Capítulo 4 Todavía viva
Todavía viva
Desperté porque el suelo se había quedado sin él.
La cama arriba estaba deshecha, las pieles echadas a un lado, la ventana abierta de par en par. El bosque entraba frío. En la silla, una falda de lana cruda y una camisa más pequeña que la de la noche. Nada de nota. Nada de “quédate”. Kael Draven no dejaba recados para la mercancía: dejaba ropa y la expectativa de que uno entendiera el sitio que ocupaba.
Me vestí. El collar seguía ahí, cálido ya de tanto pulso. Me olí la muñeca sin querer. Aún olía a su trapo. A su mano detenida. A esa casi-nada que me había dejado más abierta que un beso.
Mara golpeó dos veces y entró sin esperar respuesta, con un cuenco de avena y esa cara de quien ya ha negociado mil veces con el miedo.
—Come de pie —dijo—. Si te sientas en su silla, Yara lo cuenta en la plaza antes del mediodía.
—¿Yara?
—La que te chasqueó la lengua ayer. Hija del anterior Beta. Se cree que el hueco a su lado le pertenecía por antigüedad. —Mara dejó el cuenco en el baúl, no en la mesa—. Hoy cocinas con nosotras. Si alguien te empuja, no empujes de vuelta. Si alguien te huele el cuello, gritas al Alfa. Aunque no esté. El nombre basta. A veces.
Bajé con ella. El campamento de día era peor que de noche: más ojos. Los guerreros entrenaban en el círculo de tierra, semidesnudos, el vaho saliéndoles de la boca. Un par se detuvo cuando pasé. Uno se rio. El otro se llevó dos dedos a la nariz y frunció el ceño, extrañado, como si mi olor no cuadrara con el de una humana cualquiera.
La cocina era un cobertizo largo, mesas de madera negra, calderos, un fuego que no se apagaba nunca. Cinco mujeres. Cuatro me ignoraron. La quinta sonrió con todos los dientes.
Yara era alta, el pelo rojo atado en una cola alta, un corte fino en el labio que le daba un aire de haber mordido y haber sido mordida. Llevaba el emblema de Colmillo Negro tatuado en el antebrazo, todavía fresco. Me puso un cuchillo delante. Grande. Sin filo de verdad. Un insulto con mango.
—Pela. Si te cortas, no llores hacia el norte. El Alfa caza por allá y se le va a antojar volver solo para verte sangrar.
Pelé. Patatas. Nabos. Lo que hubiera. Mis manos humanas eran lentas al lado de las suyas. Yara lo narraba en voz baja para las otras, como se narra un chiste malo.
—Esta es la paz, hermanas. Veinte hombres muertos en la cañada del este y nos pagan con una flaca de ciudad que ni se transforma. Draven debió de firmar borracho.
Una de las omegas rió porque convenía. Mara no. Mara picaba hierba con la mandíbula apretada.
Aguanté tres comentarios más. Al cuarto, el cuchillo se me resbaló y me abrí el dedo. Poco. Lo bastante para que Yara oliera el hierro y se le encendieran los ojos.
Se me acercó por la espalda. Demasiado cerca. Su nariz me rozó el pelo.
—Hueles a él —siseó, solo para mí—. A su camisa. A su cama. ¿Te la metió anoche, tributo? ¿O te dejó en el suelo como a las perras que todavía no merecen nudo?
Me giré. El cuchillo sin filo quedó entre las dos.
—Si tienes preguntas sobre la cama de tu Alfa —dije—, házselas a él. A mí no me las vas a sacar con la boca.
El cobertizo se quedó sin aire. Yara enseñó colmillos. No del todo cambiada. Lo suficiente. La cachetada me llegó de lado, rápida, de loba. Me sonó la oreja. Me supo a sangre la comisura.
—Eso —escupió— por hablar como si tuvieras rango.
No la golpeé. Me acordé de Mara. Me acordé del bosque. Me acordé de que mi único escudo tenía nombre de depredador y no estaba en la cocina.
—Kael —dije.
No fue un grito. Fue un corte. El nombre salió solo, claro, y el cobertizo entero se tensó como si alguien hubiera tirado de una correa invisible.
Yara palideció medio segundo. Después se rió, alta, para tapar el fallo.
—¿Crees que viene porque lo llamas? Eres adorable. Los humanos siempre creen que el dios baja si le rezan fuerte.
Los pasos contestaron por él.
No venía de la torre. Venía del norte, del bosque, el torso desnudo bajo un manto de piel, el cabello húmedo de corrida, un rastro de sangre ajena secándosele en el antebrazo. El círculo de entrenamiento se abrió. Las mujeres de la cocina bajaron la mirada. Yara no lo bastante rápido.
Kael llenó la entrada del cobertizo. Olía a pino, a hierro, a animal recién vuelto. Sus ojos fueron primero al corte de mi boca. Después al cuchillo. Después a Yara.
—¿Quién le puso la mano encima a lo mío?
Silencio. Hasta el fuego pareció agacharse.
Yara tragó saliva. Enderezó los hombros.
—Se cortó sola, Alfa. Y habló de más. Yo solo le recordé el sitio.
Kael avanzó. No hacia ella. Hacia mí. Me tomó la cara con una mano manchada, me giró la boca hacia la luz y pasó el pulgar por la comisura. Recogió la gota. Se la llevó a los labios. La probó como se prueba una frontera.
El cobertizo entero lo vio. El hilo en mi pecho se le enrolló a los dedos.
