Capítulo 3 Fingir

La casa de los Rivera estaba en silencio cuando crucé la puerta esa noche. Sujetaba los vuelos del vestido con pereza, y me aferraba al cansancio del día para no pensar en mi historia de amor fallida. Cillian caminó detrás de mí, serio, y sin decir nada. El casamiento había sido rápido e improvisado, y seguramente ya la prensa hablaba de "la unión entre dos imperios". Y los socios de la familia Rivas respiraban aliviados: el contrato se había cumplido, y la fusión empresarial seguía en pie.

Me dejé caer en el sofá del salón principal, me quité los zapatos y miré mis pies adoloridos. No podía creer que ahora estaba casada con Cillian, el hermano gemelo de Daniel, un hombre que apenas conocía.

—No tienes que quedarte aquí si no quieres —dijo él, rompiendo el silencio.

—¿Y dónde quieres que vaya? —respondí con un tono cargado de cansancio.

Él se sentó frente a mí e intentó mirarme a los ojos.

—Sé que esto no es lo que soñaste. Sé que no ha sido un día fácil para ti. Tampoco lo fue para mí. Pero tenemos que mantener las apariencias. Los inversionistas creen que este matrimonio asegura la unión de las familias. Si sospechan que todo es una farsa, los contratos se caen.

Otra vez sus motivos superficiales. Lo miré con rabia contenida.

—¿Y qué pasa conmigo? ¿Alguien pensó en lo que yo siento?Cillian bajó la mirada por un instante, pero luego volvió a mirarme con firmeza.

—Lo sé, no es justo. Pero si no lo hubiéramos hecho, tu familia también habría quedado en ridículo. La prensa habría dicho que Daniel te abandonó en el altar. ¿Imaginas el escándalo?

Cerré los ojos, podía imaginarlo perfectamente. Titulares crueles, rumores, miradas de lástima. No solo yo habría quedado marcada, también mi padre, cuya empresa dependía de la fusión con los Rivas.

—Entonces… ¿qué se supone que hagamos ahora? —pregunté en voz baja.

—Viviremos como esposos. Al menos de cara al mundo. Compartiremos esta casa, asistiremos juntos a los eventos, y fingiremos que todo es real.

Un escalofrío me recorrió la piel. Fingir un matrimonio con Cillian era una idea desquiciada. Apenas lo conocía más allá de las fotos familiares y breves encuentros. Siempre había sido "el hermano pródigo". El que estaba en segundo plano mientras Daniel brillaba. El que se fue, el que casi nunca venía, el que hablaba poco y sonreía menos.

—¿Y qué pasa si Daniel regresa? —pregunté con un hilo de esperanza.

—Entonces todo volverá a la normalidad —respondió él.

—No podría continuar casada con un hombre que me abandonó en el altar. Tendría que darme unas explicaciones muy fuertes para perdonarlo —aseguré mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.

—Estoy seguro de que si mi hermano hizo lo que hizo, fue por alguna razón de vital importancia. Él te amaba demasiado, aunque su amor al dinero pareciera opacar todo lo demás —me dijo Cillian, mirándome con compasión.

Casi le suelto una carcajada rabiosa por su comentario. ¿Amor al dinero? Daniel amaba el dinero más que a nada. Más que a mí, más que a su familia, más que a sí mismo. Y ahora lo había demostrado.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Afuera, las luces de la ciudad brillaban como si nada hubiera pasado, pero para mí ya todo había cambiado.

—No puedo creer que mi vida dependa de un contrato —murmuré.

Cillian se acercó despacio.

—No es solo tu vida, es la de todos nosotros. Mi padre tiene acuerdos millonarios con inversionistas extranjeros que también guardan relación con tu padre. Si la boda no se efectuaba, perderíamos confianza. Estaríamos envueltos en un escándalo. Y los inversionistas no querrían continuar con los negocios. Sabes perfectamente cómo funciona este mundo.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y por eso me obligaste a casarme contigo?

—No te obligué —respondió con calma—. Te di una salida.

Solté una risa amarga.

—Una salida que me ata más que nunca.

El silencio volvió a llenar la sala. Me abracé a mí misma intentando contener las lágrimas, y Cillian me observó sin una pizca de remordimiento. No quería que las cosas fueran así. Pero sabía que era la única manera de salvar a mi familia y mantener la reputación.

—Mañana habrá una cena con los socios —dijo, rompiendo el silencio—. Tenemos que asistir juntos.

—¿Ya empezamos con las apariencias tan rápido? —solté, torciendo los ojos.

—Sí. Y tenemos que hacerlo bien.

Lo miré fijamente. Sus ojos grises no se apartaban de los míos. Había algo en él que no lograba descifrar. Algo que me decía que Cillian no era tan simple como parecía. Que había más detrás de esa fachada seria y calculadora.

—¿Por qué lo haces? —pregunté—. ¿Por qué aceptaste casarte conmigo? Podrías haberte negado. Podrías haber dejado que todo se derrumbara.

Él tardó en responder. Miró hacia otro lado como si buscara las palabras correctas.

—Porque es mi familia —dijo finalmente—. Y porque… no podía dejarte sola en esto.

Sus palabras me tomaron por sorpresa, porque no esperaba eso, no esperaba que le importara. Pero de repente caigo en cuenta de que la única lógica que podría hallarle a sus palabras era que realmente él no las sentía.

—No te conozco —admití—. No sé quién eres realmente.

—Lo sé —respondió él—. Pero tenemos tiempo para conocernos. Al fin y al cabo, ahora somos esposos.

Odié la forma en que lo dijo. Con tanta calma, con tanta seguridad, como si todo estuviera bajo control. Como si mi vida no acabara de romperse en mil pedazos.

Pero también sabía que no tenía otra opción. Que estaba atrapada, y que mi vida ya no me pertenecía...

—Está bien —dije con un hilo de voz—. Pero no esperes que finja ser feliz todo el tiempo.

—No te pido eso —respondió él—. Solo te pido que no me odies tanto porque tenemos a una sociedad cruel encima.

Lo miré. Sus ojos grises seguían fijos en los míos. Había algo ahí, algo que no entendía, algo que me daba miedo. Porque por un segundo, solo por un segundo, sentí que Cillian me estaba escondiendo algo además de su falsa preocupación por la familia.

—Me voy a dormir —dije, caminando hacia las escaleras.

—Camila —me llamó.

Me detuve, pero no me volteé.

—Gracias —dijo él—. Por aceptar.

No respondí, solo seguí caminando. Subí las escaleras y me encerré en la habitación que me habían asignado. Me quité el vestido con esfuerzo, y luego me miré en el espejo. La mujer que veía no parecía yo, parecía alguien rota, alguien que acababa de perder al amor de su vida.

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