Capítulo 3 A sus pies

A sus pies

La torre olía a él antes de que él llegara.

Madera vieja. Humo. Hierro. Piel. Un olor espeso que se me metió en la boca apenas Soren empujó la puerta. No era un cuarto de huésped. Era una madriguera con techo: cama enorme contra la pared del fondo, tapada con pieles oscuras; un baúl abierto rebosando camisas; armas colgadas como si alguien las usara de adorno y de amenaza al mismo tiempo. En el suelo, a los pies del lecho, no había otra cama. Había una manta. Una. Doblada con una precisión militar que me resultó más humillante que un calabozo.

Soren señaló el cuero de mi cuello con el mentón.

—No te lo quites. Si se rompe, él lo huele. Si lo huele, no preguntas por qué duele después.

—¿Reglas? —pregunté.

—Él las dice. Yo solo entrego paquetes.

Se quedó un segundo en el umbral, midiendo si yo iba a hacer algo estúpido. No lo hice. Todavía no. Cerró. El pestillo cayó del otro lado con un sonido demasiado suave para lo que significaba.

Me toqué el collar. El hierro de la argolla estaba frío. Mi pulso, no.

La ventana daba al bosque. Abajo, la manada seguía viva: voces, un golpe de hacha, una risa de mujer que no me incluía. En el cristal me vi encima de esa gente y debajo de ella al mismo tiempo. Tributo. Esclava. Hija que sobraba. El inventario más reciente de Kael Draven.

La puerta se abrió otra vez sin que yo la hubiera oído.

No era él.

Era una chica. Veinte años, quizás menos. Delgada, el pelo castaño recogido con un tiento, un lunar bajo el ojo izquierdo. Traía un barreño humeante, un trapo y un pan envuelto en tela. Se detuvo al verme de pie en medio de la habitación, como si hubiera esperado encontrarme ya de rodillas.

—Mara —dijo, rápido, bajito—. Omega. Me mandaron a… dejarte presentable.

Presentable. La palabra me raspó.

Dejó el barreño junto a la chimenea. El pan lo deslizó hacia mí con el pie, un movimiento tan pequeño que podría haber sido un accidente. No lo era.

—Cómetelo antes de que entre —susurró—. Él no siempre se acuerda de que los humanos se caen si no comen. Y si te caes en su cuarto, la manada dice que eres débil. A las débiles las ponen en las cocinas. O peor.

—¿Peor que esto?

Mara miró el collar. Luego la manta del suelo. Luego a mí.

—Sí.

Mordí el pan. Estaba seco. Me supo a gloria porque no venía de mi padre. Mara mojó el trapo, esperó, no me tocó todavía.

—Tengo que quitarte la ropa —dijo, y se le quebró un poco la voz—. Orden suya. No la mía.

Los dedos se me quedaron quietos en el abrigo.

—¿Va a entrar?

—Ya está en la escalera —respondió ella, y el miedo le llegó antes que el ruido.

Los pasos de Kael no se disimulaban. No necesitaban. La madera los anunció uno a uno, pesados, dueños. Mara dio un paso atrás. Yo no. Me negué a empezar esa casa de rodillas si todavía podía estar de pie.

Entró sin mirar a Mara. Me miró a mí. Solo a mí. Los ojos dorados recorrieron el collar como se recorre una firma.

—Afuera —le dijo a la omega, sin alzar la voz.

—Alfa, el baño…

—Lo hago yo. Afuera.

Mara desapareció tan rápido que el pan escondido bajo mi manga de pronto pesó como un delito. La puerta se cerró. Quedamos el barreño, la cama, el collar y un hombre que ocupaba el cuarto como ocupa un lobo el claro: sin pedir turno.

Kael se desabrochó los puños de la camisa con una calma que era peor que un grito. Se arremangó. Se acercó.

—Reglas —dijo—. Las oyes una vez. Si las olvidas, te las recuerdo en la piel.

No contesté. Esperó. Le gustó que esperara.

