Capítulo 3 Gritar

SAMANTHA

No grité.

No sé cómo lo conseguí.

Quizá porque durante toda mi vida había aprendido a convivir con cosas que otras personas considerarían imposibles. Espíritus, hechizos, criaturas que solo aparecían en los libros de mi madre... todo eso formaba parte de mi realidad.

Pero ver a una chica muerta caminando por el patio de mi nueva preparatoria era diferente.

Mucho más diferente.

—Kate... —susurré.

—La veo.

—No está viva.

—Lo sé.

La chica seguía allí.

Su chaqueta amarilla destacaba entre los estudiantes que caminaban por el patio. Nadie parecía prestarle atención. Algunos pasaban cerca de ella sin siquiera mirarla.

Era como si nosotros fuéramos las únicas personas capaces de verla.

—Tenemos que irnos —dijo Kate.

Asentí.

Me levanté tan rápido que casi tiré la silla.

—¿Adónde?

—A buscarla.

La miré.

—¿Estás loca?

—Está muerta, Sam. Quizá quiere decirnos algo.

—O quizá quiere matarnos.

—Las personas muertas no suelen caminar por ahí por casualidad.

—En nuestro mundo, nada ocurre por casualidad.

Kate me tomó de la mano.

—Entonces vamos.

Salimos de la cafetería.

Pero cuando llegamos al patio, la chica había desaparecido.

Miré hacia todos lados.

Nada.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Estaba ahí.

—Lo sé.

Caminamos entre los estudiantes.

—¡La vi! —insistí.

—Yo también.

—Entonces no estoy perdiendo la cabeza.

—Nunca dije eso.

—Pero lo estabas pensando.

Kate suspiró.

—Sam, debemos ser cuidadosas.

—¿Por qué?

—Porque llevamos menos de un día aquí y ya encontramos un fantasma, un mensaje en el espejo, una chica desaparecida y un chico cuya familia parece conocernos.

—Cuando lo dices así...

—Suena terrible.

—Exactamente.

Volvimos al edificio.

El resto del día pasó lentamente.

Demasiado lentamente.

Intenté prestar atención a las clases, pero cada vez que cerraba los ojos veía aquella chaqueta amarilla.

Durante la última hora, la profesora de literatura hablaba sobre una novela que no me interesaba en absoluto.

Miré por la ventana.

El cielo estaba gris.

Una tormenta se acercaba.

De repente sentí un escalofrío.

Giré la cabeza.

Daniel estaba sentado unas filas adelante.

Me estaba mirando.

Apartó la mirada cuando nuestros ojos se encontraron.

No sabía qué pensar de él.

Había algo extraño.

No necesariamente malo.

Pero extraño.

Y lo peor era que mi cuerpo parecía ignorar completamente todas las advertencias que mi cabeza estaba dando.

Cuando sonó el timbre final, guardé mis cosas rápidamente.

—¿Lista? —preguntó Kate.

—Sí.

Salimos al estacionamiento.

Había empezado a llover.

—Genial —murmuré.

—Por lo menos no tenemos que caminar.

Llegamos al coche.

Estaba a punto de abrir la puerta cuando escuché una voz.

—Samantha.

Me giré.

Daniel estaba detrás de mí.

Sin paraguas.

Su cabello estaba completamente mojado.

—¿Qué haces aquí?

—Esperaba hablar contigo.

Kate levantó las cejas.

—Yo voy a... —miró hacia el coche—. Revisar algo.

—Kate.

—Ahora vuelvo.

Y me dejó sola.

Traicionera.

Daniel se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No pareces estarlo.

—Ha sido un día largo.

—¿Fue por lo que viste?

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué vi?

Daniel me observó.

—La chica.

No pude responder.

—Tú también la viste —susurré.

—Sí.

—¿Quién era?

—Maya Collins.

Recordé la fotografía del noticiero.

—¿La conocías?

