Capítulo 5 El vestido rojo

El vestido rojo

Sofía llegó a las seis con una bolsa negra y esa cara de amiga que ya no pide permiso.

—Si vas a seguir casada con un témpano —dijo, tirando el contenido sobre la cama nupcial—, por lo menos que te duela con estilo.

El vestido era rojo. No el rojo de Camila en la gala: uno más oscuro, más boca que herida. Seda. Espalda abierta. El tipo de tela que no se usa para esperar a un hombre en un hall: se usa para que el hombre deje de pasar de largo.

—No es mi color —dije.

—Tampoco es tu matrimonio y aquí estamos.

Me reí. El sonido me salió raro, como si la casa no estuviera hecha para eso. Sofía me maquilló la boca en silencio, me recogió el pelo con un alfiler de mi madre y, al terminar, me sostuvo los hombros frente al espejo.

—Lisa. Si esta noche no te mira, no es porque te falte rojo. Es porque él está ciego. Y a los ciegos no se les ruega: se les deja.

Asentí. No porque estuviera lista para dejarlo. Porque todavía necesitaba una última prueba que mi corazón pudiera entender.

Doña Marta, al verme bajar, abrió la boca y la cerró. En sus ojos hubo algo que no era juicio: era miedo por mí.

—El señor llega a las ocho —dijo—. Llamó. Cena en casa.

Cena en casa.

Dos palabras que me duraron más que el diario entero.

Puse la mesa otra vez. Sin cazuela. Sin vela. Solo copas y esa certeza temblorosa de que, si el cuerpo hablaba por mí, tal vez la boca no tuviera que hacerlo. El vestido se me pegaba a la piel como una pregunta. Cada vez que caminaba, la seda decía lo que yo no me atrevía.

Sofía se fue antes de que él llegara. En la puerta me besó la mejilla y me dejó dicho, sin dramatismo:

—Si te manda a cambiarte, no discutas. Anótalo. Las mujeres que se salvan anotan.

Quedé sola con el tic del reloj y el reflejo rojo en el mármol del hall. Me toqué el cuello. La piel estaba caliente. El cuerpo, a veces, se adelanta al orgullo: ya se había sentado a la mesa, ya había ensayado su boca en una boca que todavía no venía.

A las ocho y diez se oyó el auto.

Erick entró quitándose la corbata con esa prisa de hombre que llega a un trámite. Alzó la vista. Me vio.

Fueron dos segundos.

Dos.

El tiempo justo para que el aire entre nosotros dejara de ser aire y se volviera algo más denso, más caliente, más peligroso. Sus ojos bajaron del cuello al tajo de la falda y volvieron a mi cara con una rapidez que delató lo que la boca no iba a conceder. Lo vi tragar. Lo vi endurecer la mandíbula. Lo vi elegir el hielo.

—Estás sobrevestida para quedarte en casa —dijo.

La frase me atravesó más limpia que un insulto.

—No me voy a quedar —respondí—. Pensé que podíamos… salir. O quedarnos. O lo que sea que hacen los casados cuando no hay prensa.

Él dejó las llaves en la bandeja. El tintineo fue seco.

—Hoy no.

—¿Hoy no qué? ¿Cenas? ¿Me miras? ¿Dices mi nombre sin que parezca una cláusula?

Se me escapó el filo. Sofía me lo habría aplaudido. Yo sentí miedo.

Erick se quitó el saco y lo colgó. No se acercó. El pasillo entre el hall y yo midió, de pronto, los mismos ocho cubiertos de la gala.

—Lisa. No uses un vestido para pelear una guerra que no te pedí.

—No es una guerra —dije, y odié que la voz se me quebrara—. Es un matrimonio. Recuerdas. Firmamos.

—Firmamos un acuerdo.

Ahí otra vez. La palabra del diario. La palabra del Hyatt. La palabra con la que Santiago me había reducido a una línea.

