Capítulo 1 Boda interrumpida

Los bancos de la iglesia estaban llenos de flores blancas y rosadas, y la gente hablaba en voz baja, emocionada. Yo estaba en una habitación al fondo, caminando de un lado a otro. El vestido me apretaba la cintura y no podía dejar de mirar el reloj.

Había soñado con este día desde que Daniel me pidió matrimonio. Desde que me prometió amor eterno con esa sonrisa que parecía capaz de convencer a cualquiera. Pero ahora esa sonrisa no estaba aquí. Y el reloj no dejaba de avanzar.

Escuchaba a los invitados acomodarse en sus asientos. Seguro algunos comentaban lo elegante que estaba todo, o lo afortunada que era yo por casarme con uno de los hijos de los Rivera, una de las familias más importantes de la ciudad. Otros, quizás, ya murmuraban sobre la hora. Sobre por qué la ceremonia no comenzaba. Sobre qué estaría pasando.

No era solo mi boda. Era el evento del año. La unión de Daniel y yo también significaba la unión de dos familias poderosas, con negocios que dependían de esa alianza. Por eso me preocupaba tanto que todo saliera perfecto. En nuestro mundo, todos vivimos pendientes de lo que dirán los demás. Un paso en falso y al día siguiente estaríamos en las revistas de chismes.

La madre de Daniel entró a la habitación y me vio preocupada. Ya había pasado más de media hora y él no contestaba las llamadas. La ansiedad me comía por dentro, aunque intentaba disimularla con sonrisas nerviosas.

—Tranquila, hija, seguro está resolviendo algo de último momento —me dijo. Pero su voz sonaba más preocupada que calmada.

Asentí, pero no podía dejar de mirar la puerta. El reloj marcaba la hora en que debía empezar la ceremonia y Daniel seguía sin aparecer. Los minutos pasaban lentos, como si fueran horas. El murmullo de los invitados se volvía un ruido incómodo.

Me acerqué a la ventana. Afuera, los autos seguían llegando. Las mujeres bajaban con vestidos elegantes, los hombres con trajes impecables. Todos sonriendo, todos esperando presenciar la boda perfecta. La boda que yo también había esperado con tantas ganas.

Puse una mano en mi pecho cuando vi la puerta abrirse. Pero mi cara mostró pura decepción al ver que no era Daniel, sino Cillian, su hermano gemelo.

Entró rápido, cerró la puerta y se acercó a mí con pasos firmes. Era idéntico a Daniel, pero de alguna forma que nunca supe explicar, siempre los diferenciaba. Quizás era cómo miraba, o cómo caminaba. Daniel caminaba como si cargara con un peso encima. Cillian caminaba como si el mundo le debiera algo. Daniel sonreía como si todo le perteneciera. Cillian sonreía poco, y cuando lo hacía, era como si le costara.

—Camila… —dijo en voz baja—. Daniel no va a venir.

Sentí que esas palabras me caían encima como un balde de agua fría.

—¿Cómo que no va a venir? Es nuestra boda… —dije apenas, casi sin aire.

Miré a mi suegra y estaba más confundida que yo. Volví a mirar a Cillian, esperando que me dijera que era una broma, pero bajó la mirada y se rascó la cabeza nervioso.

—Se fue. Nadie sabe dónde está. Desapareció esta mañana y se llevó casi todas sus cosas. Lo he buscado, pero no quiere que lo encuentren.

Me quedé sin aire. Todo lo que había construido se derrumbaba en un segundo. Me dejé caer en una silla, aunque el vestido apenas me dejaba acomodarme. Respiré hondo varias veces, intentando no llorar para no arruinar mi maquillaje. Una parte de mí todavía quería creer que todo era un error, que él aparecería.

Recordé la última vez que lo vi. Fue anoche. Me llamó por teléfono y me dijo que me amaba, que mañana sería el día más feliz de nuestras vidas, que no podía esperar para verme caminar hacia él. Su voz sonaba sincera. ¿O no? Ahora, cada palabra me parecía una mentira. Cada promesa, un engaño.

Los murmullos de los invitados se colaban por la puerta y mi suegra se tapó la cara con las manos.

—No podemos permitir este escándalo… —susurró.

Me levanté otra vez, aunque ya el vestido parecía pesar toneladas. Caminé de un lado a otro mirando el ramo de flores sobre la cómoda llena de maquillaje. Todo lo que había imaginado —la felicidad, las promesas, los planes— se deshacía frente a mí.

Me miré en el espejo. Una lágrima rodó por mi mejilla, dejando una línea oscura de delineador desde mis pestañas hasta el mentón. La mujer del espejo no parecía yo, parecía alguien rota, alguien que acababa de descubrir que su vida entera era una mentira.

Entonces Cillian se acercó y me tomó del brazo con suavidad, haciéndome girar para mirarlo.

—Escúchame, Camila. La familia no puede quedar en ridículo. Los negocios de mi padre y la reputación de ambas familias dependen de esta unión —dijo serio.

Lo miré sin poder creerlo.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Casarme con un fantasma?

Él respiró hondo. Le dio una mirada rápida a su madre y luego me miró fijo con sus ojos grises.

—No. Casarte conmigo.

Me quedé mirándolo sin entender. Solo se escuchaban de fondo las voces de los invitados. Las risas, un tintinear de copas, todo el mundo ajeno a lo que estaba pasando en esta habitación.

—¿Qué… qué estás diciendo?

—Un matrimonio por contrato. Solo hasta que Daniel regrese o hasta que sepamos qué pasó con él. Así salvamos a la familia y evitas que todos piensen que te dejaron plantada.

Sentí que me mareaba. Cillian, el hermano gemelo de mi prometido, era casi un desconocido para mí. Había compartido con él cenas familiares, alguna que otra conversación incómoda. Pero nunca había estado a solas con él. Nunca había sentido su mano en mi brazo, nunca me había mirado así. ¿No le importaba dónde estaba su hermano? ¿Por qué estaba ahí en lugar de buscarlo?

—Esto es una locura… —murmuré con lágrimas en los ojos.

—Tal vez —dijo él con calma—, pero es la única salida.

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