Capítulo 2 Mundo

SAMANTHA

El mundo real olía a café.

Eso fue lo primero que descubrí aquella mañana.

Bueno, café, tostadas quemadas y el perfume exageradamente dulce que Kate había decidido ponerse para nuestro primer día de preparatoria.

—¿Puedes dejar de mirarme así? —preguntó mientras se acomodaba el cabello frente al espejo.

—Estoy intentando entender cómo puedes respirar con todo ese perfume.

—Es parte de mi nueva personalidad.

—¿Cuál?

—Adolescente normal.

Solté una carcajada.

—Una adolescente normal no se pone medio frasco de perfume a las seis y media de la mañana.

—Una adolescente normal tampoco vive con una hermana que puede hacer explotar una instalación eléctrica cuando se enfada.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

Kate se dio cuenta inmediatamente.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Me miré en el espejo.

Llevaba unos jeans oscuros, una blusa sencilla y una chaqueta negra. Nada demasiado llamativo. Había pasado casi veinte minutos intentando decidir qué ponerme porque, aunque nunca lo admitiría frente a Kate, estaba nerviosa.

Mucho.

Era nuestro primer día.

Por primera vez en mi vida iba a entrar a un edificio lleno de adolescentes que no sabían quién era yo.

Nadie conocía a los Holley.

Nadie sabía que nuestra familia llevaba generaciones practicando magia.

Nadie tenía por qué enterarse.

Ese era el plan.

—¿Repasamos las reglas? —pregunté.

Kate levantó los ojos al techo.

—Otra vez no.

—Solo para estar seguras.

—Está bien, mamá Samantha.

Ignoré su comentario.

—Nada de magia.

—Nada de magia.

—No leer la mente.

—Nunca he leído la mente de nadie.

—No sabemos si puedes hacerlo.

—Tampoco quiero saberlo.

—Nada de hechizos.

—Sí.

—Y, sobre todo, nada de perder el control.

Kate se quedó callada.

—Eso último iba por ti.

—Lo sé.

Tomé las llaves del coche.

—Vamos.

Salimos de la casa y cerré la puerta detrás de nosotras. Antes de subir al coche miré hacia el bosque.

No sabía por qué.

Simplemente sentí que debía hacerlo.

Los árboles estaban quietos. Demasiado quietos.

Una ráfaga de viento pasó entre las ramas y por un instante tuve aquella misma sensación que había experimentado la noche anterior en el lago.

Alguien nos observaba.

—¿Sam?

Parpadeé.

—¿Qué?

—Estás mirando el bosque.

—Nada.

—¿Otra vez esa sensación?

No respondí.

Kate se acercó y miró hacia donde yo estaba mirando.

—No hay nadie.

—Lo sé.

—Entonces sube al coche.

Asentí.

Durante el camino hacia la preparatoria intenté convencerme de que todo estaba en mi cabeza.

Era lógico.

Habíamos llegado a un pueblo nuevo, acabábamos de descubrir que había una chica desaparecida y, la noche anterior, alguien nos había observado mientras nadábamos en el lago.

Cualquiera estaría paranoica.

Yo no era diferente.

Cuando llegamos a la preparatoria Hammond, tuve que contener el impulso de dar la vuelta.

Era enorme.

Había estudiantes por todas partes. Algunos caminaban en grupos, otros corrían para no llegar tarde y otros permanecían apoyados contra sus coches mientras hablaban.

Había risas.

Gritos.

Música saliendo de algún automóvil.

Personas abrazándose.

Parejas besándose.

Era exactamente como había imaginado que sería una escuela.

Y, por alguna razón, me pareció aterrador.

—¿Por qué todos parecen conocerse? —pregunté.

—Porque probablemente llevan años aquí.

—Genial.

—Sam.

—¿Qué?

—Respira.

Respiré profundamente.

—Bien.

—Y sonríe.

—No.

—Pareces estar a punto de asesinar a alguien.

—Así es mi cara.

Kate comenzó a reír.

