Capítulo 4 Capítulo 1
Sofi se encuentra en su apartamento, en pijamas y pantuflas de Jack, hurgando en el refrigerador qué poder comer sin tener que cocinar.
—Genial, olvidé hacer las compras.
Lo único que le queda en el refrigerador, es un tupper con fideos ΄tirabuzones΄ para calentar en el microondas. Mientras los fideos se calientan, toma una cerveza y el kétchup; cuando su almuerzo ya está listo, se acomoda en la sala, desplomándose en el sofá frente al televisor para comenzar con una maratón de “Vampire Diaries” «su serie favorita».
Llega a darle el primer bocado a sus tirabuzones cuando suena el timbre, le extraña que eso pase, ya que mayormente el que la visita es Tony y este tiene llave. Se dirige al portero eléctrico y levanta el tubo.
—Diga —Atiende el interlocutor.
—¿Sofi? —Escucha al otro lado de la línea, pero no llega a darse cuenta de quién se trata; solo que es un hombre.
—¿Quién es?
—Ian —Sofi se olvida de respirar—. ¿Sofi, estás ahí? —Vuelve a hablar, ya que la joven se quedó muda.
—Sí…sí, aquí estoy —titubea.
—¿Puedo subir?
Ella toma una profunda respiración antes de apretar el botón para abrir la puerta exterior.
—Sube —Por un momento se limita a mirar el interlocutor; se olvida del tiempo, de dónde está; se pierde en sus pensamientos hasta que el timbre de la puerta suena. Vuelve en sí y sale corriendo hacia la puerta. En su carrera se lleva por delante un mueble, causando con esto que se golpee el dedo chiquito del pie—. Genial, los tipos en las películas reciben diez balazos y siguen caminando, yo me golpeo el dedo chiquito del pie y no camino más —masculla y maldice conforme se acerca a la puerta.
Al llegar, apoya la mano en el pomo y vacila antes de abrirla.
—Hola —saluda Ian con una gran sonrisa.
—Hola —murmura Sofi.
—¿Puedo pasar? —indaga, al ver que la joven no hace ninguna clase de movimiento.
—Pasa —Reacciona haciéndose a un lado.
Cierra la puerta y antes de girar vuelve a tomar aire, sacude su cabeza para despejarse y camina hacia él pasándolo en dirección a la sala donde estaba antes, sabiendo que Ian la seguirá.
—¿Qué hacías? —curiosea, observando el televisor y la comida en la mesita de café.
—Yo… —balbucea—…almorzar —alcanza a decir.
«Genial, ahora parezco Tarzán como hablo, (yo, almorzar) concéntrate, Sofi» piensa sonrojada.
—¿Macarrones? —pregunta sonriendo y señalando el tupper donde está la comida.
Ella lo mira y se insulta mentalmente por no haberlo puesto en un plato como una persona decente.
—Tirabuzones —dice—. Bueno, sí, o macarrones, como quieras llamarlo, es lo mismo.
«Bien, ahora hablo de más y atropellando las palabras» sigue cavilando.
—¿Y qué se supone que es eso rojo? —indaga el rubio entrecerrando los ojos.
—Kétchup —Ian eleva una ceja—. Como tirabuzones con kétchup.
—Eso es raro.
—¿Alguna vez lo probaste? —cuestiona ya que no le gusta que se metan con sus gustos culinarios.
—No —niega haciendo una mueca extraña.
—Prueba —insta ella tendiéndole los fideos.
—No me gusta —se niega él.
—¿Y cómo sabes que no te gusta si nunca lo has probado? —Es en esas situaciones, las cuales se estaba enfadando «o ya lo está», cuando no le da miedo hablar, en donde habla sin pensar y a veces de más.
—No, pero sé que no me va a gustar —expresa con terquedad.
—Tonterías; prueba —insiste ella.
—Bien —El joven suspira y abre la boca para aceptar el bocado que le tiende Sofi.
