Capítulo 1 PRÓLOGO

ARIELE NOWAK

EN ALGÚN LUGAR

UN AÑO DESPUES DEL DIVORCIO

He intentado por todos los medios levantarme de la cama, seguir con mi vida así como él lo hizo con la suya. Sin embargo, un año después de su partida, sin decir absolutamente nada dejando sobre la mesa una orden de divorcio en una carpeta, ya no se lo que es respirar con normalidad.

Me enamoré de Viktor Cotroni, desde el primer día que mis ojos lo vieron. Un hombre alto, musculoso, de ojos azules tan intensos que mirarlo se convertía en una travesía irreal, absorbiendo cada centímetro de mi alma. Pero, fui una tonta, ingenua e inmadura al confiar completamente en sus palabras. Le entregue mi corazón a un hombre exitoso y con un futuro asegurado como el gran heredero de la fortuna Cotroni.

Aún así nada de eso importaba siempre y cuando pudiera tener la dicha de levantarme y ver esa hermosa mirada. No comprendo cómo no pude darme cuenta que ese matrimonio solo sería un fracaso a futuro, no imaginaba el dolor que me causaría. No fue mi culpa, no lo busqué, el amor que sentía por él era tan genuino, tan real que ahora mismo es lo que me hace saber que me estoy muriendo lentamente de amor por alguien que ha desaparecido como si nunca hubiera existido.

— ¡Ariele! — reconozco la voz de mi hermana mayor afuera  — ¡Abre esa maldita puerta!

No he visto a mi hermana desde hace un año, justamente el tiempo que llevo escondiendome aquí. Prometí que nos veríamos cuando pudiera y no sintiera un vacío en mi pecho. Pero, este dolor me acompañará por el resto de mi vida. Todo esto me alejó de aquello que llamaba mi lugar feliz y una de esas cosas importantes era mi hermana.

Su partida me destrozó, quitandome las ganas de seguir viviendo, sin hogar, sin amigos y lo más importante, sin sueños. Esos, que me despertaban cada mañana y por los que daba pequeños brinquitos alrededor de mi madre, contándole que cuando fuera mas grande seria una de las mujeres más importantes en el mundo de la publicidad. Sin embargo, nada de eso pasaría, ya que él me arrebató ese sueño de las manos.

— ¡Ari, que me abras la puta puerta ahora mismo! — insiste, golpeando desesperada y con las pocas ganas que me quedan, me levanto solo para decirle que se vaya.

El alma cruje bajo mi pecho y vuelvo a sorber por la nariz. Trago grueso e inhalo una bocanada de aire tomando las fuerzas que necesito para hablar.

— Elena, vete de aquí — suplico y espero que mi voz se escuche calmada y esconda mi dolor — Solo quiero estar sola.

Sin respuestas, le doy la espalda a la puerta que llevo un año sin abrir con la esperanza que ella entienda y se vaya. Pero, no me hace caso y antes de llegar a mi habitación un estruendo hace volar la puerta de golpe. Me sobresalta y mi espalda golpea la pared. Veo a mi hermana caminar hacia mí con pasos firmes y los rasgos tensos, dibujando la preocupación en sus bonitos ojos color verde.

— Ena… — susurro el diminuto sobrenombre con un hilo de voz.

— ¡No te atrevas! — se acerca y ahora veo cómo le tiembla la barbilla conteniendo el llanto — ¡No quiero que trates de convencerme! — respira y continua — Ahora lo que quiero es golpearte por alejarme de esa manera de ti — aprieto las manos a los costados de mi cuerpo obligándome a no ceder.

— Lo… siento — balbuceo con todo el dolor de mi alma — Solo quiero estar sola, por favor vete.

Niega con la cabeza y por encima de su hombro veo a su esposo, quien asiente a modo de saludo conservando la distancia entre las dos lo que desencadena y agranda el dolor en mi pecho.

— Pequeña, no me iré a ningún lado — aprecio su bonita cara ahora manchada por las lágrimas derramadas — No me sigas alejando, ya no puedo soportar saber que estas… — no puede terminar la frase, pero sus ojos me recorren entera.

Reconozco muy bien mi aspecto, cada tanto me miro en él espejo por las mañanas y se cuanto he perdido peso, las ojeras que marcan mis tristes ojos, el estado deplorable de mi pequeño y asqueroso hogar en donde me he quedado estos últimos meses y la vestimenta digna de una pordiosera. Da otro paso adelante y me muevo para que no me toque, si lo hace, definitivamente me voy a desplomar.

— ¿Ya no puedo abrazar a mi hermanita? — ese tono sutil y cariñoso que utiliza, martillea mi corazón ya herido y niego frenéticamente.

— Por favor, ve con tu esposo — trago con dificultad las palabras — Yo estaré bien — vuelvo a darle la espalda para que entienda que quiero que me deje sola en mi habitación.

No he dado más que un par de pasos cuando se lanza hacia mi y sus brazos me rodean sosteniéndome. Me abraza con fuerza como si no quisiera que de un paso más porqué la está matando. De inmediato, el tacto me rompe, mi corazón se fractura un poco más de lo que ya estaba y me derrumbo, pierdo la estabilidad de mis piernas temblorosas y caigo al suelo golpeando mis rodillas en el acto, con mi hermana detrás de mí.

— Jamás volveré a soltarte — su voz tiembla a través de mis oídos y puedo sentir su angustia — Odio tanto lo que te ha hecho, en lo que te has convertido… ¡Lo odio!

Se perfectamente de quien me habla y en el fondo agradezco que no mencione su nombre. Siento que si lo escucho una vez más salir de los labios de cualquiera, sería definitivamente mi fin. No me suelta como lo prometió y cuando me abalanzo hacia ella, me regala el abrazo más reconfortante de todos y la miro a los ojos para decirle por última vez lo que siento.

— Déjame aquí — suplico — Solo… déjame morir aquí — rápidamente niega, apretando los labios para que no le tiemblen y veo mi dolor, reflejado en sus bonitos iris verdes.

— Voy a sacarte de este horrible lugar — determina — Vas a vivir, te juro que voy a revivir a mi pequeña soñadora y volverás a sonreír.

— Eso nunca sucederá, Ena — susurro con apenas un hilo de voz.

— Lo harás pequeña, lo harás — nuevamente me abraza.

Me abraza y odio tener que arrastrarla a la basura en la que he convertido mi vida. Quisiera rogarle que ya no vale la pena, que no tiene que preocuparse por mí, pero estoy tan rota, herida y lastimada que me quedo sin palabras. Por encima de su hombro veo a su esposo, tan serio como siempre y asintiendo como si diera su consentimiento desde la distancia y hundo mi cara en el pliegue del cuello de mi hermana, dejando salir todo.

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