Capítulo 5 El perfume de la traición
El peso de las victorias amargas siempre se siente en el pecho antes que en la cabeza.
Fernando me asignó una oficina propia en el piso de socios. No era la más grande, pero tenía una vista imponente de la ciudad a través de ventanales de piso a techo. Desde allá arriba, los autos y la gente parecían hormigas insignificantes. Esa era la perspectiva con la que quería aprender a mirar el mundo, pero cada vez que el silencio se apoderaba del despacho, la imagen de Mateo volvía a golpearme.
Habían pasado tres días desde la trampa en el archivo. Claudia no había vuelto a poner un pie en la firma, y los rumores sobre la cancelación de su compromiso con Fernando corrían como pólvora por los pasillos.
A las siete de la noche, cuando el edificio empezaba a vaciarse, la puerta de mi oficina se abrió. Fernando entró vistiendo un abrigo impecable y sosteniendo una caja rectangular de terciopelo azul.
—Tienes una capacidad impresionante para mantener la calma, Valeria —dijo, rodeando mi escritorio con esa soltura que solo da el dinero de cuna—. Pero sé que estos días han sido difíciles para ti tras el acoso de ese hombre.
—Estoy bien, Fernando. Lo único que me importa es rendir al máximo en el caso —respondí, poniéndome de pie y ajustándome la postura.
—Y lo has hecho —abrió la caja de terciopelo. Adentro brillaba un gargantilla de diamantes pequeños, delicada, costosa y absolutamente deslumbrante—. Esto es solo un pequeño gesto. Quiero celebrar que salvamos la firma del fraude y que Claudia ya no forma parte de mi vida. Cenamos juntos esta noche.
Miré los diamantes. Eran fríos, exactos, perfectos. Representaban todo lo que siempre quise.
—Fernando, es precioso, pero no puedo aceptarlo...
—No te estoy preguntando, Valeria —interrumpió con una sonrisa tibia pero posesiva, acercándose para colocar la joya alrededor de mi cuello. Sus dedos rozaron mi piel, y por un segundo sentí un escalofrío que no era de deseo, sino de cálculo—. Acepta las cosas bellas que la vida te ofrece. Hoy empiezas a dejar atrás de dónde vienes.
Salimos del edificio en su auto de lujo. Mientras el chofer manejaba hacia el restaurante más exclusivo del distrito financiero, me miré al espejo del retrovisor: la gargantilla brillaba contra mi piel, pero mis ojos reflejaban una distancia infinita.
A las diez y media de la noche, el auto me dejó a dos calles de mi barrio. Todavía no me atrevía a dejar que Fernando me llevara hasta la puerta de mi casa; la mentira del "apartamento en remodelación" me servía de excusa por ahora.
Caminé con los tacones en la mano para no llamar la atención en las calles oscuras. Guardé la caja de terciopelo en el fondo de mi bolso y me puse una chaqueta sencilla sobre el vestido.
Al llegar a la esquina de mi casa, vi una sombra parada junto al poste de luz. Era Mateo.
Estaba apoyado en su moto, esperándome bajo la lluvia fina que empezaba a caer. Tenía los ojos cansados, la ropa de trabajo todavía puesta y una bolsa de farmacia en la mano.
—Mateo... ¿qué haces aquí a esta hora? —pregunté, tratando de suavizar la voz mientras me acercaba.
Él no sonrió como siempre. Me miró fijamente, y su mirada recorrió mi rostro, mi cabello peinado de salón y el bolso de marca barata que apenas lograba cerrar.
—Le traje a tu mamá el inhalador que no consiguió en la farmacia comunitaria —dijo con un tono apagado, desprovisto de la calidez habitual—. Me dijo que tenías trabajo en el bufete.
—Sí, la reunión de socios se extendió más de la cuenta...
—No me mientas más, Vale —interrumpió. Sacó de su bolsillo un recibo impreso y me lo tendió.
Tragué saliva. Era el comprobante de entrega del vestido de alta costura que había mandado a ajustar, a nombre de la firma legal.
—Fui a buscarte a la salida del edificio a las seis para darte una sorpresa —continuó Mateo, y su voz empezó a temblar por la rabia contenida—. Te vi salir, Valeria. Te vi subirte al auto de ese hombre. Te vi cómo te reías con él y cómo te dejabas tocar.
El aire se volvió pesado entre los dos. La lluvia fina empezó a mojarme el rostro, arruinando el maquillaje y devolviéndome de golpe a la realidad de la acera gastada.
—Mateo, no es lo que piensas. Fernando es mi jefe, estábamos celebrando un acuerdo importante...
—¡Te puso una gargantilla de diamantes en el cuello antes de subir al auto! —gritó, dando un paso hacia mí. Las lágrimas de frustración se mezclaron con la lluvia en su rostro—. Los vi, Valeria. Estuve parado enfrente del restaurante. Vi cómo te miraba y cómo tú te dejabas deslumbrar por su dinero.
Me quedé helada. La máscara de la abogada fría se agrietó por completo.
—¡Lo hago por nosotros! —mentí, desesperada por no perder el único ancla de verdad que me quedaba—. ¡Lo hago para salir de este hoyo, Mateo! ¿No ves cómo vive mi mamá? ¿No ves las deudas que nos están ahogando? Fernando es mi pasaporte para tener poder, para que nadie vuelva a humillarnos.
Mateo me miró con una lástima profunda que me dolió más que cualquier insulto.
—No lo haces por tu mamá, ni por mí. Lo haces por ti, por tu orgullo —dijo con voz baja, dando un paso atrás—. Yo estaba dispuesto a trabajar día y noche para darte una vida digna, Vale. Pero tú no quieres una vida digna... tú quieres lujos, y estás vendiendo lo mejor de ti para conseguirlos.
—¡El amor no paga la casa, Mateo! ¡El amor no evita que nos embarguen! —le grité, dejando salir toda la rabia acumulada en mi pecho.
—Tal vez no —respondió él, subiéndose a la moto y encendiendo el motor—. Pero el dinero tampoco te va a devolver el alma cuando te des cuenta de que te quedaste vacía.
Aceleró y se perdió en la penumbra de la calle mojada, dejándome sola bajo la lluvia, con los zapatos barrosos, el bolso lleno de diamantes prestados y el corazón hecho pedazos
