Capítulo 2 El juego de ajedrez

​El murmullo del Gran Salón era una sinfonía de copas chocando, risas ensayadas y conversaciones sobre inversiones de alto riesgo. Me detuve a unos pasos del círculo de Fernando, lo suficiente para quedar bajo el haz de luz de una araña de cristal. Sabía exactamente cómo pararme: los hombros hacia atrás, la barbilla levemente alzada y una sonrisa serena que no delatara la tormenta que llevaba por dentro.

​—Valeria —la voz de Fernando resonó por encima del murmullo. Giró sobre sus talones, sosteniendo un vaso de whisky en la mano. Sus ojos, acostumbrados a cerrar tratos millonarios con un par de palabras, me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y fascinación—. No esperaba verte aquí esta noche. Pensé que las pasantes de primer año estaban ocupadas con el papeleo del caso inmobiliario.

​—Las pasantes mediocres siguen en la oficina, Fernando —respondí con voz clara, modulada, dando dos pasos firmes hacia él—. Yo prefiero estar donde se toman las decisiones reales.

​A su lado, Claudia soltó una risita ahogada, ese tipo de risa ensayada que las mujeres de su clase usan para marcar territorio sin despeinarse. Llevaba un collar de esmeraldas que brillaba con descaro y una mirada helada que intentaba reducirme a nada.

​—Qué audaz... ¿Valeria, dijiste? —intervino Claudia, inclinando la cabeza con una falsa condescendencia—. Fernando, querido, no sabía que en tu firma ahora contrataban modelos para hacer de asistentes. El vestido es... vistoso. Un poco fuera de temporada para un evento corporativo, ¿no crees?

​El dardo venía directo, pero no cometí el error de engancharme en su terreno superficial. Mantenerme fría era mi mayor fortaleza.

​—El vestuario no gana juicios ni asegura fusiones, Claudia —le contesté, mirándola fijamente a los ojos sin perder la sonrisa—. Lo que gana juicios es saber que la reestructuración de la financiera que Fernando está negociando tiene un vacío legal en la cláusula de insolvencia. Un detalle que, si no se corrige antes del viernes, le costará a la firma varios millones.

​El silencio que siguió fue delicioso. Fernando enarcó una ceja, visiblemente impactado. La risa de Claudia se congeló en sus labios, incapaz de replicar sobre un tema del que no tenía la menor idea.

​—¿Revisaste el borrador del acuerdo de insolvencia? —preguntó Fernando, dando un paso hacia mí, dejando a Claudia un metro atrás.

​—Lo memoricé anoche —mentí con elegancia, habiendo pasado la madrugada entera leyendo los archivos confidenciales que logré fotografiar en la oficina—. Si me das diez minutos a solas en la terraza, te explico exactamente cómo tapar ese agujero.

​—Impresionante —murmuró Fernando, con una chispa de ambición y deseo brillándole en los ojos. Miró a Claudia de reojo—. Dispénsame un momento, mi amor. Los negocios no esperan.

​Caminé hacia la terraza con el eco de mis tacones marcando el ritmo. Sentí la mirada furiosa de Claudia clavada en mi espalda como una daga, pero no me importó. Había movido mi primera pieza en el tablero y había derribado la defensa de Fernando.

​Sin embargo, al cruzar el ventanal de vidrio hacia la brisa de la noche, mi teléfono vibró dentro del bolso. Lo saqué disimuladamente. Era un mensaje de texto de Mateo:

​"Llegué a casa, Vale. Le dejé a tu mamá unas medicinas que le conseguí en la clínica. Cuídate mucho en esa reunión, me haces falta. Te amo."

​El pecho me dio un vuelco doloroso. La imagen de Mateo con sus manos gastadas, preocupándose por mi madre sin pedir nada a cambio, chocó de frente con la sombra de Fernando acercándose a la terraza, oliendo a perfume caro y a poder absoluto.

​Apreté el teléfono con fuerza, apagué la pantalla y tragué saliva. Guardé el celular en el bolso como quien guarda un secreto peligroso.

​—Dime, Valeria... —dijo la voz profunda de Fernando a mis espaldas, cerrando la puerta de cristal tras de sí—. ¿Qué más sabes de esa cláusula? Y más importante... ¿qué quieres a cambio de ser mi mano derecha?

​Me giré despacio, clavando mis ojos en los suyos. El juego había comenzado.

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