Capítulo 6 Risa
SAMANTHA
La risa atravesó la casa como un cuchillo.
No era una risa normal.
Era suave, casi dulce, pero había algo debajo de ella que me hizo sentir un vacío en el estómago.
Mamá cerró la puerta de golpe.
—¡Nadie sale de aquí!
—Mamá, ¿qué está pasando? —pregunté.
Ella levantó la mano.
—¡Samantha, por una vez en tu vida hazme caso!
Su voz hizo que me quedara inmóvil.
Nunca la había escuchado hablarme así.
Kate se acercó a mí.
—Mamá...
—¿Dónde está su padre?
—No lo sabemos —respondí—. No contestan nuestras llamadas.
Mamá cerró los ojos.
—Entonces ya empezó.
—¿Qué empezó?
Ella miró a Daniel.
—¿Qué hace él aquí?
Daniel dio un paso adelante.
—Intento ayudar.
—Tú no puedes ayudar.
—Mi familia lleva generaciones estudiando esto.
—Tu familia lleva generaciones cometiendo errores.
Daniel frunció el ceño.
—Mi abuelo descubrió que los Holley tenían relación con la puerta.
Mamá se quedó inmóvil.
—¿Encontraron el diario?
Miré el libro que todavía llevaba en mis manos.
—Sí.
Mamá palideció.
—Dámelo.
Retrocedí.
—No.
—Samantha.
—No hasta que me expliques todo.
—No tienes idea de lo que estás haciendo.
—Precisamente. ¡Porque nunca me explicaste nada!
Mi voz retumbó por el pasillo.
—Toda mi vida me dijiste que debía ocultarme. Que no podía salir. Que no podía conocer gente. Que el mundo era peligroso. Pero jamás me dijiste por qué.
Mamá bajó la mirada.
—Porque quería que tuvieras una oportunidad de vivir.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no la tienes.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Quién es Abigail?
Mamá no respondió.
—¿Qué quiere de nosotras?
—No quiere nada de ustedes.
—Entonces, ¿por qué nos llamó?
—Porque tú despertaste algo.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
Mamá asintió.
—La noche de Halloween.
Recordé el momento.
La rabia.
Los cables.
La tormenta.
La magia escapando de mi cuerpo.
—Cuando utilizaste tu poder delante de todos...
—¿Qué hice?
—Abriste una grieta.
Daniel dio un paso hacia ella.
—¿Una grieta?
Mamá lo miró.
—Una conexión entre este mundo y el otro.
—¿Por eso aparecieron los espíritus?
—Por eso.
Kate negó lentamente con la cabeza.
—Entonces fue mi culpa.
—No —respondió mamá—. Fue la magia de Samantha.
—Yo la ayudé.
—Pero ella fue quien abrió la grieta.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Y Abigail cruzó?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Mamá caminó hacia el sofá y se sentó.
Por primera vez parecía cansada.
No como mi madre.
Como una mujer que llevaba demasiados años guardando un secreto.
—Abigail nació veinte años antes que yo. Era la primera hija de nuestra familia. Desde niña tenía un poder que nadie había visto antes.
—¿Más fuerte que el mío?
Mamá me miró.
—Mucho más.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué podía hacer?
—Hablar con los muertos.
Daniel frunció el ceño.
—Eso no es tan raro entre las brujas.
—No.
Mamá negó.
—Ella no hablaba con ellos.
Se hizo un silencio.
—Los traía de vuelta.
Kate abrió los ojos.
—¿Podía revivirlos?
—No.
Mamá negó lentamente.
—Podía abrirles la puerta.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿La puerta?
—La que viste en el diario.
Mamá tomó la fotografía que había encontrado.
—Hace diecisiete años, Abigail intentó abrirla completamente.
—¿Por qué?
—Porque quería traer a alguien de vuelta.
—¿A quién?
Mamá guardó silencio.
—¿A quién? —insistí.
—A su hija.
Mi corazón se detuvo.
—¿Tenía una hija?
—Sí.
—¿Qué le pasó?
Mamá miró hacia la ventana.
—Murió.
No dijo nada más.
—¿Y Abigail intentó revivirla?
—Sí.
—¿Y falló?
—Peor.
Mamá apretó las manos.
—Algo respondió desde el otro lado.
Daniel se acercó.
—¿Qué cosa?
Mamá lo miró.
—Una entidad.
—¿Qué entidad?
—Nunca supimos su nombre.
—¿Y qué hizo?
—Entró en Abigail.
Sentí un escalofrío.
—Entonces la mujer que vimos...
—No es Abigail.
Mamá negó.
—Es algo que lleva su rostro.
