Capítulo 4 Puerta

SAMANTHA

No abrí la puerta.

Por primera vez desde que tenía memoria, agradecí haber aprendido a desconfiar de los espíritus.

Maya continuó llamándome desde el otro lado.

—Samantha...

Su voz era exactamente igual a la que había escuchado durante el día.

Suave.

Triste.

Casi desesperada.

Pero había algo que no encajaba.

Los muertos no podían entrar en una casa protegida por un hechizo.

Al menos eso era lo que mi madre siempre me había enseñado.

—No respondas —susurró Kate.

Asentí.

Las voces del bosque continuaban repitiendo mi nombre.

—Samantha...

—Samantha...

—Samantha...

Sentí que la magia comenzaba a revolverse dentro de mi cuerpo.

Era una sensación que conocía demasiado bien.

Cuando estaba tranquila, mi magia permanecía dormida.

Cuando tenía miedo o me enfadaba, despertaba.

Y aquella noche ambas emociones estaban peleando dentro de mí.

—Tenemos que reforzar la protección —dije.

—¿Ahora?

—Ahora.

Corrimos hacia la cocina.

Saqué el libro de hechizos del cajón donde lo habíamos escondido.

Pasé las páginas rápidamente.

—Aquí.

Era un hechizo que nunca habíamos utilizado.

Mamá nos había enseñado a proteger una casa contra espíritus, criaturas y otras brujas, pero nunca pensé que algún día tendría que usarlo.

—Necesitamos cuatro velas.

Kate abrió el cajón.

—Aquí hay tres.

—Busca otra.

—Sam...

—¡Busca otra!

Mi voz hizo que las ventanas vibraran.

Kate me miró.

—Estás perdiendo el control.

Cerré los ojos.

Respiré.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Encontró una cuarta vela.

Las colocamos en las esquinas de la sala.

—¿Qué hacemos?

—Repetimos el conjuro.

—¿El de esta mañana?

—Uno más fuerte.

Abrí el libro.

—Pero mamá dijo que no usáramos magia fuera de la casa.

—Estamos dentro.

—Técnicamente sí.

—Entonces cállate y ayúdame.

Nos tomamos de las manos.

—A través de tierra, aire, fuego y agua...

El viento comenzó a soplar.

—Que ninguna sombra cruce este umbral.

Las llamas de las velas se elevaron.

—Que ninguna alma perdida encuentre refugio aquí.

La puerta tembló.

—Que todo aquello que venga con oscuridad sea rechazado.

Un golpe sacudió la casa.

—¡Más rápido! —gritó Kate.

—Que nuestra sangre sea escudo...

Las paredes comenzaron a vibrar.

—Y nuestra magia, nuestra defensa.

Las cuatro velas se apagaron al mismo tiempo.

Silencio.

Las voces desaparecieron.

Miré a Kate.

—¿Funcionó?

Ella no respondió.

Entonces escuchamos algo caer afuera.

Corrí hacia la ventana.

La calle estaba vacía.

El bosque también.

—Se fueron.

Kate dejó escapar el aire.

—Gracias a Dios.

Me dejé caer sobre el sofá.

No podía dejar de temblar.

—Esto es demasiado.

Kate se sentó a mi lado.

—¿Quieres volver a casa?

La pregunta me dolió.

Durante años había soñado con salir.

Y ahora que finalmente tenía la libertad que tanto deseaba, quería regresar.

Pero no porque extrañara el encierro.

Sino porque empezaba a comprender por qué mis padres nos habían protegido.

—No —respondí.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Por qué?

Miré hacia la ventana.

—Porque quiero saber qué está pasando.

Kate sonrió ligeramente.

—Sabía que dirías eso.

—Además, no podemos regresar corriendo cada vez que algo extraño ocurra.

—¿Y si es peligroso?

—Entonces aprenderemos a defendernos.

Ella tomó mi mano.

—Juntas.

—Siempre.

---

A la mañana siguiente, casi no podía mantener los ojos abiertos.

No habíamos dormido.

Nos turnamos para vigilar la casa y, cuando finalmente amaneció, yo seguía sentada en el sofá con el libro de hechizos sobre las piernas.

Kate apareció en las escaleras.

—No quiero ir a la escuela.

—Yo tampoco.

—Entonces no vayamos.

—Tenemos que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque si dejamos de ir después de un solo día, llamaremos la atención.

Kate bajó.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que tengo que ver a Daniel.

La miré.

—Tú no tienes que verlo.

—Tú sí quieres verlo.

—No.

—Mentira.

—Kate.

—Sam, te conozco desde que naciste.

—Y yo te conozco desde que naciste.

—Entonces sabes que tengo razón.

Tomé una almohada y se la lancé.