Luego se inclinó e hizo lo que no había hecho anoche delante de nadie: me olió. Largo. La nariz en mi pelo, en la mandíbula, en el borde del collar. Un sonido le subió de la garganta, bajo, posesivo, que no era para consolarme. Era para marcar el aire.
—Sigue oliendo a mí —dijo, lo bastante alto—. Bien. Así no hay dudas.
Yara dio un paso. Uno solo.
—Alfa… es humana. El tratado no dice que tengamos que olerla como a Luna.
Kael no la miró al responder. Me miró a mí, el pulgar todavía en mi barbilla.
—El tratado dice que me pertenece. El resto lo escribo yo. Tú, Yara, vas a pelar con la izquierda durante una semana. Si vuelves a tocarle la cara, pelarás sin manos. ¿Quedó claro?
—Sí, Alfa.
La voz le salió pequeña. El odio, no. Ese se me quedó pegado a la nuca como una promesa.
Kael me soltó la cara y me tomó la muñeca. Me sacó del cobertizo a la plaza, donde el entrenamiento se había podrido en expectación. No me llevó a la torre. Me puso delante de él, de espaldas a su pecho, una mano abierta sobre mi vientre, visible, dueña. El gesto no era tierno. Era un cartel.
—Esta mujer duerme en mi torre —anunció—. Quien la huela y se confunda de dueño, se confunde de vida.
Un murmullo recorrió la plaza. Soren, desde el borde, asintió una vez, impasible. Un guerrero escupió. Nadie discutió.
La mano de Kael en mi vientre quemaba a través de la lana. Sus dedos se tensaron cuando un jinete cruzó el límite del campamento al galope, levantando polvo y el olor a caballo sudado y a ciudad.
Humano. Bandera pálida. El emblema de los Calderón cosido en la manga, y debajo, más chico, el sello del capitán Reyes.
El estómago se me cayó.
El jinete desmontó antes de que los lobos lo rodearan. Joven. Pálido. Una carta en la mano enguantada. Soren le quitó el papel y se lo llevó a Kael sin abrir la boca.
Kael no apartó la mano de mi vientre para leer. Leyó conmigo pegada a él, la plaza entera de testigo. Vi cómo se le doblaba una esquina de la boca.
—El capitán Nicolás Reyes —dijo en voz alta, saboreando el nombre como se saborea un hueso— envía recuerdos a la casa Calderón y pide “verificación de que el tributo sigue con vida”. Muy civil. Muy humano. Muy tarde.
El jinete tragó saliva.
—Señor… el capitán solo…
—Tu capitán me mandó a oler su rechazo y ahora quiere recibo —cortó Kael—. Dile que sí. Que respira. Que come. Que anoche durmió a los pies de mi cama y que esta mañana todavía me lleva en la piel.
Apreté los dientes. La plaza rió bajo. El jinete no sabía dónde poner los ojos.
Kael inclinó la cabeza hacia mi cuello. Esta vez no olió. Besó. No la boca: el pulso, justo encima del collar, con una lentitud obscena. Los labios se le quedaron abiertos un segundo de más. Sentí el filo de un colmillo, apenas, una amenaza de marca que no se cerró.
Levantó la cara. Sonrió. Mala sonrisa. La de un Alfa que acaba de entender cómo se gana una guerra sin desenvainar.
—Y dile también —añadió, mirando al jinete, no a mí— que si el capitán quiere comprobarlo con sus propios ojos, que cruce el bosque. Yo se la pongo delante. Con collar. Sin vestido. A ver si entonces le sigue sobrando.
El papel se cerró en su puño. El sello de Nicolás crujió.
—Soren. Agua y camino de vuelta para el mensajero. Nada más. Si se pierde, que se pierda hacia el norte.
El jinete montó como quien huye de un incendio. El polvo se lo tragó. La mano de Kael seguía en mi vientre. Los dedos se me habían clavado sin que él lo notara… o notándolo demasiado.
Se inclinó a mi oído, para que la plaza no se llevara esto.
—Así que ese era. El que te dejó de rodillas entre los vidrios. Huele a cobarde hasta en la tinta.
—No es asunto tuyo —susurré.
—Todo lo que te parte es asunto mío. Firmaste. Te puse el cuero. Anoche te abriste las rodillas porque yo lo dije. —Su boca rozó mi oreja—. No te hagas la orgullosa ahora, Liora. Tu capitán pregunta si vives. Yo acabo de contestarle que vives para mí.
Apartó la mano de golpe, como anoche el trapo. El frío me golpeó el sitio que había ocupado.
—Vuelve a la cocina —ordenó, ya Alfa otra vez, ya lejos—. Yara pela con la izquierda. Tú, con las dos. Si te vuelve a oler, no digas mi nombre: tráemela. Quiero ver si tiene el mismo valor cuando no hay público.
Se fue hacia la casa oscura. Soren lo siguió. La plaza respiró. Yara, desde la sombra del cobertizo, me miró con el odio intacto y una pregunta nueva detrás: no si yo era esclava. Si el Alfa se estaba equivocando de hambre.
Me llevé los dedos a la comisura. Todavía me ardía. Más arriba, en el pulso, me ardía la boca de Kael.
Nicolás quería saber si seguía viva.
Por primera vez desde el brindis, no supe qué respuesta era peor: que sí… o que una parte de mí, la más sucia, acababa de alegrarse de que Kael Draven lo hubiera dicho por mí.