—Vamos.

Bajamos del coche.

Apenas puse un pie en el estacionamiento sentí decenas de miradas sobre nosotras.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

No era como en nuestro pueblo.

Aquellas personas no nos miraban con miedo.

Nos miraban con curiosidad.

Era diferente.

Un chico pasó junto a nosotras y sonrió.

—Hola.

Kate le devolvió la sonrisa inmediatamente.

—Hola.

Yo apenas asentí.

—Tenemos que trabajar en eso —murmuró ella.

—¿En qué?

—En ser sociable.

—No quiero ser sociable.

—Entonces vas a sufrir mucho.

Entramos al edificio.

El interior era todavía más ruidoso.

Un hombre detrás de un escritorio nos entregó unos papeles.

—¿Samantha y Kate Holley?

—Sí —respondí.

—Bienvenidas a Hammond High.

Sonrió.

Sonreí de vuelta.

Aquello me sorprendió.

No hubo miedo.

No hubo insultos.

No hubo nadie señalándonos.

Por primera vez sentí que quizá realmente podíamos hacerlo.

Nos entregó nuestros horarios.

—Primera clase, historia.

Miré el papel.

—La mía también.

—Perfecto.

Caminamos juntas por el pasillo.

Entonces alguien chocó contra mí.

—¡Lo siento!

Los papeles que llevaba en las manos cayeron al suelo.

—No pasa nada.

Me agaché para recogerlos, pero otra persona se adelantó.

Un chico.

Primero vi sus zapatos.

Después sus manos.

Y finalmente su rostro.

Cabello oscuro.

Ojos claros.

Mandíbula marcada.

Tenía una pequeña cicatriz cerca de la ceja y una expresión tranquila, casi indiferente.

Recogió uno de mis papeles y me lo extendió.

—Samantha.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Señaló el papel.

—Está escrito aquí.

Miré hacia abajo.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

—Claro.

Él sonrió ligeramente.

—Soy Daniel.

Daniel.

No sé por qué su nombre se quedó dando vueltas en mi cabeza.

—Samantha.

—Ya lo sé.

Sonrió otra vez.

Y se marchó.

Me quedé observándolo.

—Sam.

No respondí.

—Samantha.

—¿Qué?

Kate estaba sonriendo.

—Te gusta.

—¿Qué?

—Te gusta.

—Lo acabo de conocer.

—Y ya estás roja.

—No estoy roja.

—Estás roja.

—Cállate.

Kate soltó una carcajada.

Entramos al salón.

La profesora estaba escribiendo algo en la pizarra.

Nos indicó que tomáramos asiento.

Nos sentamos juntas al fondo.

Intenté concentrarme en la clase.

Intenté.

Pero cinco minutos después escuché una voz detrás de mí.

—¿Son nuevas?

Me giré.

Una chica rubia nos observaba.

—Sí —respondió Kate.

—Soy Emily.

—Kate.

—Samantha.

Emily sonrió.

—¿Son hermanas?

—Sí.

—Se nota.

—¿Por qué? —preguntó Kate.

—Tienen los mismos ojos.

—Nuestros padres dicen que tenemos el mismo cabello.

Emily negó con la cabeza.

—No. Los ojos.

Me quedé mirándola.

No sabía por qué ese comentario me incomodó.

—¿De dónde vienen?

—De las afueras —respondí rápidamente.

—¿Del bosque?

Sentí un escalofrío.

—Sí.

Emily abrió mucho los ojos.

—¿De verdad viven allí?

—Sí.

—Eso es increíble.

—¿Por qué?

—Porque dicen que esa zona está maldita.

Kate soltó una pequeña risa.

—La gente dice muchas cosas.

Emily se inclinó hacia nosotras.

—No, en serio. Hay historias muy raras sobre ese bosque.

La profesora golpeó suavemente la mesa.

—Emily, ¿quieres compartir la conversación con todos?

—No, profesora.

Emily volvió a su asiento.

Miré a Kate.

