Capítulo 6 La asistente
La asistente
Amanecí con el rojo todavía en el suelo, como un cuerpo que no había tenido dueño.
No lo levanté. Caminé alrededor. Me vestí de gris: pantalón, blusa, un abrigo que no pedía nada. El pelo recogido. La boca limpia. Si la seda no había servido, tal vez la corrección sí. Quería entrar a su mundo con el único lenguaje que él respetaba: el de una mujer que no hace escena.
Doña Marta me vio bajar y entendió antes de que yo hablara.
—El auto, señora.
—Al Grupo —dije—. No avises.
Ella asintió con esa lealtad triste de quien ya ha visto a otras esposas tomar el mismo ascensor.
En el trayecto me ensayé frases. Todas me sonaron a súplica. Las guardé igual.
El edificio de día parecía un veredicto. Vidrio, acero, el logo flotando sobre la recepción. El guardia me miró el anillo y no el rostro.
—¿Reunión?
—Soy Lisa Valdés —dije—. La esposa de Erick Valdés.
Dudó un segundo. Ese segundo me duró más que la boda.
—Un momento, por favor.
Marcó. Habló bajo. Me tendió una credencial de visitante. Visitante. El plástico era transparente. Mi nombre, escrito a mano, tenía una erre que alguien no había querido completar.
El piso dieciocho olía a café caro y a silencio administrado. La recepcionista —rubia distinta a Camila, más joven, más asustada— alzó una sonrisa de manual.
—Buenos días. ¿Tiene cita?
—Soy la señora Valdés.
Parpadeó.
—¿La señora…?
—Valdés —repetí—. Lisa. Esposa de Erick.
Buscó en la pantalla con una prisa que me ofendió más que una grosería. Tecleó. Frunció el ceño. Tecleó otra vez.
—Disculpe. En el directorio no aparece una Lisa Valdés. ¿Tal vez viene de parte de Viñas Fuentes? A veces las alianzas…
—Vengo de parte de mi matrimonio —dije.
El silencio que siguió fue educado y letal. La recepcionista se puso colorada.
—Voy a llamar a la asistente del señor Valdés. Ella maneja su agenda personal.
Por supuesto.
Esperé de pie porque no me ofrecieron silla. El vestíbulo tenía un sofá blanco que parecía reservado para gente que existía en el sistema. Yo existía en un anillo y en un comunicado de tres párrafos. No era suficiente para sentarse.
A través del cristal esmerilado se adivinaba el pasillo de las oficinas. Voces. Risas breves. El sonido de una impresora. La vida de Erick, funcionando sin mí con una eficacia que daba envidia.
Camila tardó seis minutos.
Salió como quien recibe a una proveedora molesta, no a una esposa. Traía negro. El rojo de anoche había cumplido su turno. El pelo, perfecto. En la oreja, un pendiente que yo no le había visto en la casa.
—Lisa —dijo, y otra vez mi nombre de pila, esa intimidad que no me había ganado—. Qué sorpresa. Erick está en comité hasta las once. No está en la agenda una visita tuya.
—No vengo a la agenda. Vengo a mi esposo.
Alguien, detrás del mostrador, disimuló una tos.
Camila sonrió lo justo para que no fuera una escena.
—Por supuesto. Si quiere esperar en la sala de juntas chica, le pido un café. Las visitas se atienden ahí.
Visitas.
Seguí su taconeo por el pasillo. Las paredes de vidrio devolvían mi reflejo: una mujer gris, correcta, con el pulso demasiado visible en la garganta. En una de las salas, dos hombres hablaban de márgenes. En otra, una secretaria reía con el teléfono en el hombro. Nadie me reconoció. El apellido que anoche pesaba en el Hyatt aquí no abría una sola puerta.
La sala chica tenía una mesa para cuatro y una vista a un patio interior que no veía el cielo. Camila dejó el café y no se sentó.
—¿Puedo saber el motivo? Así lo preparo. A Erick no le gustan las sorpresas en horario laboral.
—Anoche —dije—. El vestido. Usted. El vaso.
No parpadeó.
—Trabajamos tarde. Había una carpeta de Singapur. Usted lo sabe: el huso no respeta matrimonios.
—El rojo sí los respeta poco.
Por primera vez se le tensó la comisura. Fue mínimo. Después volvió la amabilidad de secretaria mayor.
—Lisa, te conviene no convertir esto en un tema de pasillo. Aquí hay veinte personas que viven de la calma de Erick. Si su esposa llega a pelear colores, el rumor sale antes que el ascensor.
—No vine a pelear colores. Vine a que me vea.
