Capítulo 2 El precio del uniforme

Un mes antes en el cuarto de interrogatorios del distrito 12 el aire siempre se sentía pesado, como si las paredes hubieran absorbido las confesiones de cientos de criminales. Pero hoy, yo no era la que interrogaba. Estaba sentada al otro lado de la mesa de metal, bajo la mirada escrutadora del Comisario Lawson, un hombre cuya presencia llenaba la habitación más de lo que sus medallas permitían.

—¿Estás segura de esto, Miller? —preguntó el Comisario, lanzando un grueso expediente sobre la mesa. El nombre Rinaldi estaba escrito en letras rojas en la portada—. Antonio Rinaldi es una hidra. Cortas una cabeza y salen dos más. No queremos un cadáver en el río, queremos pruebas que aguanten diez años de juicio.

—He estudiado su organigrama durante meses, señor —respondí, manteniendo mis manos quietas sobre mi regazo—. Rinaldi no confía en nadie que no le reporte beneficios inmediatos. Necesita a alguien que entienda de números, alguien que pueda maquillar su contabilidad sin hacer preguntas. Yo soy esa persona.

—No eres "esa persona", Emily —intervino una voz desde la esquina. Era Lester, apoyado contra la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido—. Eres una policía de calle con una razón personal. Si él detecta esa chispa de odio en tus ojos, te hará desaparecer con un chasquido.

Me puse de pie, sintiendo cómo la silla raspaba el suelo con un chirrido agudo.

—Mi hermano no murió por un error de cálculo, Lester. Murió porque la policía no tenía ni idea de quién movía los hilos. Si tengo que usar mi pasado como combustible para enterrar a este tipo, lo haré. Sé separar el deber de la emoción.

—¿De verdad? —El Comisario soltó una carcajada seca—. El amor fraternal es una emoción poderosa, Miller. Más que el miedo. Si Rinaldi toca esa fibra, tu profesionalismo se irá por la ventana.

Lester se acercó, caminando despacio, y puso una mano en mi hombro. Su agarre era firme, fraternal, pero sus ojos estaban cargados de una advertencia que me obligó a tragar saliva.

—Emily, mírame —dijo, obligándome a sostener su mirada—. Elena Varga no puede ser tú. Elena Varga no ha perdido a nadie. Elena Varga no tiene miedo. Si en algún momento sientes que esa máscara se te pega demasiado a la cara, si sientes que la empatía le gana al juicio, me das la señal. Una llamada, un mensaje codificado, y sacamos al equipo de ahí. No quiero recuperar a mi mejor agente dentro de una bolsa negra.

—Entendido —murmuré, forzando una calma que no sentía.

Las semanas siguientes fueron un borrón de simulacros. Me sometieron a pruebas de resistencia al estrés, a interrogatorios bajo presión y a un curso intensivo de contabilidad forense aplicada al lavado de activos. Mis jefes superiores —hombres grises con trajes caros— me examinaban como si fuera una pieza de ajedrez, moviéndome de un lado a otro.

Cada noche, al llegar a casa, me miraba en el espejo y repasaba mi historia: Soy Elena Varga. Contadora. Ambiciosa. Sin familia. Sin pasado.

Una noche, mientras intentaba borrar de mi mente la imagen de Roger jugando con una vieja pelota de fútbol en el parque, mi teléfono vibró. Era una notificación del sistema policial: mi nueva identidad estaba lista. Documentos, registros fiscales, un historial académico falso, incluso una cuenta bancaria con fondos ilícitos plantados por el departamento.

Me sentí como una traidora. Estaba construyendo una vida sobre una mentira. Pero cuando cerré los ojos y recordé la última vez que vi a Roger —la forma en que su cuerpo se desplomó bajo la luz mortecina de aquel callejón—, el remordimiento se transformó en hielo.

—Ya no hay vuelta atrás —dije para mí misma, mientras guardaba mi placa en una caja fuerte.

Lester tenía razón: el peligro era real. Pero también lo era mi propósito. Pronto la mujer que conocían como Emily Miller moriría en el anonimato de un papeleo burocrático, y Elena Varga nacería en el corazón del imperio de Antonio Rinaldi.

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