Capítulo 2 Casados

La madre de Daniel se acercó desesperada, tomó mis manos y las apretó contra las suyas.

—Camila, por favor, entiende. No podemos dejar que esto se vuelva un escándalo. La prensa está afuera, los inversionistas están pendientes. Si se cancela, perderemos contratos millonarios. Años de trabajo. Todo.

Los miré buscando apoyo, pero solo encontré miedo en sus ojos. Nadie pensaba en mí. En cómo me sentía. En el dolor que me atravesaba. Solo pensaban en la reputación, en los negocios, en lo que diría la prensa.

—¿Y mi familia? —pregunté—. ¿Qué van a decir mis padres? ¿Mis hermanos? ¿Mis amigas?

—Nadie lo sabrá —dijo Cillian—. Solo nosotros tres. Para todos los demás, yo soy Daniel. Somos idénticos. Nadie notará la diferencia.

—¿Y cuando Daniel regrese?

—Entonces todo volverá a la normalidad. Tú serás su esposa. Y yo… yo me haré a un lado.

Su voz sonaba firme, como si hubiera pensado todo. Como si ya hubiera aceptado su papel en esta historia.

Cerré los ojos y recordé las promesas de Daniel. Las noches en que me hablaba de un futuro juntos, la casa que compraríamos, los hijos que tendríamos. Todo parecía una mentira ahora.

Cuando los abrí, vi a Cillian frente a mí. Su cara, idéntica a la de Daniel, me dolía de solo mirarla. Pero su mirada era distinta: firme, como si estuviera dispuesto a cargar con algo muy pesado.

—No te estoy pidiendo que me ames —me dijo—. Solo que aceptes este acuerdo. Yo cumpliré con mi parte, te respetaré, y cuando Daniel regrese, todo volverá a la normalidad.

Sentí un vacío en el pecho. La vida me estaba obligando a tomar una decisión imposible. Nadie notaría que me casaba con el hombre equivocado, y así evitaría el mayor escándalo de mi vida. Todos seguirían felices… todos excepto yo.

Miré a mi suegra. Tenía los ojos llenos de lágrimas. No lágrimas por mí, lágrimas por ella, por su familia, por su reputación. Miré a Cillian, sus ojos grises no se apartaban de los míos, solo esperaba, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si mi respuesta no le importara tanto como parecía.

Pero sabía que sí le importaba. Lo notaba en la forma en que apretaba la mandíbula, en cómo sus dedos temblaban ligeramente. Él tampoco quería estar aquí, él tampoco había pedido esto, pero estaba dispuesto a hacerlo. Por su familia.

Y yo… yo solo quería desaparecer. Quería arrancarme el vestido y correr. Quería gritarle al mundo que todo era un error, que Daniel me había mentido, que me había dejado sola. Pero no podía. Porque en nuestro mundo, las apariencias lo son todo. Y yo había aprendido a vivir dentro de ellas.

Finalmente, con un hilo de voz, respondí:

—Está bien.

El murmullo de los invitados se apagó cuando llamaron al sacerdote otra vez. Nadie entendía bien qué estaba pasando, pero la ceremonia siguió adelante. Caminé hacia el altar acompañada de mi suegro. El pobre no tenía idea de que su hijo favorito había decidido abandonarme. No me guastaba mentirle, pero era la única solución.

—No comprendo la idea de la fusión repentina entre las empresas —me susurró mi suegro mientras nos acercábamos al altar—. Pero confío en mi hijo.

—Agradezco la confianza señor —le susurré igual con una pequeña sonrisa.

—Además, siempre me has caído muy bien, siento que eres la mujer perfecta para mí hijo —soltó antes de impulsarme hacia Cillian... Bueno, Daniel.

Cada paso me pesaba más que el anterior. Sentía como si el suelo quisiera detenerme, como si me dijera que todavía estaba a tiempo de huir.

El sacerdote empezó a hablar, pero sus palabras me llegaban como un eco lejano. Apenas lo escuchaba y solo veía el rostro de Cillian a través del velo: serio y decidido. Como si esto fuera algo que tenía que hacer y punto.

En ese momento supe que mi vida había cambiado para siempre. Cuando llegó el momento de decir "sí, acepto", mi voz tembló, porque sentí que se rompía junto con mi corazón. En cambio, Cillian lo dijo con firmeza.

Los aplausos fueron tímidos e incómodos. Los invitados sonreían creyendo que era Daniel quien me ponía el anillo, pero las dudas ya habían hecho su trabajo, la tardanza había dado de qué hablar y los rumores ya corrían por los pasillos. Yo ya estaba acostumbrada a lidiar con eso, así que lo único que pude hacer fue poner mi mejor cara y fingir que era el día más feliz de mi vida.

La boda terminó, pero no era la boda que yo había soñado. Solo podía pensar en Daniel y en su traición.

Al salir de la iglesia, el aire fresco me golpeó la cara como un recordatorio cruel de la realidad. Miré a Cillian, que caminaba a mi lado en silencio. No había alegría, no había celebración, solo ese contrato conveniente que nos unía.

—Esto no cambia nada —dije con frialdad, subiendo al auto blanco forrado de globos.

—Lo sé —respondió él—. Pero a partir de hoy, somos esposos —soltó tras sentarse a mi lado en los asientos traseros.

Cerró la puerta del auto con fuerza y le indicó al chofer con un gesto que arrancara. Lo miré de nuevo intentando descifrarlo. Cillian parecía fuerte y seguro, y aunque no quería admitirlo, una parte de mí sentía curiosidad por descubrir quién era realmente ese hombre que ahora llevaba el título de mi esposo.

Cillian se había mudado a otro estado en cuanto cumplió los dieciocho. Su independencia había marcado la relación con Daniel y el resto de la familia Rivera, pero siempre mantuvo el contacto necesario. Por eso Daniel no dudó en pedirle que viajara hasta la ciudad para ser uno de los padrinos de la boda a pesar de sus diferencias.

Nunca entendí del todo su relación. Eran gemelos casi idénticos, habían crecido juntos y sin embargo, no podían estar bajo el mismo techo sin discutir. Amor y odio. Todo mezclado. Ahora, para los invitados y la prensa, Cillian nunca había llegado a asistir, y pronto su rostro sería el que apareciera en las revistas en lugar del de su hermano.

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