Kate se acercó a mí.
—¿Y Maya?
—Una de las primeras víctimas.
—¿Está muerta?
Mamá asintió.
—Sí.
—Pero la vimos.
—Porque la entidad puede usar a los muertos.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
—Para acercarse a los vivos.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué quiere? —pregunté.
Mamá me miró.
—La puerta.
—¿Y por qué nos necesita?
—Porque una Holley debe abrirla.
Mi respiración se cortó.
—¿Yo?
—Sí.
—No.
—Samantha...
—No voy a abrir ninguna puerta.
Mamá se levantó.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
—No eres tú quien decide.
—¿Qué?
—La magia ya te eligió.
Sentí que algo frío recorría mi espalda.
—¿Cómo sabes?
Mamá señaló mi brazo.
Miré mi piel.
Una marca apareció lentamente.
Un pequeño círculo atravesado por una línea.
El mismo símbolo.
—¿Qué demonios...?
La marca brilló.
Daniel se acercó.
—Es el símbolo de la puerta.
Mamá asintió.
—Aparece en la heredera cuando la puerta despierta.
Kate me tomó la mano.
—¿Cómo lo quitamos?
—No podemos.
—Tiene que haber una forma.
—Hay una.
Mamá miró a Daniel.
—El sello necesita dos personas.
Él entendió.
—Una Holley y un Dickson.
—Exactamente.
Me aparté.
—No.
Daniel me miró.
—Samantha...
—No voy a depender de un cazador.
—No quiero hacerte daño.
—Eso dijiste antes.
—Y lo mantengo.
Mamá caminó hacia una estantería.
Sacó otro libro.
—Sus familias fueron creadas para trabajar juntas.
—¿Creadas?
—No literalmente.
Abrió el libro.
Había un árbol genealógico.
Los nombres Holley aparecían en un lado.
Los Dickson, en otro.
Y en el centro había una frase:
Cuando la oscuridad despierte, sangre y sangre deberán unirse.
—¿Por qué nuestras familias dejaron de trabajar juntas? —preguntó Daniel.
Mamá lo miró.
—Porque los Dickson dejaron de confiar en nosotras.
—¿Por qué?
—Porque Abigail mató a varios cazadores.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Cuántos?
—Seis.
Su rostro cambió.
—Mi familia cree que los mató sin razón.
—No.
Mamá negó.
—Intentaron detenerla cuando quiso cerrar la puerta.
—¿Y ella los mató?
—La entidad los mató usando su cuerpo.
Daniel bajó la mirada.
—Mi abuelo nunca contó eso.
—Tu abuelo tampoco sabía toda la verdad.
—Entonces mi familia nos ha mentido durante generaciones.
—Como la mía.
La frase quedó flotando en el aire.
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Mi madre nos preparó té.
No porque tuviéramos frío.
Porque necesitaba unos minutos para pensar.
Daniel permanecía sentado frente a mí.
Kate hojeaba el diario.
Yo no podía dejar de mirar la marca de mi brazo.
—¿Se quedará? —pregunté.
Mamá asintió.
—Hasta que esto termine.
—No quiero que venga con nosotras.
Daniel arqueó una ceja.
—Créeme, tampoco tenía planeado pasar mi noche en una casa llena de brujas.
Kate soltó una carcajada.
—Pues ya eres uno de nosotros.
—No estoy seguro de que eso sea algo bueno.
Por primera vez desde que llegamos, sonreí.
Solo un poco.
Pero Daniel lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—No.
—Sí.
—Cállate.
Kate se rio.
Por unos segundos, todo pareció normal.
Hasta que el diario comenzó a vibrar.
Todos dejamos de hablar.
Las páginas comenzaron a pasar solas.
Una.
Dos.
Tres.
Hasta detenerse en una página completamente en blanco.
La tinta apareció lentamente.
Como si una mano invisible estuviera escribiendo.
LA PRIMERA SERÁ LA ÚLTIMA.
Mamá se puso de pie.
—No.
La frase cambió.
SAMANTHA HOLLEY.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
Mamá tomó el diario y lo cerró.
—No vuelvas a abrirlo.
—Mamá.
—¡No!
Su grito me hizo retroceder.
—Ese libro no debe leerse.
—Pero necesitamos saber.
—Ya sabemos suficiente.
—No.
La miré.
—Tú sabes mucho más.
Mamá cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces dime.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas, cuando se conocen, empiezan a ocurrir.
Daniel intervino.
—Eso no tiene sentido.
Mamá lo miró.
—Para la magia, sí.
De pronto escuchamos un ruido en el piso superior.
Un golpe.
Todos miramos hacia las escaleras.
