Capítulo 5 Mujer
SAMANTHA
La mujer no apartaba los ojos de nosotras.
No de Daniel.
No de Maya.
De nosotras.
De Kate y de mí.
—Han vuelto —repitió.
Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta las piernas.
—¿Quién eres? —pregunté.
La mujer sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la clase de sonrisa que alguien muestra cuando sabe algo que tú desconoces.
—Sabes quién soy.
—No.
—Todavía no.
Daniel dio un paso hacia delante.
—Aléjate de ellas.
La mujer giró lentamente la cabeza hacia él.
—Un Dickson.
Su sonrisa desapareció.
—Siempre llegan tarde.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres?
—No quiero nada de ti.
Volvió a mirarnos.
—Quiero lo que les pertenece.
Kate se colocó a mi lado.
—No tenemos nada que te pertenezca.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
—Pobres niñas.
Maya permanecía detrás de ella, inmóvil.
—¿Maya? —pregunté.
Sus ojos negros se clavaron en mí.
—No la llames.
—¿Por qué?
—Porque ya no es ella.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Qué le hiciste?
—Yo no hice nada.
La mujer levantó una mano.
Maya comenzó a caminar hacia nosotras.
Daniel se puso en posición defensiva.
—¡Atrás!
Maya se detuvo.
—No puedes protegerlas para siempre, Daniel.
—Puedo intentarlo.
—Eso fue lo que hicieron tus antepasados.
La mujer dio otro paso.
—Y fracasaron.
Daniel apretó con fuerza la daga que sostenía.
—No esta vez.
—Siempre dicen lo mismo.
La mujer extendió la mano hacia mí.
—Samantha.
Mi nombre sonó diferente en su voz.
Como si tuviera un significado que yo desconocía.
Sentí que algo dentro de mí respondía.
La magia.
Comenzó a moverse por mis brazos.
—No te acerques.
—¿Por qué tienes miedo de mí?
—No tengo miedo.
—Entonces demuéstralo.
Una ráfaga de viento golpeó el lago.
El agua comenzó a elevarse.
Kate me tomó del brazo.
—Sam.
—Lo sé.
La mujer sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Tu verdadera naturaleza.
El agua que flotaba sobre el lago comenzó a girar.
Daniel retrocedió.
—Tenemos que irnos.
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—No pienso correr.
La mujer se rio.
—Exactamente igual que ella.
—¿Quién?
—Tu madre.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Conoces a mi madre?
—La conozco mucho mejor de lo que imaginas.
—¿Qué sabes de ella?
La mujer levantó una mano.
El agua cayó de golpe.
Maya desapareció.
—¡Maya!
Corrí hacia el lago, pero Daniel me sujetó.
—¡No!
—¡Suéltame!
—No puedes acercarte.
—¡Está ahí!
—No está.
Miré el agua.
Tenía razón.
Maya había desaparecido.
La mujer también.
Solo quedaba el bosque.
—¿Dónde están? —preguntó Kate.
Daniel miró a su alrededor.
—Se fueron.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—Tú eres el cazador —dije—. Se supone que debes saberlo.
Daniel me miró.
—No soy un cazador.
—Acabas de decir que estás aprendiendo.
—Sí.
—Entonces ¿qué eres?
No respondió.
—Daniel.
—Alguien que intenta entender qué demonios está pasando.
—Pues estamos en las mismas.
Guardó la daga.
—Tenemos que regresar.
—No.
—Samantha.
—Quiero saber quién era esa mujer.
—Yo también.
—Entonces averigüémoslo.
Daniel suspiró.
—Mi abuelo tenía diarios.
—¿Diarios?
—Registros de todo lo que investigó.
Kate se acercó.
—¿Dónde están?
—En mi casa.
—Entonces vamos.
Daniel negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi padre está allí.
—¿Y?
—Y no le agradaría verme con ustedes.
—¿Por qué?
Daniel me miró.
—Porque para él, ustedes son exactamente lo que mi familia ha pasado generaciones intentando destruir.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Brujas.
—Sí.
—¿Y tú piensas igual?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—No sé qué pensar.
—Entonces piensa rápido.
Me di la vuelta.
—Nos vamos, Kate.
—Samantha.
Lo ignoré.
—Samantha, espera.
Seguí caminando.
—No puedes simplemente marcharte.
Me detuve.
—¿Por qué no?
—Porque ella te conoce.
—¿Y qué?
—Y porque dijo que habían vuelto.
Me giré.
—¿No te parece extraño?
—Claro que sí.
—Entonces necesitamos saber qué significa.
Daniel permaneció callado.
—Ven a nuestra casa —dije.
Kate abrió los ojos.
—¿Sam?
—Necesitamos hablar.
Daniel miró hacia el bosque.
—Está bien.
---
No tardamos mucho en llegar.
Durante todo el camino nadie dijo una palabra.
Daniel conducía detrás de nosotras.
Cuando entramos al vecindario, estacioné frente a nuestra casa.