Ella tenía la misma expresión preocupada que yo.

El bosque.

Otra vez.

Cuando terminó la clase, Emily se acercó.

—No quería asustarlas.

—No lo hiciste.

Mentí.

—Hammond tiene muchas historias. Pero no todas son ciertas.

—¿Qué historias? —preguntó Kate.

Emily miró alrededor antes de responder.

—Desapariciones.

Mi estómago se apretó.

—¿Como la chica de la chaqueta amarilla?

Emily dejó de sonreír.

—¿Cómo saben de ella?

—Lo vimos en las noticias.

—Ah.

Bajó la voz.

—No es la primera.

—¿Qué quieres decir?

—Han desaparecido otras chicas durante los últimos años.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

—¿Y nunca encontraron a ninguna?

Emily negó con la cabeza.

—A algunas sí.

—¿Vivas?

Silencio.

—No.

Kate tomó mi brazo.

—Vamos.

Salimos del salón.

—Esto no me gusta —murmuró.

—A mí tampoco.

—¿Y si lo que sentimos anoche...?

—No lo sé.

Caminamos hacia nuestra siguiente clase.

Entonces escuchamos un grupo de chicos hablando.

—Dickson, ¿vienes esta tarde?

—Sí.

Reconocí aquella voz.

Daniel.

Giré la cabeza.

Estaba junto a tres chicos.

Uno de ellos era alto y rubio. Otro llevaba una sudadera gris. El tercero tenía el cabello castaño.

Daniel me vio.

Nuestros ojos se encontraron.

Me sonrió.

Y, para mi desgracia, sentí que mi corazón daba un pequeño salto.

—¿Ves? —susurró Kate.

—No empieces.

—Ni siquiera dije nada.

—Tu cara lo dijo.

Continuamos caminando.

Pero antes de doblar el pasillo escuché algo.

Una voz.

No venía de ninguna persona.

Venía de mi cabeza.

Aléjate de él.

Me detuve.

—¿Sam?

Miré alrededor.

Nada.

—¿Escuchaste eso?

—¿Qué cosa?

La voz volvió.

Aléjate de Daniel Dickson.

Mi respiración se cortó.

—Sam, ¿qué sucede?

—Nada.

—No me digas nada.

Miré hacia Daniel.

Él seguía hablando con sus amigos.

Entonces algo extraño ocurrió.

El chico que estaba junto a él levantó la cabeza y miró directamente hacia mí.

Sus ojos eran oscuros.

Muy oscuros.

Y durante un segundo tuve la sensación de que podía ver algo detrás de su rostro.

Algo que no era humano.

Parpadeé.

Había desaparecido.

—Necesito salir.

Tomé a Kate de la mano y la llevé hasta el baño.

—¿Qué ocurrió?

—Escuché una voz.

—¿Una voz de verdad?

—En mi cabeza.

Kate palideció.

—¿Alguien te habló?

—No lo sé.

—¿Qué dijo?

La miré.

—Me dijo que me alejara de Daniel.

Kate permaneció en silencio.

—¿Daniel Dickson?

Asentí.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Crees que alguien de su familia...?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Kate levantó una ceja.

—¿Estás segura?

—No sabemos nada de él.

—Entonces averigüemos.

—¿Cómo?

Kate sonrió.

—Tenemos acceso a internet.

—Eso no significa que podamos investigar a cada persona que conocemos.

—Somos brujas.

—No aquí.

—Podemos investigar sin hacer magia.

Rodé los ojos.

Pero antes de que pudiera responder, las luces del baño comenzaron a parpadear.

Una.

Dos.

Tres veces.

Nos quedamos inmóviles.

—Sam...

—Lo sé.

La temperatura descendió de repente.

Nuestro aliento se volvió visible.

Y entonces escuchamos un golpe.

Desde uno de los cubículos.

Kate retrocedió.

—Hay alguien ahí.

Me acerqué lentamente.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Abrí la puerta.

Vacío.

Pero en el espejo había algo escrito.

No estaba allí antes.