—Todo el pueblo la conocía.

—¿Cuándo desapareció?

—Hace cuatro días.

—Pero yo...

Me detuve.

Daniel esperó.

—¿Qué?

—Nada.

—Samantha.

—¿Qué?

—Cuando te vi en el patio estabas pálida.

—No me gustan los fantasmas.

Daniel sonrió ligeramente.

—Entonces no deberías vivir en Hammond.

—¿Por qué?

Su expresión cambió.

—Porque este pueblo está lleno de ellos.

Una ráfaga de viento pasó entre nosotros.

—¿Qué quieres decir?

Daniel miró hacia el edificio.

—Hay cosas que no deberían estar aquí.

—¿Como Maya?

—Como Maya.

—¿Y por qué nadie más la vio?

—Porque quizá no quería que nadie más la viera.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Sabes dónde está?

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Sabes quién la mató?

—No.

—¿Entonces por qué pareces tan tranquilo?

Me miró directamente.

—Porque esto no es nuevo.

—¿Qué quieres decir?

Daniel dio un paso hacia mí.

—Las desapariciones llevan años ocurriendo.

Recordé las palabras de Emily.

—¿Y nadie hace nada?

—La policía investiga. Los padres buscan. El pueblo habla. Después todos continúan con sus vidas.

—Eso es horrible.

—Bienvenida a Hammond.

Se alejó.

—Daniel.

Se detuvo.

—¿Sí?

—¿Por qué me dijiste que tuviera cuidado?

—¿Cuándo?

—En la cafetería.

—No te dije nada.

Fruncí el ceño.

—Pensé que...

—Samantha, si alguien te dice que tengas cuidado conmigo...

Se acercó lentamente.

—...hazle caso.

Me quedé helada.

—¿Por qué?

Daniel sonrió de una manera que no pude interpretar.

—Porque probablemente tenga razón.

Subió a su coche y se marchó.

Me quedé bajo la lluvia.

—¿Qué demonios fue eso?

—No tengo idea.

Kate apareció detrás de mí.

—Pero admito que fue bastante atractivo.

—Kate.

—¿Qué? Solo digo.

—Me acaba de decir que tenga cuidado con él.

—Eso no es exactamente una bandera verde.

—No.

—¿Nos vamos?

Asentí.

Subimos al coche.

Durante todo el camino permanecimos en silencio.

No podía dejar de pensar en Daniel.

Y en Maya.

Cuando llegamos a casa, entramos rápidamente para protegernos de la lluvia.

Kate dejó su mochila sobre el sofá.

—Necesitamos investigar.

—Sí.

—¿A Maya?

—A Maya y a los Dickson.

Kate sacó su computadora.

Nos sentamos en la mesa de la cocina.

—¿Qué quieres buscar primero?

—Los Dickson.

—¿Por qué?

—Porque él sabe quiénes somos.

—Tal vez solo sabe que existe una familia Holley.

—Eso ya es demasiado.

Kate comenzó a escribir.

Pasaron unos segundos.

—Aquí hay algo.

Me acerqué.

—¿Qué?

—Daniel Dickson. Diecisiete años. Padres: Michael y Rebecca Dickson.

—¿Algo más?

—Su padre es dueño de una empresa de seguridad privada.

—¿Seguridad?

—Sí.

—Continúa.

Kate siguió leyendo.

—Abuelo: Thomas Dickson.

El nombre me resultó familiar.

—¿Quién es?

—No sé.

Continuó buscando.

Entonces dejó de escribir.

—Sam.

—¿Qué?

—Creo que deberías ver esto.

Giré la computadora hacia mí.

Había una fotografía antigua.

Un hombre joven con ropa oscura sostenía algo parecido a una ballesta.

Debajo de la fotografía había un texto.

Thomas Dickson, descendiente de una antigua familia de cazadores de brujas.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—Sam...

Me levanté.

—Mamá sabía.