Ella comenzó a reír.

Por unos segundos olvidamos todo.

Volvimos a ser solamente dos hermanas.

Dos adolescentes.

Dos chicas emocionadas por asistir a la escuela.

No dos brujas perseguidas por espíritus.

No dos descendientes de una familia que había permanecido escondida durante generaciones.

Pero esa ilusión duró poco.

Cuando llegamos a la preparatoria, varias patrullas estaban estacionadas frente al edificio.

—¿Qué pasó? —preguntó Kate.

Sentí un nudo en el estómago.

Los estudiantes estaban reunidos en pequeños grupos.

Todos hablaban.

—Tal vez encontraron a Maya —dije.

—¿Viva?

—No lo sé.

Entramos.

Emily vino corriendo hacia nosotras.

—¿Ya se enteraron?

—¿De qué?

—Encontraron algo en el bosque.

—¿Qué?

—La policía encontró la mochila de Maya.

Sentí frío.

—¿Dónde?

—Cerca del lago.

Kate y yo nos miramos.

El lago.

El mismo lugar donde habíamos estado la noche anterior.

—¿Cuándo la encontraron?

—Esta madrugada.

No podía respirar.

—¿Estás bien? —preguntó Emily.

—Sí.

Mentí.

—Solo dormí poco.

Emily continuó hablando.

—Dicen que probablemente la mataron allí.

Kate palideció.

—¿Y encontraron el cuerpo?

Emily negó.

—No.

Un ruido detrás de nosotros hizo que giráramos.

Daniel estaba allí.

Nos observaba.

Y por primera vez no había ninguna sonrisa en su rostro.

—Tenemos que hablar —dijo.

—No es un buen momento —respondí.

—Es precisamente el momento.

—¿Sobre qué?

Miró alrededor.

—Sobre Maya.

Kate cruzó los brazos.

—¿Qué sabes?

Daniel bajó la voz.

—Anoche alguien entró en su casa.

Sentí que el corazón me golpeaba.

—¿En la casa de quién?

—De Maya.

—¿Qué quieres decir?

—Su madre llamó a mi padre.

—¿Y?

—Dijo que escuchó la voz de Maya afuera de la puerta.

Nos quedamos en silencio.

—Eso es imposible —dije.

Daniel me miró fijamente.

—Exactamente.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué pasó después?

—La madre abrió la puerta.

—¿Y?

—No había nadie.

—¿Entonces?

—Encontraron esto.

Sacó algo del bolsillo.

Era un pequeño trozo de tela amarilla.

La misma tela de la chaqueta de Maya.

—¿De dónde lo sacaron?

—De la entrada de la casa.

Kate me miró.

—Eso no tiene sentido.

Daniel guardó el trozo de tela.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La madre de Maya dijo que escuchó a alguien llamándola desde el bosque.

Mi respiración se detuvo.

—¿Quién?

Daniel me miró directamente.

—Maya.

No pude responder.

—¿Por qué me miras así? —pregunté.

—Porque ayer dijiste que la viste.

Kate dio un paso hacia él.

—¿Cómo sabes eso?

Daniel permaneció en silencio.

—¿Nos estabas observando?

—No.

—Entonces ¿cómo sabes?

—Porque alguien me lo dijo.

—¿Quién?

Daniel miró hacia el pasillo.

—No aquí.

Se alejó.

—Síganme.

Kate me miró.

—¿Vamos?

—Sí.

Seguimos a Daniel hasta una escalera vacía.

Él se apoyó contra la pared.

—Mi familia conoce estas historias.

—¿Qué historias?

—Los espíritus.

—¿Y los cazadores?

Daniel me miró.

No parecía sorprendido.

—Así que investigaron.

—Sí.

—Entonces saben quién soy.

—Sabemos quién era tu familia.

—Mi familia sigue siendo la misma.

Sentí que la magia se revolvía dentro de mí.

—¿Y tú?

—Yo también.

—¿Eres un cazador?

Daniel guardó silencio.

—Contesta.

—Estoy aprendiendo.

Kate soltó una risa incrédula.

—¿Aprendiendo a cazar brujas?

—Sí.

Sentí una punzada en el pecho.

—Entonces mantente alejado de nosotras.

Me di la vuelta.

—Samantha.

No quería escucharlo.

—¡Samantha!

Me detuve.

—No quiero hacerte daño.

—Todavía.

—Nunca.

Me giré.

—¿Entonces por qué me dijiste que tuviera cuidado contigo?

Daniel bajó la mirada.

—Porque mi familia no es la única que está buscando brujas.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién más?

—No lo sé.

—Mientes.

—No.

—Entonces dime qué está pasando en Hammond.

Daniel respiró profundamente.

