Capítulo 4 La copia descompuesta de mi ex

La habitación que me asignaron en la mansión de los Rivera estaba decorada con tonos cálidos, pero para mí era solo un recordatorio de que ahora vivía en una casa que no sentía mía. Me senté en la cama luego de colocarme un vestido de seda para dormir y miré el anillo en mi dedo. No era el que Daniel me había dado, sino uno nuevo, colocado por Cillian durante aquella boda improvisada. El recuerdo de Daniel me golpeó con fuerza. ¿Dónde estaba? ¿Por qué había desaparecido? ¿Me había engañado todo ese tiempo?Las lágrimas corrieron por mi rostro aunque no quería llorar, pero no podía evitarlo. Me acosté sobre las sábanas mirando hacia el techo, deseando no salir jamás de allí. Cerré los ojos pero no pude dormir, solo podía pensar en Daniel, en Cillian, en el contrato, en mi vida. En todo lo que había perdido y lo que estaba por venir. Pero un golpe en la puerta me hizo levantarme. Era Cillian.

—¿Puedo pasar?

Dudé, pero al ver su expresión preocupada finalmente abrí.

—¿Qué quieres?

Entró con cautela, consciente de que yo estaba atravesando un momento doloroso. Yo entendía que para él también estaba siendo difícil, pero la idea de sustituir a su hermano había sido absolutamente suya.

—Solo quería asegurarme de que estés bien —me dijo cruzándose de brazos con ese porte militar que siempre lo caracterizaba.

No conocía mucho a Cillian, pero las pocas veces que lo había visto siempre actuaba como si la vida fuera un juego simple, no mostraba interés por los sentimientos de los demás, y mucho menos se arrepentía de sus actitudes aunque fueran las peores.

Por eso solté una risa incrédula y caminé hacia un sillón de terciopelo junto a la ventana doble de cristal. Si pensaba que me había creído su falsa preocupación, estaba más que loco.

—¿Bien? ¿Crees que alguien puede estar bien después de lo que pasó hoy? —le contesté y él me miró sin inmutarse.

—No. Pero quiero que sepas que no solo se trata de ti, no es tu vida la única que va a cambiar a partir de hoy —gesticuló con las manos y luego las colocó en sus caderas—. No creas que me hace mucha gracia llevar este anillo —concluyó, mostrándome la alianza que nos unía como marido y mujer.

Bufé incrédula. No podía creer lo que estaba escuchando. Bueno, realmente si podía, no esperaba menos de dicho personaje.

—Pues si a ti no te hace gracia, no debiste ofrecerte a llevarlo puesto —contraataqué alzando una ceja—. Tampoco creas que me hace ilusión tener que vivir bajo el mismo techo que la copia descompuesta de mi ex.

Cillian abrió los ojos como si se le fueran a salir. Yo abía tenido el valor de llamarlo "copia descompuesta", y no me importó herir su ego en lo absoluto. Literalmente le restregué en la cara que no servía para nada, que no tenía valor, y que no se comparaba con su hermano, –ese que me había dejado plantada en el altar–, y esa frase lo alteró tanto que vi cómo apretaba los puños para contenerse. Pero en lugar de discutir, me mostró una sonrisa cerrada que parecía una advertencia.

—Lamentablemente tendrás que conformarte con esta copia descompuesta —dijo señalándose con la mano—. Solo espero que a partir de mañana sepas comportarte a la hora de referirte a tu esposo, porque a diferencia de Daniel, yo no tolero desafíos ni faltas de respeto.

Estaba segura de que este hombre no poseía el carácter extrovertido de Daniel; eran polos opuestos. Y a pesar de sus duras palabras, no iba a permitir que otro Rivera me arrebatara la poca cordura que me quedaba.

—No me conoces —dije con un suspiro.

—Tal vez no tanto como debería —respondió él—. Pero ahora tendremos tiempo.

—Si, como digas.

Me puse de pie nuevamente y me dejé caer agotada en la cama. Cillian se quedó de pie sin saber qué más decir, hasta que finalmente se giró hacia la puerta.

—Descansa. Mañana será un día largo.

(***)

La mañana siguiente me desperté con el sol entrando por la ventana. Me vestí con un vestido azul holgado que me llegaba a las rodillas y decidí llevar el pelo suelto tras haberlo lavado. Cillian ya me esperaba en el comedor. Vestía impecable y con un aire de seguridad que me sorprendió. No era solo el hombre despreocupado que pensaba, sino alguien que parecía preparado para cargar con el peso de la familia. Solo esperaba que los rumores que había escuchado sobre él no fueran tan ciertos, porque en ese caso las cosas no saldrían nada bien.

Daniel era el hijo responsable, el futuro CEO de la empresa familiar, y Cillian era... Un caos en persona, el hijo pródigo que no quería responsabilidades tan grandes, que no le interesaba formar una familia y mucho menos salvarle el pellejo a su hermano. Que se ofreciera a proteger nuestra reputación no me parecía un acto de bondad, sino una actitud demasiado sospechosa.

La madre de Cillian nos había recomendado no realizar la luna de miel. No tendría sentido, y además había demasiados pendientes tras la desaparición de Daniel, de los cuales ahora Cillian debía hacerse cargo.

—¿Lista? —preguntó dejando la taza de café sobre la mesa.

—No tengo opción —respondí torciendo los ojos.

Durante el desayuno, me explicó los detalles:

—Los socios quieren vernos juntos. Para ellos, este matrimonio es la garantía de que la fusión es real. Si sospechan que algo anda mal, retirarán su apoyo.

Lo escuché con atención. Poco a poco entendí que mi vida estaba atrapada en un juego mucho más grande que yo. No era solo un matrimonio, era un contrato empresarial, una fachada que debía sostenerse a toda costa, y descubrir los motivos reales de Cillian y el paradero de Daniel se convirtió en mi objetivo.

—¿Y si alguien pregunta por ti, o sea, Cillian? —pregunté acomodándome en la silla mientras me servía los panqueques.

—Diremos que está de viaje por negocios y por eso no pudo asistir a la boda. Nadie puede saber la verdad.

Asentí. Aún no lograba pasar más de una hora sin derramar lágrimas. Todo en esa casa me recordaba a Daniel, y no quería imaginar el momento en el que nuestros familiares comenzaran a visitarnos. Solo mi madre y la de Cillian conocían la verdad, así que debía poner mi mejor cara en cuanto nuestra vida de casados comenzara a ser pública.

—Quería informarte sobre mi trabajo —le mencioné antes de que se pusiera de pie—. Me he tomado unas vacaciones, para tener tiempo de asimilar todo esto —le digo mientras me preparo un poco de jugo—. Pero el mes que viene, si Daniel aún no ha aparecido y está farza sigue en pie, deberás asistir a la apertura de la nueva tienda, para hacer junto a mi el corte del listón y todo eso...

—Eso no será un problema —dijo y se puso finalmente de pie.

No me hacía mucha ilusión compartir ese momento tan especial para mí negocio con él. Se suponía que ese día debía ser Daniel mi acompañante, y saber que ahora ya todos nuestros planes estaban destruidos me oprimía el pecho.

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