—No sales de esta torre sin mi sombra o la de Soren. No hablas con la manada si no te hablan. Comes lo que te pongan. Duermes ahí. —Señaló la manta con la bota—. Si alguien te pone una mano encima, gritas mi nombre. No el de tu capitán. El mío. Y si intentas correr…

Se detuvo lo bastante cerca para que su calor me pegara en la boca del estómago.

—Si intentas correr, Liora, no te busco yo. Te busca el bosque. Y el bosque no firma tratados.

El nombre de Nicolás, metido así, de lado, me dio un vuelco feo. ¿Lo sabía? Por supuesto que lo sabía. Los emisarios hablan. Las fronteras tienen oídos.

—No es mi capitán —dije.

—Todavía hueles a su rechazo —replicó—. Es casi tierno. Los humanos se perfuman con lo que los parte.

Me dio la espalda un segundo. Abrió el baúl. Sacó una camisa suya, negra, enorme. La tiró sobre la cama.

—Quítate todo. El vestido. Las botas. Eso que llevas debajo. El perfume de tu hermana también, si puedes. Me molesta.

El aire se me quedó corto.

—Hay una mujer para eso.

—Y yo estoy aquí —dijo—. Quítatelo. O lo hago yo. Elige rápido. Mi paciencia con la mercancía nueva dura poco.

Mercancía. La palabra me dio asco y, más abajo, un calor que no quería nombrar. Lo odié. Me odié. Me desabroché el abrigo con dedos que no me temblaban solo de frío. El vestido siguió. Las botas. Quedé en una combinación gastada, gris, digna de la hija que no salía en las fotos. Kael no apartó la vista. Tampoco se lanzó. Eso fue lo intolerable: la paciencia. El inventario.

—Sigue.

—No.

Una ceja. Solo una.

Cruzó el cuarto en dos zancadas. No me gritó. Me giró. Los dedos le buscaron el nudo de la espalda, lo deshicieron de un tirón y la tela cayó a mis tobillos como si nunca hubiera servido para taparme. El aire de la torre me golpeó los pechos, el vientre, el vello. Cerré los puños. No taparme era lo único que me quedaba parecido a dignidad, y aun así se me encogieron los hombros.

Kael no silbó. No dijo que estaba linda. Bajó la mirada con una lentitud depredadora, se detuvo en el corte de mi palma, en las costillas demasiado marcadas, en el lunar que tenía bajo el ombligo. Tragó. Lo vi. El mismo salto de garganta de cuando me olió abajo, en el círculo.

—Al agua —ordenó, ronco.

El barreño estaba caliente. Me arrodillé porque no había otra forma de entrar. Él se agachó frente a mí, tomó el trapo, lo exprimió y me lo pasó por el cuello, alrededor del collar, con una rudeza que no era del todo cruel. El agua corrió entre mis pechos. Su nudillo rozó de más. Los dos lo sentimos. Los dos fingimos que no.

—Te mandaron sucia —murmuró—. Miedo. Vino. Sangre. Y un hombre que no te quiso. Qué ofrenda tan completa.

—Si te ofende, devuélveme.

La risa le salió baja, casi un gruñido.

—Mírame.

Lo miré. Los ojos ya no eran solo dorados. Había negro detrás. Animal. El trapo bajó por mi clavícula, por el pecho, rodeó un pezón con una lentitud que no tenía nada que ver con la higiene. Se me endureció. Él lo vio. Apretó la mandíbula hasta que se le marcaron los tendones.

—Mi lobo —dijo, muy quedo— acaba de decidir que te quiere entre los dientes. Yo todavía no. Esa diferencia, humana, es lo único que te mantiene entera esta noche.

El trapo siguió. Vientre. Cadera. Parte interna del muslo. Ahí se detuvo. El paño quedó empapado contra mi piel y su mano, enorme, se quedó quieta a un dedo de donde yo latía. No avanzó. No se retiró. El cuarto entero se redujo a ese dedo de distancia.

