Capítulo 3 La sospecha de la aristocracia
La terraza se convirtió en mi primer escenario de triunfo. Durante veinte minutos, sostuve una conversación técnica y brillante con Fernando. No solo le expliqué el vacío legal, sino que le ofrecí la estrategia exacta para acorralar a la contraparte en la mesa de negociación. Podía ver el brillo en sus ojos: Fernando no solo estaba sorprendido por mi capacidad, estaba deslumbrado por la combinación de intelecto, juventud y seguridad que le estaba proyectando.
—Eres sumamente peligrosa, Valeria —dijo Fernando, dibujando una sonrisa media, ladina, mientras daba un sorbo a su copa—. A partir de mañana te quiero en el piso de socios. No más carpetas de pasante. Quiero que trabajes este caso directamente conmigo.
—Será un placer, Fernando —respondí con aplomo, manteniendo una distancia profesional calculada—. No te vas a arrepentir.
Cuando regresamos al salón principal, la atmósfera había cambiado. Claudia nos esperaba cerca de la barra, apoyada con una elegancia estudiada, pero con la mandíbula tensa. Sus ojos de serpiente me siguieron cada milímetro del recorrido. Cuando Fernando se alejó un momento a saludar a un magistrado de la Corte, ella no perdió un solo segundo.
Se acercó a mí con el andar pausado de quien se sabe dueña del lugar. El perfume costoso que llevaba parecía un arma diseñada para marcar la diferencia entre su sangre azul y mi origen.
—Disfrútalo mientras dure, niña —soltó en un susurro envenenado, apenas para que solo yo la escuchara—. No sé de dónde saliste ni qué clase de trepadora eres, pero conozco a los hombres como Fernando. Les fascina entretenerse con lo exótico... un rato. Luego recuerdan cuál es su lugar y con quién les conviene casarse.
La miré de frente. Ni un solo músculo de mi rostro se movió.
—El problema, Claudia, es que tú dependes de un apellido y un anillo para existir en este lugar. Yo solo necesito mi cerebro —le contesté con una frialdad que la hizo dar un paso atrás—. Buenas noches.
Me di la vuelta y salí del hotel sin mirar atrás, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Le había ganado el primer asalto.
Sin embargo, lo que no sabía en ese momento era que Claudia no se quedaría de brazos cruzados. En cuanto crucé las puertas giratorias del Gran Imperial, ella se dirigió al fondo del salón, donde un hombre de traje oscuro y mirada turbia apuraba un vaso de whisky: Héctor, uno de los investigadores privados y abogados menores que le hacían el trabajo sucio a la familia de Claudia.
—Quiero saber todo sobre ella —ordenó Claudia, cruzando los brazos y apretando los dientes—. Nombre completo, dónde vive, quién es su familia y de qué cloaca salió. No me trago esa fachada de abogada brillante. Encuentra algo con qué destruirla antes de que se meta en la cama de Fernando.
A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba sobre el techo de mi casa cuando salí al patio interno. El olor a humedad y a café barato inundaba la cocina. Mi madre intentaba disimular sus manos temblorosas mientras preparaba el desayuno.
—Valeria... vinieron otra vez —murmuró sin mirarme—. Unos hombres en un auto oscuro estuvieron parados al final de la calle tomando fotos de la casa. El vecino dijo que estaban preguntando por ti y por las deudas de tu tío.
Un frío helado me recorrió la espalda. Claudia ya empezó a mover sus piezas.
Sabía que si descubrían mi verdadera dirección, la orden de embargo y el desastre financiero de mi familia, me usarían para destruirme públicamente en la firma y humillarme ante Fernando.
En ese momento, el motor de la moto de Mateo sonó afuera. Llegaba cansado, con ojeras marcadas tras haber trabajado la noche entera en la clínica, pero traía en las manos un sobre con algo de dinero que había logrado reunir para ayudarnos.
El contraste me golpeó como un puñetazo: el peligro inminente de ser desenmascarada por la élite, el amor noble de Mateo tratando de salvarme con sus pocos recursos, y mi ambición exigiéndome ser más implacable que nunca para no caer.
