Capítulo 2 La risa del pasillo
La risa del pasillo
No dormí.
El techo dejó de ser techo y se volvió una pantalla donde se proyectaba, una y otra vez, esa risa. No era una carcajada. Era peor: un sonido íntimo, contenido, el tipo de risa que se le escapa a una mujer cuando el hombre que tiene enfrente acaba de decir algo que solo ellos dos entienden.
A las cinco y veintidós la luz cambió. El cielo de Santiago se puso de ese color gris perla que no es noche ni día. Me levanté. La seda de la bata se me había pegado a la piel con el sudor frío de las horas en vela. Me cambié por un vestido simple, color arena, el pelo recogido. Quería verme como lo que se supone que era: la dueña de esa casa. No una niña con tul.
Bajé descalza hasta el descansillo.
La puerta del estudio estaba entreabierta.
El corazón me dio un golpe seco, traidor, ese golpe que todavía esperaba encontrar a Erick solo, con una explicación decente, con una frase que yo pudiera guardar bajo la almohada. Apoyé los dedos en la madera. Empujé.
No estaba solo.
Camila Reyes tenía el saco de él sobre los hombros.
La reconocí enseguida. No porque la hubiera visto muchas veces —tres, tal vez cuatro, en reuniones previas a la boda—, sino porque el cuerpo recuerda lo que la vanidad no quiere admitir. Alta. Rubia oscura. La clase de belleza que no pide permiso. Tenía los zapatos en una mano y el teléfono en la otra, y reía ahora sí con la boca tapada, hablando bajo:
—…no, todavía duerme. No va a bajar. Ya te dije que esto no cambia nada.
Erick no estaba.
El estudio olía a él: madera, café, esa nota seca de su colonia. En el respaldo del sillón había una corbata desanudada. En la mesa baja, dos copas. Una con un resto de whisky. La otra, con el pintalabios marcado en el borde.
Camila alzó la vista.
No se sobresaltó. Eso fue lo primero que entendí de ella: yo no era una sorpresa. Era un horario.
—Señora Valdés —dijo, y la palabra “señora” le quedó en la boca como un caramelo que no quería. Se quitó el saco con una lentitud estudiada y lo dejó sobre el sillón—. Felicidades. Ayer no pude acercarme. Había tanta gente.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Mi voz sonó más firme de lo que yo estaba. Gracias a eso.
Ella sonrió apenas.
—Trabajo. Erick tenía una conferencia a las seis con Singapur. Alguien tenía que dejarle los papeles y el café. Yo soy esa alguien desde hace dos años.
Dos años.
Dos años era anterior al anillo. Anterior al tul. Anterior a la firma.
—A las cinco de la mañana —dije.
—El mundo no se detiene porque uno se case —respondió ella, calzándose los zapatos—. Usted lo entenderá. Con el tiempo.
Pasó junto a mí. El perfume era el mismo que yo había olido en el pasillo: algo blanco, caro, demasiado cerca de la piel. En el umbral se detuvo, como si hubiera olvidado un gesto de cortesía.
—Él pidió que no lo despierten. Cuando baje, dígale que la carpeta roja está sobre el escritorio. La azul se la llevo yo.
Se fue.
El clic de sus tacones bajando la escalera me duró más que la boda entera.
Me quedé en el estudio hasta que las rodillas me pidieron sentarme. No me senté en el sillón. Me senté en el borde de una silla dura, con las manos sobre las rodillas, mirando las dos copas. El pintalabios era un rojo profundo, de esos que no se pegan a la copa por accidente: se pegan porque la boca se apoya con ganas.
Doña Marta apareció en la puerta con una bandeja.
Me vio. Bajó los ojos. La bandeja tembló un milímetro.
—Desayuno en el comedor oriente, señora. El señor… el señor Erick desayuna en la oficina los lunes.
Era domingo.
No lo corregí.
—Gracias —dije.
En el comedor oriente había un solo cubierto. El mío. El diario económico doblado a la izquierda, como si alguien hubiera previsto que yo necesitaba compañía de papel. Comí dos cucharadas de yogur. El resto lo empujé. El anillo chocaba contra la cuchara con un tintineo ridículo, de niña jugando a las casadas.
A las once él bajó.
Traía el pelo húmedo, la camisa blanca sin corbata, el reloj que yo le había regalado —un gesto mío, tonto, enviado a su oficina la semana anterior— puesto en la muñeca. El corazón me hizo lo de siempre: ese salto antiguo, esa estupidez fiel.
—Buenos días —dije.
Él asintió.
Fue hasta la cafetera. Se sirvió. No preguntó si yo había dormido. No mencionó la cama vacía. No mencionó el ala este. El silencio otra vez, sentado entre nosotros con las piernas cruzadas.
—Anoche —empecé.
