Capítulo 2 El peso de la mirada
Sofía permaneció inmóvil varios minutos después de que la puerta se cerrara. El aceite todavía le brillaba en los dedos. El aroma de almendras mezclado con la piel de Adrián Varela se había adherido a ella como una segunda piel, imposible de ignorar. Se lavó las manos dos veces con jabón neutro, frotando con fuerza hasta que la piel le ardió, pero el recuerdo del calor de él seguía intacto bajo las uñas, en la memoria de las yemas.
Respiró hondo. Una, dos, tres veces. El control debía regresar. Ella no era una adolescente. No era una de esas mujeres que se deshacían por un cuerpo marcado y una reputación peligrosa. Era profesional. Tenía un contrato que proteger y un pasado que no podía permitirse repetir.
Salió de la sala de fisioterapia con la espalda recta y el maletín firmemente sujeto. El pasillo conducía directamente hacia la pista. El frío la golpeó apenas cruzó las puertas dobles. El aire cortaba la garganta, limpio y seco, cargado del sonido metálico de las cuchillas sobre el hielo. El equipo ya estaba sobre la superficie blanca, moviéndose en formaciones precisas, el crujido de los bastones y el golpe sordo de la pastilla llenando el espacio.
Sofía se situó junto a la banquilla técnica, a una distancia prudente. Desde allí podía observar sin interferir. O eso intentaba.
Adrián Varela era imposible de ignorar.
Se desplazaba sobre el hielo con una gracia brutal, casi animal. Cada embestida, cada giro, cada parada brusca revelaba el poder contenido en aquellos músculos que ella acababa de tocar. El hombro derecho lo protegía apenas, pero no lo suficiente para que cualquiera notara la molestia. Solo Sofía, que había sentido la tensión exacta bajo sus dedos, podía ver la mínima rigidez cuando giraba hacia ese lado. La forma en que el pecho se elevaba bajo la camiseta de entrenamiento, el sudor que ya empezaba a brillar en su nuca, la concentración feroz en el rostro… todo ello la mantenía clavada en su sitio.
Él levantó la vista en un momento dado. La encontró.
No fue casualidad. Adrián la buscó deliberadamente entre el personal técnico, y cuando sus ojos se encontraron a través del cristal protector, Sofía sintió el mismo golpe eléctrico del matinal. Él no sonrió. Solo la sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario, lo suficiente para que el frío de la pista se volviera irrelevante frente al calor que le subió por el cuello.
Sofía apartó los ojos primero. El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Se obligó a concentrarse en las notas que debía tomar, en el rango de movimiento de los demás jugadores, en cualquier cosa que no fuera la forma en que el pantalón de entrenamiento se ceñía a los muslos de Adrián cuando se agachaba para recuperar la pastilla.
El entrenamiento se alargó. Ella permaneció allí, quieta, profesional, mientras por dentro una guerra silenciosa se libraba. Cada vez que él pasaba cerca de la banquilla, el aire parecía cambiar. El olor a esfuerzo, a hielo derretido y a hombre la alcanzaba en oleadas. Recordaba la textura de su piel bajo el aceite, el sonido bajo que había soltado cuando ella presionó más profundo, la forma en que su respiración se había alterado.
«Esto es absurdo», se dijo. «Es un paciente. Un paciente con fama de destrozar lo que toca. Nada más».
Pero el cuerpo no escuchaba razones.
Cuando el silbato final sonó y los jugadores empezaron a abandonar la pista, Sofía se preparó para regresar a la sala. Necesitaba distancia. Necesitaba el olor a mentol y a sábanas limpias para borrar el de él. No tuvo tiempo.
Adrián se detuvo frente a ella, todavía con los patines puestos, el casco bajo el brazo. El cabello húmedo le caía sobre la frente. El pecho subía y bajaba con la respiración agitada del esfuerzo. Una gota de sudor se deslizó por su sien y bajó hasta la mandíbula.
—Mendoza —dijo, la voz más ronca por el ejercicio—. El hombro sigue tenso.
No era una pregunta. Era una invitación disfrazada de necesidad profesional.
Sofía sostuvo su mirada con la mayor frialdad que pudo reunir.
—Debería haber aplicado hielo inmediatamente después del entrenamiento. Se lo indiqué.
—Prefiero tus manos.
La frase quedó suspendida entre ambos, densa, peligrosa. Alguien del equipo pasó junto a ellos y soltó un comentario bajo que Sofía no alcanzó a escuchar. Adrián no apartó los ojos de los de ella.
—La sala está libre —continuó él, más bajo—. Cinco minutos. Solo para soltar lo que se volvió a trabar.