—Te vio —dijo ella, suave—. Anoche. Y te pidió que te cambiaras. Eso también es una forma de verte.
Me dejó el café. Cerró la puerta con un clic que sonó a protocolo.
Esperé. Las once llegaron. El café se enfrió. Conté los cuarterones del patio y pensé en el muchacho del río, el que no necesitaba agenda para taparme con una camisa. Ese muchacho no trabajaba en este piso.
A las once y treinta y cuatro la puerta se abrió.
No era Erick.
Era un asistente joven, nervioso, con una tablet.
—La señorita Reyes dice que el comité se alargó. Si quiere, puede dejar un recado.
—No dejo recados a mi marido —dije—. Lo espero.
Él palideció y se fue.
A las doce menos diez no pude más. Salí al pasillo. Nadie me detuvo.
La oficina de Erick estaba al fondo. Doble puerta. Vidrio claro, no esmerilado. Desde allí el dueño veía sin ser tocado. Me detuve junto a una planta absurda, demasiado verde para ese aire, y miré.
Estaba él.
De pie. Sin saco. Las mangas recogidas. La corbata floja de un modo que en casa nunca le había visto. Frente a él, Camila le mostraba algo en una tablet. Hablaban cerca. Demasiado cerca para un margen y demasiado lejos para llamarlo accidente.
Ella rió.
Él no rió. Pero inclinó la cabeza. Ese gesto. El de la gala. El de quien escucha a alguien que le ahorra el mundo.
Después ocurrió lo que yo había venido a no querer ver.
Camila se volvió para señalar la pantalla. Al girar, su cintura quedó a un palmo de su mano. Erick no apartó el cuerpo. Le sostuvo el costado con los dedos, un segundo, dos, el tiempo de acomodarla para que no se tropezara con la mesa… o el tiempo de tocar lo que en casa no se permitía. El pulgar se le hundió un milímetro en la tela negra. Familiar. Dueño. El mismo gesto con el que se afirma algo que ya se ha tocado antes.
No fue un abrazo.
Fue peor.
Fue costumbre.
El estómago se me fue a los zapatos. Apoyé la palma en el vidrio frío y la retiré al instante, como si el edificio pudiera denunciarme. Nadie en el pasillo había visto lo que yo veía. O lo habían visto tanto que ya no era noticia.
Camila alzó la vista.
Me vio.
No se sobresaltó. Dijo algo breve. Erick giró.
Nuestros ojos se encontraron a través del cristal.
No hubo hambre, esta vez. Hubo irritación. La de un hombre al que le interrumpen una frase. Abrió la puerta con dos dedos.
—Lisa. ¿Qué haces aquí?
La pregunta era honesta. Eso fue lo que más me dolió. No cómo estás. No pasa. Qué haces aquí, como se le pregunta a quien ha tomado el ascensor equivocado.
—Vine a verte.
—Tengo una reunión.
—Lo sé. Me lo dijo tu asistente. También me lo dijo la recepcionista, que no sabe quién soy. Y el directorio, que no me tiene.
Camila permaneció detrás de él, la tablet contra el pecho, el lugar de la cintura todavía caliente de sus dedos. No se fue. No le correspondía irse. En esa oficina, ella era el aire.
Erick se pasó una mano por la nuca. El gesto del sushi. El gesto que yo había soñado para una cama.
—Esto no es el lugar.
—¿Cuál es el lugar, Erick? —pregunté, y cuidé que no se me alzara la voz—. Porque en la iglesia no me miraste. En la casa me mandaste a cambiarme. En el diario soy un “también”. Y aquí no existo. Dime un mapa. Aunque sea uno chico.
Un empleado pasó detrás de mí con una carpeta y fingió sordera. El rumor, pensé, ya había tomado el primer ascensor.
Él bajó el tono.
—Sube al auto y te llamo en la tarde.
—No.
La palabra me salió limpia. Me sorprendió a mí antes que a él.
Camila dio medio paso.
—Puedo acompañarla hasta el lobby —ofreció—. Así el señor Valdés retoma.
—No necesito que me acompañe su amante —dije.
El pasillo se quedó sin aire.
No grité. No fue necesario. La frase, dicha en voz baja, tuvo el peso de una copa que se cae sobre mármol. Erick cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no había irritación. Había furia fría. La de quien ve un titular formándose.
—A mi oficina —ordenó—. Ahora.
Entré. Camila también. Él no se lo impidió.
Cerró el vidrio. Afuera, el pasillo fingió seguir vivo.
—No vuelvas a usar esa palabra aquí —dijo.