—¿Qué?

—Nuestros padres sabían que existían cazadores.

—¿Y?

—Nunca nos dijeron que estaban aquí.

Kate se puso de pie.

—Quizá no sea la misma familia.

—Mira la fecha.

Me señaló la pantalla.

Thomas Dickson había muerto hacía treinta años.

Pero debajo había otro nombre.

Michael Dickson.

Su padre.

Y otro.

Daniel Dickson.

La sangre se me heló.

—Están continuando el legado.

—¿De cazadores?

Asentí.

—Tenemos que llamar a mamá.

Tomé mi teléfono.

Marqué su número.

Una vez.

Dos.

Tres.

No contestó.

—Intenta con papá —dijo Kate.

Lo hice.

Tampoco respondió.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco.

En ese momento escuchamos un ruido afuera.

Algo había caído en el jardín.

Nos miramos.

—¿Qué fue eso?

—No lo sé.

Kate se acercó a la ventana.

—No salgas.

—Solo voy a mirar.

—Kate.

Ella apartó la cortina.

—No veo nada.

Entonces una sombra pasó frente a la ventana.

Kate retrocedió.

—Sam.

—¿Qué?

—Hay alguien afuera.

Tomé el libro de hechizos que estaba escondido en el cajón.

—¿Dónde?

—En el jardín.

Me acerqué.

La lluvia había aumentado.

No podía ver nada.

—Tal vez fue un animal.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los animales no hacen esto.

Señaló el suelo.

Había huellas.

Huellas humanas.

Descalzas.

Entraban desde el bosque y llegaban hasta nuestra puerta.

Pero no había huellas de regreso.

—Está dentro —susurró Kate.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No.

La puerta principal se cerró de golpe.

Las luces se apagaron.

—¡Kate!

—¡Estoy aquí!

Encendí una vela con un pequeño movimiento de mi mano.

Kate me miró.

—Dijiste que no usaríamos magia.

—Eso fue antes de que alguien entrara a nuestra casa.

Avanzamos lentamente.

El salón estaba vacío.

La cocina también.

—¿Dónde está? —preguntó Kate.

No respondí.

Entonces escuchamos un golpe arriba.

Corrimos hacia las escaleras.

—No subas —dije.

—¿Por qué?

—Porque quiere que lo hagamos.

—¿Y qué hacemos?

Pensé rápidamente.

—El hechizo de protección.

Fuimos al centro de la sala.

Tomamos nuestras manos.

Cerramos los ojos.

—Terra nos custodiat...

El viento comenzó a soplar dentro de la casa.

—Aqua nos protegat...

Las ventanas vibraron.

—Ignis nos defendat...

Una sombra apareció al final del pasillo.

Abrí los ojos.

—Kate.

Ella también la vio.

Una figura alta.

Completamente negra.

No tenía rostro.

Solo dos ojos blancos.

—¿Qué es eso?

—No lo sé.

La criatura dio un paso.

El suelo tembló.

—Termina el hechizo —dije.

—No puedo.

—¡Kate!

—¡No puedo respirar!

La figura volvió a avanzar.

Sentí una furia antigua crecer dentro de mí.

Extendí las manos.

—¡Vete!

La criatura se detuvo.

El aire explotó alrededor de nosotros.

Las ventanas se rompieron.

La figura salió disparada hacia la puerta.

Corrí detrás.

Cuando llegué al jardín, no había nadie.

Solo lluvia.

Y las huellas.

Me arrodillé junto a ellas.

Eran profundas.

Como si la persona que las había dejado pesara mucho más de lo que debería.

—Sam.

Kate llegó hasta mí.

—¿Qué?

—Mira.

Señaló el suelo.

Entre el barro había algo.

Una pequeña cadena de plata.

La recogí.

Tenía un símbolo grabado.

Un círculo atravesado por una línea.

Lo reconocí.

—Es un símbolo de cazadores.