El rubio mastica y degusta conforme ella lo observa impaciente.
—¿Y?
—Está bueno —dice, haciéndose del tenedor y tupper para luego meterse otro generoso bocado.
Sofi lo mira satisfecha y camina hacia la cocina para tomar otra cerveza.
—¿Cómo sabías dónde vivo? —pregunta al volver con la bebida.
—Soy poli —contesta sonriendo.
Ella le tiende la cerveza y él le devuelve sus “macarrones con kétchup.
—No sé si me gusta eso —expresa con un poco de inseguridad y quizás miedo por lo que pueda llegar a saber de ella.
—Entiendo —murmura el rubio y la observa un segundo—. Solo busqué tu dirección, lo juro.
—Está bien, te creo —Sube las piernas al sofá imitando a un indio—. ¿Y…qué te trajo hasta aquí?
—Ah, sí… Te olvidaste la bolsita —Ella no entiende de lo que habla. «Acaso piensa que me drogo» piensa incrédula. Ian se da cuenta de su confusión y saca del bolsillo delantero del pantalón una bolsita que después le tiende—. La bolsita de los globos; te la olvidaste —Sofi la acepta, todavía confundida. No podía ser que solo estuviera en su casa por una bolsita de globos.
—¿Gracias? —Es consciente que eso sonó a más como una pregunta que como un agradecimiento, pero seguía sin comprender. Ian le sonríe y asiente —¿Viniste hasta aquí solo por la bolsita? —Al terminar su pregunta, se da cuenta de que habló sin pensar «otra vez» y desea golpearse de nuevo el dedo chiquito del pie con el mueble entrometido.
Ian abre la boca para contestar, pero es interrumpido por su celular. Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y lo saca curioseando la pantalla para ver quién era el inoportuno que interrumpía, suelta un bufido casi inaudible cuando descubre que es su jefe quien molestaba en ese momento.
—Sé que cuando no estoy me extrañan, pero lo podrían disimular un poco, no me enfadaría que lo hicieran —fue su manera de atender el llamado.
—Nada de eso, Russel; te necesito aquí, lo más rápido que vaya ese monstruo que manejas —le informa su jefe.
—Hoy es mi día libre —suelta, molesto por tener que salir antes de lo planeado de la casa de Sofi.
—Los asesinos no se toman días libres, Russel.
—Bien —deja salir un suspiro cansino—; en veinte estoy ahí, Esposito.
—Ok; y si ves a Medina, hazle saber que lo quiero aquí también y que por una puta vez se digne a atender el jodido teléfono —vocifera.
—¿Y por qué piensas que yo lo voy a ver antes o me va a atender el maldito teléfono?
—Porque los dos andan de cacería juntos, por eso. Solo avísale que lo quiero aquí —sentencia.
—Como diga, jefe —sisea antes de cortar la llamada. Mira por unos segundos a Sofi, escudriñándola con sus ojos azules como el zafiro y maldiciendo por dentro a todos los que se dignan joderle el día—. Tengo que irme —dice al fin.
—Oh, está bien. Te acompaño a la puerta —suelta algo desilusionada.
Casi, al mismo tiempo, ambos se levantan del sofá para luego caminar hacia la puerta; cuando él la cruza, se queda un instante viéndola, logrando así ponerla un poco nerviosa.
—Nos vemos, Sofi —esboza el rubio con una sonrisa traviesa.
Con la mirada le pedía disculpas por tener que dejarla y hacía que ese “nos vemos” sonara como si fuese una especie de propuesta pervertida.
—Nos vemos —atina a responder.
Ian se gira y enfila hacia el ascensor conforme ella cierra la puerta en donde apoya su espalda, una pequeña sonrisa comienza a florecer en sus labios. De pronto, escucha un golpe en la puerta y se sobresalta; la abre sin mirar quién toca llevándose una sorpresa.