La puerta seguía intacta.
Las ventanas también.
Pero al acercarme sentí inmediatamente algo extraño.
La protección seguía allí.
—¿Qué sucede? —preguntó Daniel.
—Nuestra casa está protegida.
—¿Contra qué?
—Contra todo.
—¿Todo?
—Espíritus, magia, criaturas.
Daniel me miró.
—¿Criaturas?
—Sí.
—Entonces realmente son brujas.
Me quedé quieta.
Había olvidado que él todavía no lo sabía oficialmente.
Kate se acercó.
—Sí.
Daniel nos observó.
—¿Las dos?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nacimos.
—¿Qué clase de magia pueden hacer?
—¿Quieres hacer una entrevista?
—Solo estoy intentando entender.
—Pues empieza por aceptar que existe.
Daniel soltó una pequeña sonrisa.
—Eso ya lo hice.
Entramos.
Cerré la puerta.
Daniel miró alrededor.
—Es bonita.
—Gracias.
—Pero tiene una energía extraña.
—¿Puedes sentirla?
—Sí.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo?
—Mi familia nos enseñó a reconocer la magia.
Kate cruzó los brazos.
—¿Entonces tú también tienes magia?
Daniel negó.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Porque parecías sentirla.
—Los cazadores aprenden a identificarla. No significa que podamos usarla.
Asentí lentamente.
Nos sentamos en la sala.
Daniel miró el libro de hechizos que estaba sobre la mesa.
—¿Puedo?
—No.
—Solo quería verlo.
—No.
Sonrió.
—Está bien.
Kate se sentó a mi lado.
—Habla.
Daniel respiró profundamente.
—Mi abuelo creía que Hammond estaba construido sobre algo.
—¿Qué?
—Un lugar donde la barrera entre nuestro mundo y el mundo espiritual es más débil.
—¿El otro lado?
—Sí.
Recordé las palabras de la mujer.
Han vuelto.
—¿Y qué tiene que ver nuestra familia?
—Eso es lo que no sé.
—Pero tu abuelo sí.
—Probablemente.
—Entonces necesitamos sus diarios.
—Mi padre los guarda.
—Vamos por ellos.
Daniel negó.
—No es tan fácil.
—¿Por qué?
—Porque mi padre sabe que las Holley están en Hammond.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿Cómo? —preguntó Kate.
—Él fue quien consiguió información sobre ustedes.
Sentí que mi corazón se aceleraba.
—¿Nos estaba buscando?
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Sabía que algún día regresarían.
—¿Regresaríamos?
Daniel asintió.
—Según mi abuelo, la familia Holley tuvo relación con Hammond hace muchas generaciones.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque mamá siempre dijo que nuestra familia había vivido aislada.
—Quizá no siempre fue así.
Me levanté.
—Tengo que llamar a mi madre.
Tomé el teléfono.
Marqué.
No contestó.
Volví a marcar.
Nada.
—No responde —dijo Kate.
—Lo sé.
Intenté con papá.
Tampoco.
Daniel me observaba.
—¿Qué?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Tu familia guarda objetos antiguos?
—Tenemos libros.
—No. Objetos.
Pensé en nuestra casa.
En las habitaciones que nunca podíamos abrir.
En el sótano.
En el viejo baúl de mamá.
—Sí.
—¿Qué clase de objetos?
—No lo sé.
—¿Nunca has visto ninguno?
—Cuando éramos pequeñas, mamá tenía una caja que jamás nos permitía tocar.
—¿Dónde está?
—En casa.
Kate se puso de pie.
—¿Quieres decir en la casa de nuestros padres?
—Sí.
Daniel frunció el ceño.
—Tenemos que ir allí.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Mamá dijo que no regresáramos.
—Entonces probablemente es exactamente donde necesitamos estar.
---
No sabía por qué acepté.
Tal vez porque Daniel tenía razón.
Tal vez porque cada minuto que pasaba tenía más preguntas.
O quizá porque había una parte de mí que sentía que la respuesta estaba en aquella casa.
Salimos de Hammond antes de que oscureciera.
Kate iba conmigo.
Daniel nos siguió en su coche.
Cuando llegamos a nuestra antigua casa, todo parecía igual.
El bosque.
Los árboles.
La enorme mansión.
El cementerio.
Pero había algo diferente.
La casa estaba completamente oscura.
—¿Mamá? —llamé al entrar.
Nadie respondió.
—¿Papá?
Silencio.
—Quizá salieron —dijo Kate.
—No.
Miré alrededor.
La casa estaba demasiado silenciosa.
Caminamos hasta la cocina.
Todo estaba intacto.
Los libros.
Las pociones.
Los utensilios.
—¿Por qué se fueron sin decirnos? —preguntó Kate.
—No lo sé.
Daniel entró detrás de nosotras.
—¿Dónde está la caja?
—En el despacho de mamá.
Subimos las escaleras.
El despacho estaba cerrado.
—Está protegida —dije.