Sofía debería haber negado. Debería haber citado el protocolo, el tiempo de descanso, cualquier excusa. En cambio, asintió una sola vez y se giró hacia el pasillo. Sintió su presencia detrás de ella todo el camino, el sonido metálico de los patines sobre el suelo de goma, la respiración todavía alterada.
Dentro de la sala, el silencio regresó como una losa. Adrián se sentó en la camilla sin que ella se lo pidiera. Se quitó la camiseta con un solo movimiento y la lanzó sobre una silla. El torso volvió a quedar expuesto, ahora brillante de sudor, los músculos todavía contraídos por el esfuerzo reciente. El hombro derecho mostraba una leve inflamación mayor que por la mañana.
Sofía se acercó. Esta vez no preparó aceite. Solo usó las manos desnudas. El contacto piel contra piel fue inmediato, crudo, sin la barrera resbaladiza de antes. Adrián inhaló bruscamente cuando sus dedos se posaron sobre la zona sensible.
—Más profundo —pidió.
Ella obedeció. Los pulgares se hundieron en el músculo con precisión. Podía sentir cada fibra, cada nudo de tensión. Trabajó en silencio, concentrada, pero era imposible ignorar la cercanía. El calor de su cuerpo le llegaba en oleadas. El olor a esfuerzo limpio y a hombre le llenaba la nariz. Cada vez que él exhalaba, el aliento le rozaba el brazo.
Adrián no cerró los ojos esta vez. La miraba. Fijamente. Como si intentara memorizar la forma en que se mordía el labio inferior cuando encontraba un punto especialmente duro, la pequeña arruga de concentración entre sus cejas, la manera en que el pecho de ella se elevaba un poco más rápido de lo normal.
—Tienes miedo de mí —dijo de pronto, la voz baja, casi íntima.
Sofía no levantó la vista.
—No tengo miedo de mis pacientes.
—Mentira. —Sus dedos se movieron apenas, lo suficiente para rozar la muñeca de ella—. Lo veo en cómo me tocas. Como si yo fuera a romper algo.
Ella detuvo el movimiento. El silencio se espesó. Podía sentir el pulso de él bajo sus dedos, acelerado. O tal vez era el suyo, latiendo desbocado en las sienes, en la garganta, más abajo.
—Usted no sabe nada de mí —respondió, y odió cómo le tembló un poco la voz.
Adrián inclinó el cuerpo hacia adelante. La diferencia de altura desapareció. Su rostro quedó a escasos centímetros del de ella. Podía ver las motas más oscuras en el gris de sus ojos, la sombra de la barba que empezaba a asomar, la forma en que los labios se entreabrían con cada respiración.
—Entonces demuéstramelo —susurró—. Tócame como si no tuvieras miedo.
Sofía debería haberse apartado. Debería haber terminado la sesión, haberlo mandado a aplicar hielo y haber cerrado la puerta. En cambio, sus manos se movieron. Más firmes. Más seguras. Deslizó los dedos desde el hombro hacia el pectoral, sintiendo el músculo contraerse bajo la presión. Adrián soltó un sonido bajo, gutural, que le provocó un calor inmediato entre las piernas. Ella apretó los muslos. Continuó. Trabajó el pecho con movimientos circulares, bajando un poco más de lo estrictamente necesario, rozando casi el costado de la costilla. La piel de él estaba ardiente. El sudor se mezclaba con el calor de sus manos.
El aire se volvió espeso. Cada respiración de Adrián era más profunda. Cada exhalación de Sofía más controlada, más fingida. Ella podía sentir el deseo creciendo en el espacio mínimo que los separaba, un deseo que no tenía nombre todavía, pero que ya quemaba.
Cuando por fin retiró las manos, ambas respiraban de forma irregular.
—Terminado —dijo ella, la voz más baja de lo que pretendía—. Hielo. Ahora.
Adrián no se movió de inmediato. La miró un segundo más, largo, intenso, como si estuviera decidiendo algo. Luego se puso de pie. La cercanía volvió a ser casi insoportable. El pecho desnudo a centímetros de su camisa. El olor de él envolviéndola por completo.
—Gracias, Sofía —dijo, y esta vez su nombre sonó distinto. Más personal. Más peligroso.
Se puso la camiseta con calma, sin dejar de mirarla, y salió de la sala. La puerta se cerró otra vez.
Sofía se apoyó en el borde de la camilla. Las piernas le temblaban. El espacio entre sus muslos latía con una intensidad que la avergonzaba. Se pasó una mano por la cara, intentando recuperar el aliento, intentando recuperar el control que se le escapaba entre los dedos como agua.
En el pasillo se oían las voces del equipo, las risas, la normalidad. Dentro de la sala, Sofía Mendoza se dio cuenta de una verdad helada y ardiente a la vez:
El hielo de la pista no era lo único que empezaba a derretirse.