Kate palideció.

—Entonces sí nos encontraron.

—No.

Miré hacia el bosque.

—Nos estaban esperando.

---

Esa noche no dormimos.

Llamamos a mamá nuevamente.

Esta vez contestó.

—¿Sam?

—Mamá.

—¿Qué sucede?

—Necesito preguntarte algo.

Hubo silencio.

—¿Qué?

—¿Quiénes son los Dickson?

El silencio al otro lado fue inmediato.

No era una pausa normal.

Era miedo.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En Hammond.

—Samantha, escúchame con atención.

Su voz había cambiado.

—No se acerquen a esa familia.

Miré a Kate.

—¿Por qué?

—Porque son peligrosos.

—¿Son cazadores?

Mamá respiró profundamente.

—Sí.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Y por qué nunca nos dijiste?

—Porque esperaba que jamás tuvieran que encontrarlos.

—Mamá, hay algo más en este pueblo.

—Lo sé.

—¿Qué sabes?

—Hammond no es un pueblo normal.

—Entonces ¿por qué nos mandaste aquí?

Otra pausa.

—Porque creí que estarían más seguras.

—¿Seguras?

Solté una risa amarga.

—¡Hay algo en nuestra casa!

—¿Qué?

—No sé qué era.

Mamá guardó silencio.

—¿Lo vieron?

—Sí.

—¿Tenía ojos blancos?

Miré a Kate.

—Sí.

La respiración de mamá se volvió pesada.

—Samantha, escucha lo que voy a decirte.

—Te escucho.

—No vuelvan a usar magia fuera de la casa.

—¿Por qué?

—Porque algo puede estar buscándolas.

—¿Qué cosa?

Mamá no respondió.

—Mamá.

—No confíes en nadie.

—¿Ni siquiera en Daniel?

Silencio.

—Especialmente en Daniel.

La llamada se cortó.

Me quedé mirando el teléfono.

Kate se acercó.

—¿Qué dijo?

—Que no confiemos en Daniel.

—Eso ya lo sabíamos.

Negué con la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—Mamá no estaba asustada por Daniel.

Miré hacia la ventana.

—Estaba asustada de que él nos encontrara.

Un ruido llegó desde el exterior.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Kate se acercó a mí.

—¿Quién es?

No respondí.

Volvieron a tocar.

Toc.

Toc.

Toc.

Tomé el libro de hechizos.

Kate tomó mi mano.

Nos acercamos lentamente a la puerta.

Miré por la mirilla.

No había nadie.

—No abras —susurró Kate.

Entonces algo se deslizó por debajo de la puerta.

Un sobre.

Blanco.

Lo recogí.

No tenía nombre.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía.

Daniel.

Era una fotografía reciente.

Pero detrás de él aparecía una pared llena de armas antiguas.

Debajo de la imagen alguien había escrito con tinta negra:

ÉL SABE LO QUE ERES.

Sentí un escalofrío.

Le di la vuelta a la fotografía.

Había otra frase.

Y NO ES EL ÚNICO.

Las luces de la casa se apagaron.

Esta vez no hubo viento.

No hubo ruido.

Solo una voz femenina que susurró desde el otro lado de la puerta:

—Samantha...

Reconocí esa voz.

Era la de Maya.

—Déjame entrar.

Kate me agarró del brazo.

—No.

—Es ella.

—Está muerta.

La voz volvió a escucharse.

—Samantha...

Y entonces, desde el bosque, cientos de voces comenzaron a repetir mi nombre.

—Samantha...

—Samantha...

—Samantha...

Cerré los ojos.

Por primera vez desde que llegamos a Hammond comprendí algo.

Nuestra nueva vida no había comenzado realmente cuando entramos a la preparatoria.

Había comenzado mucho antes.

Quizá incluso antes de que naciéramos.

Y alguien había estado esperando durante años para que las hermanas Holley regresaran a Hammond.

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