—¿Puedes abrirla?
—Sí.
Puse la mano sobre la puerta.
Susurré unas palabras.
La cerradura se abrió.
Entramos.
La caja estaba sobre el escritorio.
Era de madera negra.
Tenía un símbolo grabado en la tapa.
El mismo símbolo que había encontrado junto al lago.
Sentí un escalofrío.
—Es este.
Daniel se acercó.
—¿Qué?
—El símbolo.
Le mostré la cadena.
Él palideció.
—¿Dónde encontraste eso?
—En nuestra casa.
—¿Quién la dejó?
—No lo sé.
Daniel tocó la caja.
Retrocedió inmediatamente.
—Está protegida.
—¿Con magia?
—Sí.
—Entonces debe ser importante.
Abrí el libro de hechizos.
—Necesito romper el sello.
Kate me miró.
—¿Estás segura?
—No.
—Genial.
Daniel observaba.
—¿Qué ocurre si fallas?
—Probablemente explote.
—Eso no me tranquiliza.
—No intentaba tranquilizarte.
Me concentré.
La magia comenzó a recorrer mis dedos.
El símbolo de la caja brilló.
—Sanguis Holley, abre lo que fue sellado.
La caja vibró.
El aire se volvió pesado.
—Por la sangre que heredé y la magia que llevo dentro...
La tapa se abrió.
Dentro había fotografías.
Cartas.
Un pequeño frasco.
Y un diario.
Lo tomé.
En la primera página había una fecha.
Y un nombre.
Elizabeth Holley.
—¿Quién es? —preguntó Kate.
—Una antepasada.
Pasé las páginas.
Había dibujos del lago.
Del bosque.
Y del símbolo.
Entonces encontré una frase.
La leí en voz alta.
—“La puerta no debe abrirse jamás. Los Holley fuimos encargados de mantenerla cerrada. Los Dickson fueron encargados de destruir aquello que intentara cruzarla.”
Daniel se quedó inmóvil.
—Entonces nuestras familias trabajaban juntas.
—Sí.
Pasé la página.
—Aquí hay más.
Leí.
—“Cada cien años, la puerta despierta. Una bruja Holley deberá sellarla nuevamente con ayuda de un Dickson.”
Kate frunció el ceño.
—¿Cada cien años?
—Mira la fecha.
El silencio fue absoluto.
Daniel se acercó.
—Este es el año.
Sentí un vacío en el estómago.
—No.
Pasé la página rápidamente.
Había otra frase escrita con una tinta mucho más oscura.
“Pero si la heredera Holley despierta antes de tiempo, la puerta elegirá su propio sacrificio.”
Kate me miró.
—¿Qué significa eso?
No pude responder.
Entonces escuchamos un golpe en el piso de abajo.
Daniel tomó su daga.
—No estamos solos.
Nos quedamos inmóviles.
Otro golpe.
Más fuerte.
—¿Mamá? —pregunté.
Nadie respondió.
Daniel hizo una señal para que permaneciéramos detrás de él.
Bajamos las escaleras lentamente.
La puerta principal estaba abierta.
El viento entraba.
—¿Quién está ahí? —preguntó Daniel.
Silencio.
Entonces vimos algo en el suelo.
Una chaqueta amarilla.
La misma.
La de Maya.
Kate se llevó una mano a la boca.
—No puede ser.
Me acerqué.
Debajo de la chaqueta había una fotografía.
La recogí.
Era una imagen de nuestra familia.
Mis padres.
Kate.
Yo.
Pero no era reciente.
En la parte de atrás había una fecha.
Yo apenas tenía unos meses.
Kate ni siquiera había nacido.
Y junto a nosotros aparecía una quinta persona.
Una mujer.
La reconocí.
Era la misma mujer del lago.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Quién es ella? —preguntó Daniel.
No podía hablar.
Entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.
—Su nombre es Abigail.
Nos giramos.
Mi madre estaba parada al pie de las escaleras.
Tenía el rostro pálido.
Y en sus manos sostenía un antiguo cuchillo de plata.
—Mamá...
Ella miró a Daniel.
Después a Kate.
Finalmente a mí.
—¿Qué hacen aquí?
—Necesitamos respuestas.
Mamá cerró los ojos.
—Ya es demasiado tarde.
—¿Para qué?
Ella miró la fotografía.
—Para mantenerlas fuera de esto.
—¿Quién es Abigail?
Mamá tardó unos segundos en responder.
—Mi hermana.
Kate abrió los ojos.
—¿Tienes una hermana?
Mamá asintió.
—Tenía una.
—¿Qué le pasó?
Mamá miró hacia el bosque.
—Murió hace diecisiete años.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿por qué la vimos?
Mamá me miró directamente.
Y por primera vez desde que tenía memoria, vi miedo verdadero en sus ojos.
—Porque Abigail nunca murió del todo.
El cuchillo de plata cayó de sus manos.
Y desde algún lugar profundo del bosque, una mujer comenzó a reír.