—¿Qué fue eso? —preguntó Kate.
—No lo sé —respondió mamá.
Daniel se puso de pie.
Sacó la daga.
—Yo voy.
—No —dijo mamá.
—Si hay algo...
—No es algo.
Su rostro palideció.
—Entonces ¿qué es?
Mamá susurró:
—Es alguien.
Subimos todos.
El ruido venía del antiguo dormitorio de Abigail.
La puerta estaba cerrada.
Mamá se detuvo frente a ella.
—Nadie entra aquí desde hace diecisiete años.
—¿Entonces por qué hay alguien dentro? —pregunté.
Mamá no respondió.
Daniel levantó la daga.
—Aléjense.
—Daniel...
Abrió la puerta.
La habitación estaba completamente oscura.
No había nadie.
Solo una ventana abierta.
Y sobre la cama había una fotografía.
Me acerqué.
Era una foto de Abigail.
Joven.
Hermosa.
Sonriendo.
A su lado había otra chica.
Una niña.
—¿Es su hija? —pregunté.
Mamá asintió.
—Sí.
Miré el rostro de la niña.
Sentí algo extraño.
Una conexión.
Como si ya la hubiera visto.
—¿Cómo se llamaba?
Mamá tragó saliva.
—Elena.
Entonces la niña de la fotografía abrió los ojos.
Grité.
La imagen había cambiado.
Elena ya no sonreía.
Ahora miraba directamente hacia mí.
Y en el reverso de la fotografía apareció una frase.
NO DEJES QUE ABIGAIL ME ENCUENTRE.
Kate me arrebató la fotografía.
—¿Qué demonios...?
La habitación se volvió helada.
Una voz infantil susurró:
—Samantha...
Me quedé paralizada.
—¿Elena?
La voz volvió.
—Ella viene.
Daniel levantó la daga.
—¿Quién?
—Abigail.
La ventana se cerró de golpe.
La fotografía cayó al suelo.
Y una sombra apareció detrás de mi madre.
—¡Mamá!
Me lancé hacia ella.
La sombra desapareció.
Mi madre se giró.
—¿Qué viste?
—Detrás de ti.
Ella cerró los ojos.
—Ya está aquí.
---
Regresamos a la planta baja.
Mamá comenzó a colocar velas alrededor de la sala.
—Tenemos que reforzar el sello.
—¿Y si no funciona? —pregunté.
—Funcionará.
—No pareces convencida.
—No lo estoy.
Daniel miró por la ventana.
—¿Dónde está tu padre?
Mamá no respondió.
—Mamá.
—Está intentando encontrar el lugar donde comenzó la grieta.
—¿Y si no vuelve?
Ella me miró.
—Volverá.
Pero su voz decía lo contrario.
Nos quedamos en silencio.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Todos nos miramos.
—No abras —dijo Daniel.
Mamá se acercó lentamente.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Toc.
Toc.
Toc.
Mamá levantó la mano.
La puerta se abrió sola.
No había nadie.
Pero en el suelo había una pequeña muñeca.
Vestida con un vestido blanco.
Kate se acercó.
—Es vieja.
—No la toques —dijo mamá.
Demasiado tarde.
Kate ya la había recogido.
Sus ojos se pusieron completamente blancos.
—¡Kate!
La muñeca cayó al suelo.
Mi hermana comenzó a temblar.
—¡Kate!
La sujeté.
—¿Qué te pasa?
Ella abrió los ojos.
Pero no eran sus ojos.
—Samantha...
Su voz no era la suya.
—Suéltala —ordenó mamá.
—¿Kate?
Mi hermana sonrió.
—Ella está despierta.
—¿Quién?
—La reina.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué reina?
Kate inclinó la cabeza.
—La que duerme debajo del lago.
Daniel palideció.
—No.
—¿Qué? —pregunté.
Él retrocedió.
—Mi abuelo escribió sobre ella.
—¿Quién es?
Daniel me miró.
—La primera bruja.
Mamá cerró los ojos.
—No puede ser.
—¿Qué significa? —pregunté.
Daniel respondió con voz baja:
—Que Abigail no es la verdadera amenaza.
La sonrisa de Kate desapareció.
Sus ojos recuperaron su color.
Cayó inconsciente en mis brazos.
—¡Kate!
La levanté.
—¡Mamá!
Mamá corrió hacia nosotras.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la muñeca del suelo comenzó a moverse.
Su pequeña cabeza giró hacia mí.
Y una voz infantil salió de ella:
—Samantha Holley...
Me quedé helada.
—...tú eres la llave.
La muñeca sonrió.
—Y yo soy la puerta.
