Capítulo 3 La máscara
El edificio de Rinaldi Group no era lo que esperaba. No había hombres armados en el vestíbulo, ni cámaras que te siguieran con un movimiento robótico. Solo mármol pulido, un aroma a madera y el silencio de una empresa que factura millones en actividades que nunca verían la luz del día.
"Elena Varga", me repetí mentalmente mientras subía al ascensor. Mi nombre, mi pasado, mi hermano... todo eso se quedaba fuera de esta caja metálica. Aquí, solo existía la contable con dedos rápidos y una ética lo suficientemente elástica como para manejar cuentas en el exterior.
Al llegar al piso 20, la oficina de Antonio Rinaldi me recibió con una pared de cristal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Él estaba de espaldas, observando el tráfico denso. Cuando se giró, no vi al monstruo que esperaba. Vi a un hombre de unos treinta y tantos años, impecable en su traje azul medianoche, con una mirada que parecía atravesar las paredes.
—Señorita Varga. Puntual. Me gusta la puntualidad —su voz era grave, sin rastro de arrogancia, simplemente una declaración de hechos.
—Es el único activo que no se devalúa, señor Rinaldi —respondí. Mi voz sonó firme, fría. Como si realmente fuera esa mujer que solo vive por los números.
Él esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Había algo en él que me inquietó instantáneamente: no buscaba intimidarme. Me estaba analizando, como si intentara descifrar si mi ambición era real o si estaba ocultando algo bajo la superficie.
Durante las siguientes horas, me mostró mi área de trabajo. Fue metódico. Me explicó los protocolos de confidencialidad con una calma que me ponía los pelos de punta. Pero el primer choque ocurrió al mediodía. Uno de sus hombres, un tipo corpulento con cicatrices en los nudillos, entró sin llamar.
—Jefe, el cargamento del puerto tuvo un problema. El supervisor local está pidiendo el doble de la comisión acordada. Dice que si no pagamos, el contenedor "desaparece".
Sentí un vuelco en el estómago. Contrabando. Esto era lo que mataba a gente como Roger. Antonio ni siquiera levantó la vista de su pantalla.
—Dile que acepte lo acordado —dijo Rinaldi—. Y si insiste, menciónale que su hija mayor acaba de empezar la universidad. Me gusta que las familias tengan un futuro asegurado, sería una lástima que algo lo impidiera.
El subordinado asintió y salió. Mis manos temblaron sobre el teclado, pero me obligué a seguir escribiendo. Es un criminal, me recordé a mí misma con rabia. Es un extorsionador. Pero, a la vez, una parte de mí, esa parte lógica y retorcida, no pudo evitar notar la precisión de su método. No usó violencia. Usó la inteligencia. Usó el miedo, sí, pero no el plomo.
Al final del día, Antonio se detuvo frente a mi escritorio.
—El trabajo que le di requiere discreción, Elena. No se trata solo de números. Se trata de proteger el ecosistema de este negocio. ¿Entiende la diferencia?
—Lo entiendo perfectamente —contesté, levantando la vista. Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos eran oscuros, casi negros, y detecté en ellos una chispa de... ¿soledad? No, era agotamiento. Un cansancio que reconocí al instante, porque era el mismo que yo veía en el espejo del baño policial.
—Bien. Confío en que no me decepcionará.
Cuando se marchó, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Más tarde, en el coche, recibí un mensaje de Lester: ¿Cómo ha ido? ¿Algún movimiento?
No pude responder de inmediato. Recordé la sonrisa de Roger cuando le dije que quería ser policía para limpiar el mundo. Mi lucha interna no era elegir entre el bien y el mal, sino entre mi deber y la complejidad de un hombre que construía su imperio sobre los escombros de mi vida.
Todo bajo control, escribí finalmente.
