Capítulo 6 Discusión ardiente
—La empresa del señor Hart —continuó otro inversionista, refiriéndose a mi padre— ha mostrado una recuperación notable desde que se anunció la fusión. Los acreedores han renovado su confianza, y las proyecciones son extremadamente positivas.
Apreté los labios. "Recuperación notable". "Confianza renovada". Palabras elegantes para describir cómo mi familia había sido salvada de la ruina. A pesar de que la boda se había efectuado recientemente, la fusión se había concretado desde el momento en que Daniel había previsto la fecha de la boda, así que durante tres meses ambas empresas ya trabajaban como una sola.
—Tenemos varios puntos importantes que discutir hoy —dijo Cillian, tomando el control de la conversación con una naturalidad que me sorprendió—. Primero, la integración de los equipos de operaciones. Segundo, la reestructuración de la deuda de Hart Industries, y tercero, las proyecciones de expansión para el próximo trimestre.
Lo observé mientras hablaba, mientras presentaba cifras, mientras respondía preguntas con precisión y seguridad. Daniel siempre había sido el cerebro financiero de la familia, el heredero preparado para tomar las riendas del imperio Rivera. Pero ahora, viendo a Cillian desenvolverse en ese mundo con tanta facilidad, me pregunté si acaso no había subestimado al gemelo que siempre había permanecido en las sombras.
—Si me permiten —dijo Cillian, señalando un documento en la pantalla—, he preparado un análisis detallado de los flujos de efectivo proyectados para los próximos dieciocho meses. Como pueden ver, la fusión nos permite optimizar recursos en áreas clave como logística y distribución, lo que se traduce en un ahorro estimado del doce por ciento en costos operativos.
Los inversionistas asentían, tomando notas, intercambiando miradas de aprobación. Me encontré observando a Cillian con una atención renovada. La forma en que gesticulaba, la seguridad en su voz, la manera en que anticipaba las preguntas antes de que fueran formuladas... Nada de eso coincidía con la imagen que siempre había tenido de él.
Cillian era el hermano rebelde, el que había rechazado el camino trazado por su familia, el que aparecía en las reuniones navideñas con historias vagas sobre "negocios" que nunca nadie entendía del todo. Y sin embargo, allí estaba, dirigiendo una reunión con inversionistas multimillonarios como si lo hubiera hecho toda su vida.
—Excelente trabajo, señor Rivera —dijo el hombre mayor cuando la reunión llegó a su fin—. Debo admitir que cuando su padre nos presentó la propuesta de fusión, tenía mis dudas. Pero verlo dirigir esta transición con tanta competencia me hace sentir completamente tranquilo. Su familia está en buenas manos.
Cillian inclinó la cabeza modestamente.
—Aprecio sus palabras, señor Thompson. No los defraudaremos.
Los inversionistas fueron saliendo uno a uno, estrechando manos, intercambiando comentarios corteses. Cuando la puerta se cerró detrás del último de ellos, dejé escapar un suspiro que no había sabido que estaba conteniendo.
—Lo hemos hecho muy bien —dijo Cillian, aflojando el nudo de su corbata.
Lo miré, y por un momento, la máscara de seguridad que había mantenido durante toda la reunión se resquebrajó.
—¿Has tenido noticias de Daniel?
Cillian negó con la cabeza.
—No. Sigue desaparecido.
—No lo entiendo —murmuré, más para mí misma que para él—. El día antes de la boda me prometió amor eterno. Me dijo que no podía esperar para pasar el resto de su vida conmigo. ¿Cómo puede alguien decir eso y al día siguiente...?
Cillian se encogió de hombros con una despreocupación que me resultó casi insultante.
—Seguramente se dio cuenta de que una vez casado su vida iba a cambiar muchísimo. Supongo que decidió que no valía la pena.
Sentí que algo se encendía dentro de mí. Mi expresión se transformó.
—¿A qué te refieres con eso? —pregunté con la voz afilada.
Cillian me miró con una ceja arqueada.
—No estoy insinuando nada. Solo digo que quizás mi hermano comprendió por qué yo nunca he querido casarme. El amor solo nos quita libertad.
—Claro —respondí con amargura—. Porque tú eres el experto en relaciones, ¿verdad? El hombre que va por la vida sin ataduras, sin responsabilidades, sin importarle nada más que su propia comodidad. Qué fácil debe ser juzgar a los demás desde esa torre de egoísmo en la que vives.
Cillian sonrió, y había algo peligroso en esa sonrisa.
—Al menos mi torre tiene vistas interesantes. No como la tuya, que parece construida con ilusiones rotas y promesas vacías.
—Eres un miserable —sisé, dando un paso hacia él.
—Y tú eres una ingenua que creyó que un hombre como mi hermano podía amarte de verdad.
Otro paso.
—Daniel me amaba.
—Daniel amaba la idea de tener una esposa perfecta. Una que sonriera en las fotos, que organizara cenas elegantes, que le diera herederos. No a ti.
—¿Y tú qué sabes de lo que sentía? —estaba ahora a centímetros de él, con los ojos brillantes de furia.
—Más de lo que crees —respondió Cillian, y su voz había bajado a un murmullo.
—Me habías dicho que sabías que me amaba.
—Solo quería que le bajaras tres líneas a tu depresión post abandono.
Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, podía ver las motas doradas en sus iris, podía percibir el aroma de su colonia mezclado con algo más, algo que me resultaba inexplicablemente familiar.
Y en ese momento, alguien tocó la puerta.
—¿Está todo bien? —preguntó la voz de Margaret desde el otro lado.
Di un paso atrás como si hubiera sido quemada. Torcí los ojos, tomé mi bolso y salí de la sala a pasos decididos, sintiendo los pasos de Cillian detrás de mí.
—No armes escenas —dijo él cuando me alcanzó en el ascensor.
—Entonces ahorrate tus comentarios venenosos y déjame en paz —respondí sin mirarlo.
Caminé molesta sin importarme las miradas de los empleados. Me metí al ascensor ignorando la presencia de Cillian y descendimos en silencio hasta el auto, hasta las calles de la ciudad, y hasta que finalmente hablé nuevamente.
—Ahora debemos visitar a mis padres.
Cillian asintió sin decir palabra.