—Abre las rodillas —dijo.

—No.

—No te lo pedí por gusto. Te lo pedí porque hueles a herida y no pienso poner en mi cama una fiebre humana. Ábrelas.

Las abrí. Poco. Lo bastante. El trapo pasó entre mis muslos con una eficiencia brutal, impersonal solo en la superficie. Por debajo, se le había puesto dura la respiración. A mí se me había humedecido más que el agua. Lo supe. Él lo supo antes que yo. Apartó la mano como si el trapo se hubiera incendiado.

Se puso de pie de un salto. Me lanzó la camisa a la cara.

—Cúbrete. Ahora.

Me la puse. Me llegaba a medio muslo. Olía a él de un modo que me revolvió el estómago y otra cosa más honda. Kael se pasó la mano por la boca, se dio la vuelta, abrió la ventana de un golpe y respiró el bosque como quien se agarra a un antídoto.

—Duermes en el suelo —dijo, de espaldas—. Si te subes a la cama, te bajo. Si te acercas, te aparto. Si te tocas pensando en mí…

Se giró. La sonrisa no llegó.

—Si te tocas pensando en mí, Liora, voy a olerlo. Y entonces el trato de no preguntarte se acaba.

Se quitó la camisa. La cicatriz del antebrazo seguía más abajo, cruzándole el costado. Se dejó los pantalones. Se metió en la cama como un animal que reclama el centro. No apagó la lámpara de aceite. Quiso verme. O quiso que yo lo viera a él, despierto, vigilando.

Me recosté sobre la manta. El suelo estaba frío. El collar me clavaba la argolla en la garganta cada vez que tragaba. Arriba, las pieles se movieron cuando él se giró hacia la pared, dándome la espalda con una disciplina que temblaba.

Pasaron minutos. O horas. El bosque aulló lejos. Yo cerré los ojos y el hilo del pecho no se cortó. Tiraba hacia la cama. Hacia la respiración de él. Hacia ese lugar del muslo donde el trapo se había detenido.

Cambié de lado. La manta rozó el suelo.

El gruñido subió de la cama tan bajo que lo sentí en los dientes.

—No te muevas.

Me quedé de piedra. El silencio que siguió no era sueño. Era un hombre sujetando a una bestia por el cuello desde dentro.

—Kael —susurré, y no supe por qué usé su nombre.

Las pieles se echaron atrás. Él se asomó al borde del colchón, el cabello revuelto, los ojos dos monedas encendidas en la penumbra. Bajó un brazo. Me enganchó la argolla del collar con dos dedos y me acercó un palmo, lo bastante para que su boca quedara sobre la mía sin tocarla.

—Ese nombre, en esta cama, no se usa para pedir —dijo—. Se usa para avisar. ¿Vas a correr?

—No.

—¿Vas a tocarte?

Apreté los muslos. Tarde. Él sonrió contra mi aire, no contra mi boca.

—Eso pensé.

Me soltó. El cuello me quedó marcado por sus dedos más que por el cuero. Volvió a las pieles. Esta vez no se giró a la pared. Se quedó de lado, mirándome desde arriba como se mira una presa que todavía no se ha decidido si se come o se guarda.

—Mañana trabajas —añadió, ya más lejos, ya más Alfa—. Cocina. Leña. Lo que Mara te ponga delante. Mi cama no es un favor. Es un sitio. Tú estás debajo.

Cerré los ojos porque si los dejaba abiertos iba a hacer algo irreversible: subirme, pegarle, besarlo. Las tres cosas daban el mismo vértigo.

Arriba, Kael Draven no durmió.

Lo supe porque cada vez que yo respiraba demasiado hondo, el lobo en su pecho respondía con un sonido que no era humano… y porque, justo antes del alba, oí lo que no debía oír:

Mi nombre. Dicho entre dientes. Como una maldición. Como un hambre. Como el principio de un error que un Alfa no puede permitirse en plena guerra.

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