—Mi abuelo llevaba años investigando las desapariciones.

—¿Por qué?

—Porque descubrió que todas tenían algo en común.

—¿Qué?

—Todas las chicas habían estado cerca del lago.

Mi corazón se detuvo.

—¿Todas?

Asintió.

—Y todas desaparecieron durante luna llena.

Kate me tomó del brazo.

—Anoche había luna llena.

Daniel nos miró.

—Exactamente.

---

Después de las clases, fuimos directamente al lago.

No quería hacerlo.

Pero necesitaba respuestas.

El lugar estaba acordonado.

Había policías alrededor.

Esperamos hasta que se fueron y nos acercamos por un sendero lateral.

—Esto es una mala idea —dijo Kate.

—Probablemente.

—Solo quería dejar constancia.

—Anotado.

Nos acercamos al agua.

La superficie estaba tranquila.

Demasiado tranquila.

—¿Qué buscamos? —preguntó Kate.

—No lo sé.

—Excelente plan.

Caminamos por la orilla.

Entonces sentí algo.

Me detuve.

—¿Qué pasa?

—Hay magia.

Kate cerró los ojos.

—Sí.

La energía venía desde el agua.

Nos acercamos.

—No deberíamos entrar —dijo.

—No vamos a entrar.

Me arrodillé y puse la mano sobre la superficie.

El agua se congeló alrededor de mis dedos.

Una imagen apareció en mi mente.

Maya.

Estaba corriendo.

Llorando.

Miraba hacia atrás.

Alguien la perseguía.

No podía verle el rostro.

Maya llegó al lago.

Se detuvo.

Entonces alguien la agarró.

Grité y retiré la mano.

—¡Sam!

Caí hacia atrás.

Kate me sostuvo.

—¿Qué viste?

—Maya.

—¿Está viva?

—En ese momento.

—¿Quién la perseguía?

—No lo sé.

—¿Era humano?

Negué.

—No.

Kate palideció.

—¿Qué viste?

—Una sombra.

De pronto escuchamos ramas romperse detrás de nosotros.

Nos giramos.

Daniel estaba allí.

—¿Qué hacen aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —respondí.

Él miró el agua.

—¿La viste?

—¿Cómo sabes?

—Porque estás pálida.

—Vi a Maya.

Daniel se acercó.

—¿Qué te mostró?

—Que alguien la perseguía.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Era una criatura?

Asentí.

Daniel cerró los ojos.

—Entonces es peor de lo que pensaba.

—¿Qué sabes?

—Que esa cosa no la mató.

Lo miré.

—¿Cómo estás tan seguro?

Daniel sacó una fotografía vieja.

Me la entregó.

Era una imagen de un símbolo dibujado en el suelo.

El mismo símbolo que había visto en la cadena.

—¿Qué es eso?

—Mi abuelo lo encontró hace treinta años.

—¿Dónde?

—Aquí.

Miré el lago.

—¿Qué significa?

Daniel bajó la voz.

—Una puerta.

—¿Una puerta hacia dónde?

Me miró directamente.

—Hacia el otro lado.

Un viento helado recorrió el lago.

Y entonces escuchamos una voz.

—Samantha...

Kate me agarró la mano.

Daniel se puso delante de nosotras.

—No respondas.

—Samantha...

La voz venía del agua.

Miré la superficie.

Algo comenzó a emerger.

Primero apareció una mano.

Después un brazo.

Luego un rostro.

Maya.

Pero no estaba como la había visto antes.

Su piel estaba pálida.

Sus ojos completamente negros.

Y sonreía.

—Finalmente te encontré —susurró.

Daniel sacó algo parecido a una daga.

—¡Retrocedan!

Maya salió lentamente del agua.

—No tengas miedo, Samantha.

—¿Qué quieres?

Su sonrisa se hizo más grande.

—No soy yo quien te quiere.

—¿Quién?

Maya levantó un dedo y señaló hacia el bosque.

—Ella.

El viento se detuvo.

Los árboles quedaron completamente inmóviles.

Y desde lo profundo del bosque apareció una mujer.

Vestía un largo vestido negro.

Su cabello cubría parcialmente su rostro.

Pero pude reconocer sus ojos.

Eran los mismos ojos blancos de la criatura que había entrado en nuestra casa.

Daniel se quedó inmóvil.

—No...

—¿La conoces? —pregunté.

Él negó lentamente.

—No.

La mujer sonrió.

Y entonces pronunció una palabra que hizo que mi sangre se congelara.

—Holley.

Kate apretó mi mano.

La mujer dio un paso hacia nosotros.

—Han vuelto.

Y por la forma en que nos miraba comprendí que aquello no era una advertencia.

Era una bienvenida.

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