Capítulo 5 Reunión

La mañana había amanecido gris sobre la ciudad. Los días lluviosos nunca fueron de mi agrado, porque el frío que provocaban me causaba malestar en los huesos.

Sentía un nudo en el estómago que se había instalado allí desde que mi vida había cambiado, porque lo había hecho de manera tan radical que aún me costaba procesarlo.

Cillian conducía en silencio, con una mano relajada sobre el volante y la otra descansando sobre la palanca de cambios. Vestía un traje azul marino perfectamente cortado que, por alguna razón inexplicable, le sentaba mejor que a Daniel. Era extraño pensar en eso, porque durante años había creído que conocía cada detalle de mi prometido. Pero ahora, sentada junto a su gemelo, me daba cuenta de que había matices, diferencias sutiles que antes no había notado.

—Llegamos —anunció Cillian, estacionando el auto en el lugar reservado para el director ejecutivo de la empresa.

Respiré hondo antes de abrir la puerta. Al bajarnos nos adentramos a la recepción para caminar hacia los ascensores.

—Recuerda —dijo Cillian en voz baja mientras esperábamos que el ascensor abriera—, sonríe. La gente está observando.

—Lo sé —respondí con sequedad cruzando las puertas.

Las puertas del ascensor se abrieron y ambos entramos al vestíbulo principal del edificio corporativo. Sentí inmediatamente el peso de las miradas sobre nosotros. Los empleados que cruzaban el amplio espacio de mármol blanco se detenían, sonreían y se acercaban para felicitarnos.

—¡Señor Rivera! ¡Felicidades!

—¡Qué boda tan hermosa debió ser!

—¡Felicidades a ambos! ¡Qué pareja tan perfecta hacen!

Sentí cómo mi sonrisa se volvía cada vez más rígida con cada felicitación. Aceptaba apretones de manos, asentía con la cabeza, murmuraba agradecimientos que sonaban huecos incluso para mis propios oídos. A mi lado, Cillian interpretaba su papel con una naturalidad que resultaba casi ofensiva. Sonreía, estrechaba manos, hacía comentarios corteses sobre lo agradecidos que estábamos por las muestras de cariño.

Cuando finalmente logramos llegar al ascensor privado que nos llevaría al último piso, sentí que podía respirar nuevamente. Las puertas se cerraron y el silencio nos envolvió, roto únicamente por el suave zumbido del mecanismo ascendente.

—Acércate más —dijo Cillian de repente.

Lo miré con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Que te acerques más —repitió él, sin mirarme directamente—. Tal como estás, más que una pareja recién casada parecemos dos extraños que comparten un ascensor por casualidad. Y para ser honesto, pareces tenerme miedo. Eso no es precisamente lo que se espera de una luna de miel.

Torcí los ojos pero di un paso lateral hacia él, manteniendo la vista al frente. No estaba de humor para sus comentarios.

Entonces sentí el brazo de Cillian deslizarse detrás de mi espalda baja, y su mano se posó alrededor de mi cintura con una familiaridad que me hizo tensarme inmediatamente. Cada músculo de mi cuerpo se puso en alerta, pero me obligué a mantener la compostura. No le daría la satisfacción de verme retroceder.

—Así está mejor —murmuró él, y había algo en su tono que sonaba casi como una advertencia.

Las puertas se abrieron en el último piso, revelando un vestíbulo elegantemente decorado con obras de arte abstracto y un escritorio de recepción de caoba. Detrás de él estaba sentada una mujer de mediana edad, con el cabello gris recogido en un moño alto y unos anteojos de marco dorado que le daban un aire de eficiencia severa.

—¡Señor Rivera! —exclamó la secretaria levantándose de inmediato—. Qué alegría verlo de regreso. Y usted, señora Rivera, está radiante. Permítanme felicitarlos nuevamente por su boda. Fue una ceremonia preciosa, según me contaron.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna. "Señora Rivera". El título sonaba extraño en labios de aquella mujer que claramente creía estar hablando con Daniel.

—Gracias, Margaret —respondió Cillian con una sonrisa cordial—. ¿Los inversionistas ya llegaron?

—Sí, señor. Están todos en la sala de juntas esperándolos. Si me permiten, los guío.

Margaret nos condujo por un pasillo alfombrado hasta una puerta doble de vidrio esmerilado. Al abrirla, vi una sala amplia con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. En el centro había una mesa larga de cristal oscuro alrededor de la cual estaban sentadas aproximadamente diez personas, todas vestidas con trajes formales de tonos oscuros.

Todos se pusieron de pie en cuanto entramos.

—Señor Rivera —dijo un hombre mayor, de cabello completamente blanco y expresión afable—, es un placer verlo nuevamente. Y usted, señora, qué honor tenerla aquí.

Cillian estrechó la mano del hombre y luego procedió a saludar a cada uno de los presentes con una seguridad que yo no había anticipado. Se movía por la sala como si hubiera nacido en ella, como si cada paso que daba fuera exactamente donde debía estar.

—Por favor, tomen asiento —dijo finalmente, indicando las sillas.

Me senté junto a él, manteniendo la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo. Mi vestido azul pastel contrastaba con los tonos oscuros predominantes en la sala, y me sentí repentinamente expuesta.

—Antes de comenzar —intervino otro de los inversionistas, un hombre de mediana edad con el cabello entrecano—, permítanme expresar lo satisfechos que estamos con esta fusión. La unión de ambas empresas no solo representa un avance significativo en el mercado, sino que proyectamos un margen de ganancias del treinta y cinco por ciento para el próximo año fiscal.

Observé cómo Cillian asentía lentamente, procesando la información.

—La sinergia entre nuestros sectores —continuó el hombre— ha sido extraordinaria. Y debo decir que la boda fue el toque perfecto. Presentar la fusión como una consecuencia natural de la unión familiar ha sido una estrategia impecable para evitar especulaciones innecesarias.

Sentí que las palabras me golpeaban el pecho. Era cierto. Esa había sido la idea desde el principio, presentar la fusión como una celebración del amor entre nuestras familias, no como el rescate desesperado que realmente era. La empresa de mi padre había estado al borde de la quiebra, y Daniel —el verdadero Daniel— había ofrecido la solución. Aunque nuestro matrimonio era real, totalmente real, ambos deseábamos casarnos, o bueno, al menos yo si lo deseaba, y pensé que el también.

Recordé aquella noche, cuando mi padre llegó a casa con los ojos enrojecidos y los hombros caídos. Recordé cómo mi madre había intentado consolarlo, repitiendo una y otra vez que todo estaría bien, aunque ninguno de los dos creía realmente esas palabras. Y recordé cómo yo, desesperada, le había contado todo a Daniel al día siguiente.

"Podemos fusionar las empresas", había dicho él, con esa sonrisa tranquilizadora que siempre me hacía sentir que todo era posible.

"Los inversionistas lo apoyarán si lo presentamos correctamente. Solo necesitamos darles una razón para creer que es beneficioso para todos."

Y la razón había sido yo. Mi boda. El cuento de hadas que todos esperaban ver.

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