Capítulo 1 La piel de seda y las grietas de yeso
El espejo de mi cuarto tiene una fisura en la esquina inferior izquierda. Cada vez que me maquillo, si miro hacia ese rincón, mi rostro aparece dividido en dos fragmentos desiguales. Es una metáfora perfecta de mi vida, aunque prefiero no ponerme poética a las seis de la tarde, cuando el calor del callejón todavía flota sobre el techo de zinc y tengo exactamente cuarenta minutos para transformarme.
Me pasé el cepillo por el cabello, alisándolo hasta que brilló como azabache líquido. Sobre la cama de resortes vencidos descansaba un vestido ajustado de color rojo vino. No era de diseñador; lo había conseguido en una venta de segunda mano por una fracción de su valor y pasé tres noches ajustando las costuras a mano para que pareciera una pieza de alta costura. Al lado, unos tacones negros que limpié meticulosamente con crema para calzado hasta desaparecer cualquier raspón.
Desde el pasillo llegó el sonido sordo de una tos seca, seguida por el crujido de papeles. Era mi madre, revisando por tercera vez en la semana los avisos de cobranza, las facturas vencidas del agua y la orden de embargo provisional de la vivienda que el abogado de la financiera nos había dejado bajo la puerta esa misma mañana.
—Valeria... —su voz sonó débil desde la sala—. El tío Ramón llamó otra vez. Dijo que los intereses del préstamo subieron. Si no pagamos antes del viernes, van a venir a llevarse las pocas cosas de valor que quedan.
Cerré los ojos un segundo. Sentí la rabia punzante subirme por la garganta, ese ardor amargo que conozco desde que tengo uso de razón. La rabia de saber que por más que mi madre trabajara dieciséis horas diarias, el pozo de las deudas nunca se llenaba. La impotencia de ver cómo los parásitos y las malas decisiones de otros destruían cualquier intento de salir a flote.
—No se van a llevar nada, mamá —dije, saliendo al pasillo con el vestido puesto, la postura erguida y la mirada fría—. Yo me voy a encargar de eso.
—¿Cómo, mi amor? Apenas estás terminando la pasantía. No tienes dinero para abogados ni para pagar esa deuda enorme.
—El dinero aparece cuando sabes a qué puerta tocar y qué decir —respondí con serenidad, terminando de abrocharme un pulso dorado que parecía de oro puro, aunque no fuera más que fantasía fina—. Confía en mí.
Antes de que pudiera agregar algo más, el silbido característico de una motocicleta sonó afuera, en la acera desgastada. Mi corazón, que hasta ese momento se mantenía bajo el control estricto de la lógica, dio un vuelco involuntario.
Era Mateo.
Salí a la puerta. Él estaba apoyado sobre su moto, vistiendo unos jeans limpios y una camisa azul sencilla con las mangas arremangadas hasta los codos. Mateo tenía esa sonrisa limpia, desgastada por el cansancio del taller y las guardias médicas, pero cargada de una calidez que siempre amenazaba con derretir el hielo que yo construía a diario.
—Te ves hermosa, Vale —dijo al verme, acercándose para tomarme por la cintura. Su aroma a jabón neutro, cuero y un toque de gasolina me envolvió al instante.
Me incliné y lo besé. Fue un beso hambriento, desesperado. Mateo era mi único refugio real, el único hombre ante el que no necesitaba actuar ni mantener la barbilla levantada por orgullo. En sus brazos, por unos segundos, volvía a ser simplemente una joven que quería ser amada.
—¿A dónde vas tan elegante? —preguntó sonriendo, sosteniendo mi cara entre sus manos ásperas por el trabajo duro.
—Tengo un evento del bufete en el hotel del centro —mentí con fluidez, sin parpadear—. Van a estar varios socios importantes. Es mi oportunidad para que me tomen en cuenta para un puesto fijo antes de graduarme.
Mateo suspiró, y una sombra de preocupación le cruzó la mirada.
—Vale, te matas trabajando y estudiando. Apenas duermes. Sé que las cosas en tu casa están difíciles con lo del embargo, pero te juro que voy a pedir un turno extra en la clínica y un adelanto en el taller. Entre los dos podemos ir pagando esa deuda poco a poco. No tienes que llevar todo el peso del mundo sobre tus hombros.
Lo miré a los ojos y sentí una punzada de dolor en el pecho. Poco a poco. Esa era la promesa de Mateo. Una vida de "poco a poco", de cuotas interminables, de contar centavos en el supermercado, de envejecer antes de tiempo viendo cómo los demás disfrutaban de los lujos que nos estaban vedados. Él ofrecía un amor noble, pero el amor no frenaba a los cobradores ni borraba la humillación de ver a mi madre llorar por un desalojo.
—Lo sé, Mateo. Sé que lo harías —le dije, acariciándole la mejilla con suavidad mientras frenaba el impulso de decirle la verdad—. Pero hoy tengo que ir a esta reunión. Es mi futuro.
—Te llevo en la moto —ofreció.
—No —intervine rápidamente, manteniendo la voz dulce pero firme—. La calle del hotel está llena de prensa y ejecutivos. Si llego en moto se me va a despeinar el cabello y el vestido se va a arrugar. Pedí un auto por la aplicación.
Mateo bajó la mirada a sus manos y luego a su moto. Hubo un silencio incómodo, un destello de dignidad herida que cruzó por sus ojos al entender el subtexto, aunque prefirió no discutir.
—Está bien —dijo con voz baja—. Solo ten cuidado, ¿sí? No me gusta cómo te mira esa gente de dinero cuando creen que nadie los ve. Para ellos todos somos prescindibles.
—A mí nadie me mira por encima del hombro, Mateo. Nadie —sentencié.
Diez minutos después, el auto negro de la aplicación me dejó en la entrada del Hotel Gran Imperial. El contraste fue inmediato y brutal: del polvo, las paredes con humedad y el olor a gasolina de mi barrio, pasé a las alfombras mullidas, las lámparas de cristal de araña y las copas de champagne girando entre manos impecables con relojes de miles de dólares.
Ajusté los hombros, me erguí y dibujé en mi rostro la sonrisa calculada que llevaba semanas ensayando.
En el centro del salón principal, rodeado de empresarios, ministros y abogados de renombre, estaba Fernando. Maduro, impecable en un traje a medida, emitiendo ese aura de poder absoluto que solo da el dinero generacional. A su lado, luciendo un vestido verde esmeralda y una mirada llena de soberbia aristocrática, estaba Claudia, observando a los meseros como si fueran invisibles.
Claudia me vio entrar. Su mirada recorrió mi vestido, mis zapatos y mi bolso, buscando la falla, la etiqueta barata, la grieta en mi disfraz. Pero yo no le di ese gusto. Le sostuve la mirada con la frente en alto y una serenidad implacable.
Caminé hacia el grupo con paso firme. Cada taconeada sobre el mármol era un paso más lejos del barro, de las deudas y de la pobreza.
Perdóname, Mateo, pensé mientras Fernando giraba la cabeza y sus ojos se posaban en mí con inevitable fascinación. Perdóname, pero no nací para ser pobre.