—¿Amante? —repetí—. ¿O asistente? Dime cuál ofende más, para no equivocarme en el próximo comunicado.
—Lisa.
—Anoche le alcanzaste un vaso. Hace un minuto le tocaste la cintura. A mí me pediste que me cambiara. No estoy loca. Estoy viendo.
Camila dejó la tablet sobre el escritorio con una suavidad estudiada.
—Si me permite, Erick, yo salgo. Esto es privado.
—Quédate —dijo él.
La eligió otra vez. En una frase. En un verbo.
Me senté porque las rodillas entendieron antes que yo. El sillón de visitas era más bajo que el suyo.
—Lo que hay entre Camila y yo —dijo Erick, midiendo cada palabra como se mide una cláusula— no es tema de este piso ni de esta conversación. Tú firmaste sabiendo que este matrimonio no era una novela. Te pedí una sola cosa: no hagas escenas. Venir aquí, pararte en el pasillo, hablar así, es una escena.
—Pedir que me vean no es una escena —dije—. Es el mínimo.
—El mínimo es que las familias duerman. El mínimo es que la acción no se caiga. El mínimo no eres tú parada en un vestido rojo a las ocho de un lunes.
Camila no sonrió. Fue más cruel: bajó la vista, como quien respeta un duelo ajeno.
Yo miré la mano de él, la misma que había tocado esa cintura, ahora apoyada en el borde del escritorio, a un metro de la mía. Si la hubiera tomado, tal vez. Si hubiera dicho mi nombre de otra manera, tal vez. No hizo ninguna de las dos cosas.
—Entonces dímelo claro —susurré—. ¿Qué soy en este edificio?
Él tardó.
Ese retraso valió más que la respuesta.
—La esposa de un Valdés —dijo al fin—. Eso te da una casa, un apellido y el deber de no convertirlo en espectáculo. No te da derecho a irrumpir mi trabajo ni a insultar a quien lo sostiene.
—Quien lo sostiene —repetí.
Miré a Camila.
Ella sostuvo la mirada. No con odio. Con oficio.
Me levanté. El sillón bajo me devolvió la altura con una dignidad prestada.
—Gracias por el mapa —dije—. Ya sé dónde no estoy.
Caminé hacia la puerta. Él no me detuvo. Camila sí habló, cuando ya tenía los dedos en el picaporte.
—Lisa. Por tu bien. La próxima vez coordina conmigo. Así evitas… esto.
Me volví.
—La próxima vez —dije— no voy a pedirle hora a la mujer que cena con mi marido para ver a mi marido.
Salí.
El pasillo ahora sí me miraba. Tres secretarias. El asistente de la tablet. La recepcionista que no me había encontrado en el directorio. El rumor había dejado de tomar el ascensor: se había quedado a verme pasar.
Bajé con la credencial de visitante todavía colgada del cuello. En el lobby la deposité sobre el mármol, junto al logo. El plástico hizo un sonido mínimo.
El chofer abrió la puerta. En el asiento de atrás abrí el correo.
Había un mensaje nuevo.
Remitente: C. Reyes — Asistencia Ejecutiva, Grupo Valdés.
Asunto: Protocolo de visitas — Sra. Valdés.
Cuerpo, breve, copiado a Erick:
Para evitar interrupciones en comité, las visitas de la Sra. Lisa Valdés a la Torre deberán agendarse con 24 horas de anticipación a través de esta oficina. Sin excepción.
Quedo atenta.
Camila Reyes.
Abajo, en copia visible, la dirección de Erick.
Él no había respondido.
Tampoco había impedido que se enviara.
Apreté la pantalla contra la rodilla. No lloré. El llanto, esa mañana, me habría parecido otra escena.
Cuando el auto frenó en Las Condes, Doña Marta abrió el hall. En la bandeja había un sobre del Grupo: la copia impresa del mismo correo. Alguien se había asegurado de que la regla no se me olvidara ni en mi propia mesa.
Al dorso, de puño y letra de Erick, una sola línea:
Lo que pasa en la Torre se queda en la Torre.
No vuelvas sin aviso.
E.
Doblé el papel.
Subí al ala este.
El vestido rojo seguía en el suelo.
Lo levanté al fin. Lo colgué. Quedó allí, impecable, esperando una noche que ya no iba a llegar.
Me senté frente al espejo y me quité el anillo.
Lo volví a poner.
Lo giré una vez, despacio, y comprendí la quinta verdad, la más administrativa de todas:
En la casa yo era un adorno.
En la empresa, ni siquiera eso.
Era una visita.
Y las visitas, en el mundo de Erick Valdés, las recibía Camila.