Caminé hacia él. La seda rozó mis muslos con un susurro que me pareció demasiado alto para esa casa. Me detuve a un paso. El olor de su colonia me golpeó la boca del estómago, esa traición antigua. Si extendía la mano, tocaba la camisa. Si él bajaba un milímetro la cabeza, su respiración me iba a alcanzar el escote. Sentí el pulso en la garganta, en las muñecas, en ese lugar bajo el vestido donde el miedo y el deseo se parecen demasiado. Yo no quería una cama. Quería que el aire entre nosotros dejara de mentir.

No bajó la cabeza.

Yo sí levanté la cara.

—Mírame —pedí—. Aunque sea esta noche. Aunque sea para decirme que no.

Me miró.

Fue peor que no hacerlo. Porque en esa mirada hubo hambre. Un segundo de hambre verdadera, oscura, de hombre que no está muerto: está encerrado. Vi cómo se le iban los ojos a mi boca. Vi cómo la mano, a lo largo del muslo, se cerraba para no alzarse. Y vi, inmediatamente después, el cerrojo.

—Ve a cambiarte —dijo—. O sube. Como prefieras. Yo voy a trabajar al estudio.

Pasó junto a mí. El hombro no me rozó. El aire sí. Me quedé en el hall con el rojo puesto, ridícula, hermosa, inútil.

Sofía me escribió a los diez minutos.

¿Te miró?

Tardé en contestar.

Dos segundos.

¿Y?

Me mandó a cambiarme.

Los tres puntitos de Sofía duraron una eternidad.

Sal de esa casa, Lisa.

No salí.

Subí al ala este. Me quité los zapatos. No el vestido. Me senté en el borde de la cama con las palmas abiertas sobre la seda, sintiendo el pulso en las muñecas, esa fiebre tonta de quien todavía espera que el hombre del estudio recuerde que tiene una esposa a veinte metros.

A las once oí el portón.

No era él. Él ya estaba.

Oí tacones.

Bajé descalza hasta el descansillo, igual que la noche de bodas, igual que el amanecer de Camila. El estudio tenía luz. La puerta, esta vez, no estaba del todo cerrada.

Vi el rojo.

No el mío.

El de ella.

Camila cruzó el umbral con un vestido del mismo tono —más corto, más seguro, como si el color le perteneciera de fábrica— y una carpeta contra el pecho. Se rió bajo cuando él le dijo algo que yo no alcancé. Dejó la carpeta sobre el escritorio. Se quedó de pie junto a su silla con la naturalidad de quien no necesita que la inviten.

Erick no le dijo que estaba sobrevestida.

No le dijo que se cambiara.

No le dijo que la casa no era para esa tela.

Le alcanzó un vaso.

Yo me apoyé en la pared. El yeso me frió la espalda desnuda. Abajo, en el hall, mi vestido había sido demasiado. Arriba, el de ella era exactamente suficiente.

Retrocedí antes de que me vieran. El alfiler de mi madre se me soltó y el pelo me cayó a los hombros como una derrota. En el ala este me quité el rojo de un tirón. La seda quedó en el suelo, un charco oscuro, caro, sin dueño.

El teléfono vibró.

Camila.

Una foto.

No de sushi, esta vez.

De un vaso con hielo, el borde marcado de pintalabios rojo, y al fondo el saco de Erick sobre el sillón del estudio.

Debajo:

Qué coincidencia de color.

El suyo era lindo. Demasiado para un lunes en casa.

No bloqueé el número. Todavía no. Apreté el aparato contra el pecho hasta que me dolió el hueso.

Después hice lo único que me quedaba sin convertirlo en escena.

Doblé el vestido.

Lo guardé en la caja.

Y sobre la tapa, con el delineador que Sofía me había dejado, escribí una sola línea, para mí, no para él:

Dos segundos no son una vida.

Apagué la luz.

En el estudio, la risa de Camila se deslizó otra vez bajo la puerta, igual que la primera noche, igual que si la casa tuviera un solo sonido permitido.

Yo me recosté en la oscuridad, desnuda de rojo, y comprendí la cuarta verdad:

No era que Erick no viera el deseo.

Era que había elegido de quién aceptarlo.

Y esa elección, esa noche, tenía el mismo color que yo me había puesto para que por fin me mirara.

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