Las dos palabras se me quedaron colgando. Él se volvió. La taza en la mano. La ceja apenas arqueada, no como quien se interesa: como quien calcula cuánto va a durar la molestia.
—Había alguien en el estudio —dije.
—Camila.
El nombre salió sin culpa. Sin pausa. Como se nombra al mayordomo o al chofer.
—A las cinco de la mañana.
—Trabaja conmigo. El huso de Singapur no respeta bodas, Lisa.
Lo miré. Quise encontrar en esa cara una grieta. Un rubor. Un segundo de decencia. Encontré la misma pared de la iglesia.
—Las copas —dije—. El pintalabios.
Erick dejó la taza sobre el mármol. El sonido fue limpio, caro.
—No hagas preguntas que no quieres que te responda.
Ahí. Ahí me partió.
No fue un grito. Fue peor. Fue la cortesía de quien te concede el derecho a mirar para otro lado y te avisa, con educación, que si insistes vas a ver algo que no podrás desver.
Sentí el calor subiéndome por el cuello, no de vergüenza: de una rabia tan nueva que no le había puesto nombre. Apreté el anillo contra la palma hasta que el metal se clavó.
—Soy tu esposa.
—Lo eres —concedió él—. Eso no te da acceso a mi agenda. Ni a mi estudio. Ni a las personas que hacen que esta empresa no se caiga.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿Qué hago que no se caiga?
Por primera vez en veinticuatro horas, algo se movió detrás de sus ojos. No fue ternura. Fue irritación. La irritación de un hombre al que le recuerdan una cláusula que preferiría no leer en voz alta.
—Tú firmaste —dijo—. Yo firmé. Las familias están tranquilas. Tu padre puede dormir. El mío también. Eso es lo que “no se cae”.
Se adelantó para pasar junto a mí. El olor de su colonia me golpeó la boca del estómago, esa traición del cuerpo que todavía lo quería cerca. Me detuvo un segundo —no con la mano: con la voz— ya de espaldas:
—Si te vas a quedar en esta casa, Lisa, aprende la única regla que importa: no conviertas en tragedia lo que siempre fue un contrato.
Subió.
Yo me quedé frente a la cafetera, con el yogur intacto y la frase dándome vueltas como una piedra en el zapato.
No conviertas en tragedia lo que siempre fue un contrato.
A los dieciséis, en la orilla del río, él me había cubierto con su camisa y yo había sentido sus dedos en mi nuca un segundo más de lo necesario. Yo había convertido ese segundo en una vida entera.
Ahora entendía que el segundo había sido mío.
Nunca suyo.
Doña Marta tosió con suavidad desde el umbral.
—Hay una llamada para usted, señora. Su mamá.
Mi madre. La mujer que había llorado de alegría mientras a mí se me enfriaba el anillo.
Tomé el teléfono.
—¿Ya despertaron juntos? —preguntó ella, con esa voz de cómplice que me dio náuseas—. Dime que te miró. Aunque sea un poco. Los hombres así se descongelan con tiempo, Lisa. Tú sé dulce. Sé paciente. No le hagas escenas el primer día.
Miré hacia el ala oeste.
La puerta del estudio ahora estaba cerrada.
En el silencio de la casa, tan grande, tan limpia, tan mía sobre el papel, oí otra vez —o creí oír— el eco de aquella risa.
—Mamá —dije.
—Dime.
Apreté el borde de la mesa.
—¿Tú sabías que él tenía a alguien?
El silencio al otro lado duró lo que dura una mentira bien ensayada.
—Todas las casas grandes tienen ruidos, hijita —respondió al fin—. Lo importante es que el apellido ya es tuyo. El resto… el resto se acomoda.
Colgó con un beso.
Yo me quedé mirando la pantalla apagada.
El resto se acomoda.
En el mármol, la taza de él todavía humeaba. Yo acerqué los dedos. No para beber. Para comprobar que el calor existía, que algo en esa casa todavía podía quemar.
Quemaba.
No a mí.
Guardé las manos en el regazo.
Arriba, una puerta se abrió. Pasos. La voz de Camila —porque era ella; el oído ya la tenía aprendida— diciendo algo breve. La de él, contestando igual de breve.
Después, el motor de un auto en el patio.
Me asomé a la ventana a tiempo de ver el Mercedes negro alejarse. Dos siluetas adelante. La de ella se inclinó hacia la de él. No pude ver si lo tocaba. No hacía falta.
El vestido arena me quedó de pronto intolerable, como el tul.
Apoyé la frente en el vidrio frío.
Si esto era el primer día, pensé, ¿qué iba a ser de mí el día cien?
La pregunta se me quedó pegada al pecho.
Y, más abajo, en ese lugar donde yo todavía guardaba su nombre como se guarda una reliquia, algo muy pequeño —una fe, una niña de dieciséis, un “sí” dicho hacia el altar— empezó, por primera vez, a dudar.