Dos palabras.

NO CONFÍES.

Kate se quedó sin habla.

Yo tampoco podía respirar.

Toqué el espejo.

Estaba frío.

Demasiado frío.

—Esto no es normal.

—No —susurré.

Las luces dejaron de parpadear.

Todo volvió a la normalidad.

Y entonces escuchamos el timbre.

Los estudiantes comenzaron a entrar al pasillo.

Miré nuevamente el espejo.

Las palabras habían desaparecido.

—¿Lo viste? —pregunté.

—Sí.

—Entonces no estoy imaginándolo.

—No.

Salimos del baño.

No dijimos nada durante varios minutos.

Cuando llegamos a la cafetería, buscamos una mesa apartada.

Yo apenas podía comer.

Seguía pensando en la voz.

En el mensaje.

En el lago.

En la chica desaparecida.

Y en Daniel.

—Deja de mirar hacia allá —dijo Kate.

—No estoy mirando.

—Sí estás mirando.

—Solo estoy observando.

—Eso se llama mirar.

Suspiré.

Daniel estaba sentado con sus amigos al otro lado de la cafetería.

En algún momento levantó la mirada.

Me encontró.

Y, para mi sorpresa, se levantó.

—Oh, no.

—¿Qué?

—Viene hacia acá.

—Compórtate.

—Estoy comportándome.

Daniel llegó hasta nuestra mesa.

—¿Puedo sentarme?

Kate sonrió.

—Claro.

Yo la miré como si quisiera matarla.

Daniel tomó asiento.

—¿Cómo ha sido su primer día?

—Interesante —respondió Kate.

—¿Interesante?

—Sí.

Daniel me miró.

—¿Y tú?

—Normal.

—No pareces muy convencida.

—Estoy cansada.

—¿Ya te arrepientes de venir?

Lo miré.

—No.

Y era verdad.

Por primera vez en mi vida no quería regresar.

A pesar de todo.

Daniel sonrió.

—Me alegra.

Hubo algo extraño en sus ojos.

Como si estuviera intentando descubrir quién era yo.

—¿Por qué nos preguntaste si veníamos del bosque? —pregunté.

Su sonrisa desapareció ligeramente.

—¿Quién les dijo que pregunté eso?

—Emily.

Daniel bajó la mirada.

—Porque todos saben quién vive allí.

—¿Y qué saben?

—Que hay una familia que ha vivido allí durante generaciones.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué familia?

Daniel levantó la mirada.

—Los Holley.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Kate se quedó completamente inmóvil.

Daniel frunció el ceño.

—¿Están bien?

—Sí —respondí rápidamente—. Es solo... coincidencia.

Él me observó durante unos segundos.

—Claro.

No parecía creerme.

Antes de que pudiera decir algo más, un chico se acercó a él.

—Daniel, tenemos que irnos.

Daniel se puso de pie.

—Nos vemos después, Samantha.

Asentí.

Lo vi marcharse.

Kate esperó hasta que estuvo lejos.

—Estamos en problemas.

—Lo sé.

—Él sabe quiénes somos.

—No sabe que somos brujas.

—Todavía.

Miré hacia la puerta de la cafetería.

Daniel desapareció por el pasillo.

Entonces sentí nuevamente aquella presencia.

Pesada.

Oscura.

Familiar.

Giré la cabeza.

En la ventana del edificio, al otro lado del patio, había una figura.

Una persona.

Llevaba una chaqueta amarilla con capucha.

Me quedé paralizada.

—Kate.

Ella siguió mi mirada.

La figura estaba inmóvil.

—¿Es ella?

No respondí.

La chica levantó lentamente la cabeza.

Aunque estaba demasiado lejos, pude distinguir su rostro.

Era la chica de las noticias.

La desaparecida.

Y entonces sonrió.

Sentí un frío recorrerme todo el cuerpo.

Porque supe algo que nadie más parecía saber.

Aquella chica estaba muerta.

Y acababa de mirarme directamente a los ojos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo