Capítulo 6 La llave de cristal
El silencio en la casa a la mañana siguiente era distinto. Ya no era el silencio tenso de los cobradores, sino el vacío pesado de las palabras que no tienen retorno.
Mi madre estaba sentada en la mesa de la cocina con una taza de café derramado sobre el mantel raído. Me miró mientras me terminaba de abrochar los botones de la blusa de seda, la misma que había comprado con mi primer adelanto.
—Escuché a Mateo anoche, Valeria —dijo con la voz quebrada, sin alzarse de la silla—. Escuché los gritos. ¿Es verdad? ¿Estás saliendo con tu jefe por dinero?
Me congelé frente al espejo roto del pasillo. Sentí una punzada de culpa en el pecho, pero la sofocué de inmediato. La debilidad no se podía permitir a estas alturas.
—Estoy buscando la forma de salir de aquí, mamá —respondí con frialdad, guardando mi laptop en la cartera de cuero—. Fernando me ofreció un departamento en la zona financiera. Es un inmueble a nombre de la firma para los asociados ejecutivos. Me mudaré esta tarde.
Mi madre se puso de pie, y por primera vez en su vida la vi mirarme no con amor, sino con una profunda lástima mezclada con decepción.
—¿Y nos vas a dejar aquí? ¿Vas a darle la espalda a tu casa, al hombre que te ha querido desde que no tenías nada, solo para irte a vivir en una jaula de oro?
—Esa "jaula de oro" paga las medicinas y evita que te dejen en la calle —sentencié, apretando los dientes—. Te voy a enviar dinero todas las semanas. No te va a faltar nada. Pero yo no vuelvo a dormir bajo este techo.
—Si cruzas esa puerta con ese orgullo, Valeria, no me envíes ni un solo centavo —respondió ella, dándose la vuelta para no mirarme salir—. El dinero sucio de la ambición no borra la vergüenza.
Tragué saliva, salí a la calle sin mirar atrás y cerré la puerta de madera gastada. Sabía que esa grieta con mi madre tardaría años en sanar, pero mi decisión estaba tomada: la compasión era un lujo que no me podía permitir.
A las cuatro de la tarde, el chofer de Fernando dejó mis tres maletas en el vestíbulo de un penthouse en el piso catorce de la Torre Imperial.
El lugar era imponente: pisos de mármol blanco, ventanales panorámicos que dominaban toda la ciudad y muebles de diseño minimalista. No había ruidos de motos, ni olor a humedad, ni cobranzas bajo la puerta. Era el paraíso que siempre había soñado.
Fernando apareció por el pasillo vistiendo una camisa sin corbata y dos copas de cristal con champagne en la mano. Se acercó a mí y me entregó una llave metálica, pesada y brillante.
—Bienvenida a tu nueva vida, Valeria —dijo con una sonrisa serena, entregándome la copa—. A partir de hoy, este lugar es tu centro de mando. Aquí nadie te va a molestar, ni tus orígenes, ni los fantasmas de tu pasado.
Tomé la copa y miré la ciudad desde lo alto. A lo lejos, entre la bruma del atardecer, se alcanzaban a ver las luces tenues y desordenadas de los cerros y del barrio donde había crecido. Dónde Mateo a esa hora estaría saliendo de su guardia en el hospital, y donde mi madre estaría cenando sola.
—Es perfecto, Fernando —murmuré, dando un sorbo al champagne. El líquido era helado y amargo.
Él se colocó detrás de mí, rodeándome la cintura con los brazos y apoyando su mentón en mi hombro.
—Mañana en la firma anunciaremos tu ascenso oficial a abogada senior —susurró cerca de mi oído—. Te quiero a mi lado en la cena con los inversionistas extranjeros. Quiero que todos vean la mujer que tengo a mi lado.
Le sonreí a su reflejo en el cristal del ventanal. Tenía el departamento de lujo, el puesto ejecutivo, los diamantes y al hombre más poderoso del bufete comiendo de mi mano. Había ganado.
Pero cuando Fernando me besó en el cuello, cerré los ojos y, por un milisegundo imperceptible, no vi el lujo del penthouse; vi la lluvia cayendo sobre la moto de Mateo y escuché sus últimas palabras retumbando en mi cabeza: «El dinero tampoco te va a devolver el alma cuando te des cuenta de que te quedaste vacía.»
Apreté la llave de cristal en mi mano hasta que el metal me dolió en la palma. La metamorfosis estaba completa. Ya no había vuelta atrás.
