un doble sentido? Tal vez estoy muy nerviosa y malinterpreto todo.

—Veo que trabajan juntos. Es muy bonita —mi padre deja el café a un lado—. Una razón más para celebrar.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir, papá?

—Acabo de invitar a John a mi cena de cumpleaños. Es como parte de la familia. No pude evitarlo. No lo he visto en mucho tiempo —admite con una sonrisa—. John es como un hermano para mí.

¿Sabes lo horrible que sería decirle a mi padre que mi jefe, su amigo casi hermano, se masturbó frente a su pequeña? Sería la peor decepción.

Prácticamente una traición.

No puedo hacerle esto a mi padre.

—Es un honor, Louis. No me perdonaría fallarte —dice John después de arreglarse la corbata y tragar en seco—. Por supuesto, iré a la cena. Iré con gusto.

Espera un momento, ¿John está nervioso?

—Bueno, hice lo que tenía que hacer, ahora es momento de ir a ver a mi doctor.

—Suerte, papá. Todo saldrá bien.

—Claro, mi amor —me besa en la frente—. Adiós, John. Nos vemos en la noche.

Ambos se despiden y mi padre sale de la oficina.

Volviendo a mi realidad, quiero escapar también, pero John me detiene.

—¿A dónde crees que vas, Amanda? —pregunta John.

Me giro sobre mi eje. Y ahí está él. Mirándome como si no tuviera escapatoria.

—A mi trabajo, señor —digo fingiendo demencia—. ¿O necesita algo?

Asiente. Espero su orden cuando lo veo caminar lentamente hacia mí.

Se detiene a unos centímetros de mí. Mi respiración se entrecorta.

Una de sus manos se detiene en mi mejilla y nuevamente siento esa exquisita corriente eléctrica.

¿Por qué algo que todos sabemos que está prohibido se siente tan bien?

—Te necesito, Amanda —admite.

Me quedo boquiabierta.

—¿Señor...?

—Hoy sé que desearte tanto está mal —dice—. Eres la hija de mi amigo y mi secretaria, pero no puedo evitarlo. Quiero que seas mía, Amanda.

Mi mundo se detiene. Las palabras son imposibles de formular y apenas respiro.

—Cariño, quiero follar contigo. Es todo lo que quiero —dice cuando no me ve hablar—. ¿No quieres lo mismo?

Trago saliva.

¿Por qué negarlo?

Este hombre provoca tantas reacciones en mí. Que son tan nuevas y emocionantes que me asustan.

Soy virgen.

Ningún hombre me ha tocado. Ni besado.

Nunca fue algo que quisiera. Tampoco una meta.

Pero, ¿por qué es lo contrario con John?

—Sí, señor... —digo inconscientemente.

Aunque conscientemente, sé que me estoy metiendo en la boca del lobo.

—Bueno, tenemos cosas en común, Amanda —dice.

—Pero... —quiero decir algo, pero él me interrumpe.

—Shhh, nada de tonterías, señorita —dice—. Tengo un trato para ti.

—¿Trato?

—Quiero follarte, Amanda. Y quiero que sea a mi manera.

Asiento algo confundida.

—¿Cuál es el trato, señor?

—Seré tu amo y tú mi sumisa. Es simple. Estarás a mi disposición después de aceptar. Y tendré el derecho de follarte cuando y donde quiera.

Creo que está empezando a hacer calor aquí.

—No sé qué decir... esto es demasiado para mí, señor —digo honestamente.

—Relájate, no tienes que aceptarlo ahora. Te doy tiempo hasta después de la cena de tu padre. Hasta entonces, puedes aclarar lo que quieres y decirme si aceptas o no.

Asiento muy consternada.

—¿Perderé mi trabajo si acepto su propuesta, señor?

Él niega.

—No puedo permitirme dejarte ir, querida —admite—. Piénsalo. Tu día ha terminado. Puedes retirarte a descansar, Amanda.

Asiento y vuelvo a respirar. Él regresa a su silla y siento que la tensión deja de ser tan pesada.

Me doy la vuelta lista para irme. Pero su voz me detiene, aunque no me digno a mirar.

—Piénsalo, Amanda. Mis deseos más oscuros están en tus manos, tú decides si los liberas o me haces sufrir.

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