Capítulo 5 Capítulo 2
El rubio estaba del otro lado observándola con una mirada extraña; con una mano la toma de la nuca y, sin previo aviso, le estampa un beso en la boca. Por un segundo, Sofi no lo acepta, pero luego se hace de ese beso. Con su otra mano, Ian la agarra de la cintura atrayéndola más a sí, pegando sus cuerpos, intensificando aquel beso. Cuando el aire comienza a faltar, se separa unos centímetros, la mira a los ojos y le regala una divertida media sonrisa.
—La propina por traer los globos —esboza casi sobre su boca.
Le regala un casto toque en los labios y la suelta, dejándola mareada e inestable por el beso y la sorpresa. Ian desaparece en el ascensor y ella todavía no entendía que había pasado. Cuando recobra la cordura, entra a su apartamento y cierra la puerta tras ella, recargando su espalda de nuevo en esta.
—¿Qué mierda acaba de pasar? —murmura desconcertada.
Su corazón iba a mil por horas y no tenía intenciones de bajar un par de revoluciones, ni por asomo.
El joven sale del edificio, yendo directo a su camioneta en donde sube con el corazón acelerado y sin entender por qué deseaba tanto volver y continuar con ese beso.
—Mi primo va a matarme y Lina me va a cortar las pelotas y usarlas como llavero —masculla, una vez dentro del vehículo. Luego de hacerlo arrancar, pone música a toda pastilla, “Psycho” de Muse se abre paso para así no tener que escuchar sus pensamientos, ni buenos ni malos; no quería darle vueltas a un simple beso, ni al verdadero motivo del por qué fue hasta allí—. Fui por los putos globos, simplemente eso —se repite a sí mismo una y otra vez, era más que obvio que la música no estaba ayudando.
—Aquí llegó el más codiciado de los policías —exclama haciendo una alabanza en cuanto llega a la jefatura.
—No entiendo por qué te siguen mintiendo de esa manera tan cruel —se burla uno de sus compañeros.
—Es igual cuando tu madre te dice que eres guapo, López.
—Guarden las uñas, gatitas, hay trabajo —interviene Esposito, su jefe conforme se acerca a ellos—. Russel, a residuos —ordena.
—Sí, jefe —masculla.
—¿Y Medina? —indaga Esposito.
—Acá está por quien lloraban, chiquitas —habla Gaby haciendo una de sus entradas.
—La princesita se dignó a llegar —farfulla el jefe—. Medina, mueve el culo, ve con Russel a residuos —Ambos asienten y acatan la orden.
—¿Dónde estabas? —interroga Ian.
—Yo podría preguntar lo mismo —esquiva el morocho con intensión.
No tenía intenciones de decirle que venía de un hotel y que acababa de estar con una chica que conoció la noche anterior en un bar. Él no las llevaba a su casa y no las llevaba a su cama, siempre las llevaba a un hotel; ninguna mujer de paso iba a su casa, nadie dormía en su cama, salvo Lina y Sole, pero ellas son como sus hermanas, son familia para Gaby.
—Yo estaba en mi casa, Medina.
—Que raro.
—¿Qué cosa? —pregunta Ian confundido.
—Es que tu camioneta estaba en la Avenida Del Libertador y tú en tu casa —Lo mira con una media sonrisa—. Debes vigilar esa cosa porque tiene mala actitud, Russel —dice haciendo referencia a la camioneta, antes de volver a tomar el camino.
Él, todos los días antes de ir al trabajo pasa por esa calle para comprar el café en su tienda favorita, por ende, pasa por el apartamento de Sofi.
—No sé de qué hablas —miente el rubio.
—Mira, te preguntaría qué hacías en el apartamento de Sofi, pero eso ya lo sé —manifiesta el morocho como quien no quiere la cosa.
—Solo fui a llevarle unos globos —masculla el aludido.
Esa declaración provoca que Gaby se detenga con brusquedad y lo mire curioso.
—¿Globos? —repite extrañado y sin creer nada en absoluto.
—Sí —Suspira—. Se olvidó una bolsita de globos en la boda y se la alcancé, solo fue eso; se la di y salí de allí —En parte era verdad y en parte era mentira, ya que omitió el beso y que había estado un poco más de la cuenta en su casa y se hubiera quedado, si no lo hubiese llamado su jefe.
