Capítulo 4 La carnada y la trampa
El frío de la mañana no venía del clima, sino de la certeza de que el abismo estaba a solo un paso.
Salí del edificio corporativo a mediodía, ajustándome la chaqueta del traje sastre que había comprado en cuotas para dar la talla en el piso de socios. Apenas crucé la plaza peatonal del centro financiero, un hombre alto, de traje arrugado y mirada escrutadora, se interpuso en mi camino. Traía una carpeta de manicilla bajo el brazo y una sonrisa cargada de arrogancia.
—Licenciada Valeria —dijo Héctor, usando mi título con un sarcasmo venenoso—. Qué rápido escala una joven de barrio humilde cuando sabe qué puertas tocar.
Nos hicimos a un lado, cerca de la fuente de la plaza, lejos de las miradas curiosas de los ejecutivos. Sin decir una palabra más, abrió la carpeta y me mostró tres fotografías impresas: una de la fachada desconchada de mi casa con el aviso de embargo provisional, otra de mi madre contando billetes desgastados y la última de Mateo, sobre su moto, besándome en el callejón de mi barrio.
—Tengo la dirección exacta, la lista de deudas de tu tío y hasta el historial del muchacho de la moto —murmuró Héctor, dando un paso más hacia mí—. La señorita Claudia pagó muy bien por esto. Si esta carpeta llega a las manos de Fernando antes de la reunión de directorio de esta tarde, tu carrera en la firma y tu jueguito con él se terminan hoy mismo.
Sentí un vacío helado en el estómago. La imagen de Mateo besándome bajo la luz amarilla del poste de luz amenazaba con derrumbar todo el teatro que había construido. Pero en lugar de retroceder o dejar que me viera temblar, levanté la barbilla y sostuve su mirada con la serenidad de quien ya anticipaba la emboscada.
—¿Y qué quieres, Héctor? Porque si hubieras querido entregarle esto a Claudia directamente, no habrías perdido el tiempo interceptándome en la calle —dije, bajando el tono de voz a un murmullo cortante.
Héctor sonrió, revelando su verdadera naturaleza: un parásito de la alta sociedad.
—Cincuenta mil dólares. Es una cifra baja para evitar que Fernando se entere de que la abogada brillante que metió a su oficina vive en una cloaca y se acostó con él por interés. Cincuenta mil en efectivo antes de las cuatro de la tarde, o Claudia recibe el sobre.
—Está bien —dije sin dudar un segundo, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi chaqueta—. Tendrás tu dinero. Nos vemos a las tres y media en el archivo central del sótano de la firma. Ahí no hay cámaras y podré entregarte el pago sin levantar sospechas. Pero traes el expediente completo, incluyendo los digitales.
Él asintió, satisfecho de haberme acorralado tan fácilmente, sin sospechar que acababa de firmar su propia sentencia.
Volví al piso de socios con el corazón batiendo a mil por hora, pero con la mente trabajando a la velocidad de una máquina. Sabía que no tenía los cincuenta mil dólares ni pensaba pedirlos prestados. Si jugaba a defensiva, perdería. Tenía que usar su propia codicia para tenderles una trampa a él y a Claudia al mismo tiempo.
Aprovechando mi nuevo acceso al sistema confidencial del bufete, busqué los registros de auditoría de los casos asignados a la familia de Claudia. En menos de veinte minutos encontré la falla: Héctor no solo trabajaba para ella, sino que había desviado fondos de una de las cuentas de fideicomiso que la familia de Claudia gestionaba a través de nuestra firma. Claudia lo cubría por lealtad, pero Fernando no tenía la menor idea.
A las tres y quince de la tarde, le envié un mensaje a Fernando desde mi extensión:
"Fernando, encontré una irregularidad grave en los archivos del fideicomiso de la familia de Claudia que compromete la responsabilidad de la firma. Necesito que bajes al sótano de archivos de inmediato antes de que alteren los documentos."
A las tres y veinticinco, llegué al sótano. El aire oía a papel viejo y humedad. Héctor ya estaba allí, de pie entre los anaqueles de metal, sosteniendo el sobre amarillo con mis fotografías.
—¿Trajiste el dinero, Valeria? —preguntó impaciente, mirando su reloj.
—El dinero está en camino, Héctor. Pero antes, quiero que me digas exactamente qué te pidió Claudia que hicieras si Fernando no me despidiera —dije, alzando ligeramente la voz mientras daba un paso atrás hacia la puerta entreabierta.
—Claudia quiere que te destruya —respondió él entre risas, confiado en su dominio—. Me pagó para espiarte, para buscar a tu familia de muertos de hambre y armar un escándalo. A esa gente de dinero no le importa cómo lo consiga, solo quieren a los indeseables fuera de su camino. Ahora dame el dinero o envío las fotos de tu noviecito del taller a toda la firma.
El sonido pesado de la puerta de hierro al abrirse cortó sus palabras.
Fernando estaba parado en el umbral, impecable en su traje gris, pero con el rostro desencajado por la furia. Había escuchado cada palabra.
—¿Qué dijiste sobre un chantaje y una cuenta de la firma, Héctor? —preguntó Fernando, entrando al pasillo con paso lento y amenazante.
El rostro de Héctor se volvió de papel blanco. La carpeta de manila tembló en sus manos.
—Fernando... yo... esto es una equivocación —tartamudeó el investigador, tratando de esconder el sobre a sus espaldas.
—No es ninguna equivocación, Fernando —intervine con la voz quebrada, actuando con una fragilidad perfectamente calculada mientras los ojos se me llenaban de lágrimas—. Este hombre me abordó en la calle. Descubrió que vengo de un barrio humilde y que mi familia tiene problemas económicos... Y como se negó a aceptar que yo trabajara contigo, Claudia le pagó para amenazarme y extorsionarme. Tenía miedo de decírtelo porque pensé que tú también me juzgarías por mi origen.
Fernando miró a Héctor con un desprecio absoluto. Avanzó dos pasos, le arrancó el sobre amarillo de las manos sin siquiera mirarlo y lo señaló con el dedo.
—Estás despedido. Y si vuelves a poner un pie en esta firma o a acercarte a Valeria, haré que te abran un juicio por extorsión y fraude financiero que te dejará refundido en la cárcel el resto de tu vida. ¡Fuera de aquí!
Héctor salió casi corriendo, cabizbajo y derrotado.
Nos quedamos a solas en la penumbra del archivo. Fernando me miró por unos largos segundos. Vio las lágrimas en mis ojos —que eran reales, alimentadas por la rabia y el miedo de casi perderlo todo— y se acercó a mí. Tomó mi rostro entre sus manos suaves, pulidas por la riqueza, tan distintas de las manos ásperas y trabajadoras de Mateo.
—Perdóname, Valeria —murmuró Fernando, secándome una lágrima con el pulgar—. No sabía el infierno por el que estabas pasando. Claudia cruzó todos los límites. A mí no me importa de dónde vengas; me importa quién eres y a dónde vas a llegar a mi lado.
Me pegué a su pecho, escuchando el latido de su corazón mientras cerraba los ojos. Había ganado el asalto. Claudia estaba acorralada y Fernando estaba más fascinado conmigo que nunca.
Pero mientras él me abrazaba, la imagen de Mateo cruzó por mi mente como una sombra helada. Había usado el nombre de mi barrio y la existencia de Mateo como un escudo para victimizarme, convirtiendo nuestro amor en una simple herramienta de mi manipulación.
Ya no hay vuelta atrás, pensé, sintiendo cómo el frío del cinismo se apoderaba del último rincón de mi alma. Ya vendí la primera parte de mí.
