Capítulo 7 Moverse
SAMANTHA
—Y yo soy la puerta.
La voz de la muñeca seguía resonando en mi cabeza.
No podía moverme.
No podía respirar.
Solo podía mirar aquel pequeño rostro de porcelana.
Sus ojos negros parecían demasiado grandes para una muñeca tan pequeña. La sonrisa que tenía dibujada en los labios había cambiado. Ya no parecía una simple línea pintada.
Parecía una sonrisa real.
—Samantha, aléjate —ordenó mamá.
No la escuché.
—¿Qué eres?
La muñeca inclinó la cabeza.
—Ya lo sabes.
—No.
—Sí.
—Dímelo.
Mamá me agarró del brazo.
—¡Samantha, no le hables!
La muñeca soltó una risita.
—Siempre tan obediente, Elizabeth.
Mamá se quedó completamente inmóvil.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿Por qué? Ese era tu nombre antes de convertirte en madre.
—Cállate.
—Antes de esconder a tus hijas.
—¡Cállate!
Una corriente de aire recorrió la habitación.
Las velas se apagaron.
Daniel levantó su daga.
—¿Qué está pasando?
Mamá se colocó delante de nosotras.
—No la escuches.
—¿Quién es? —pregunté.
—No lo sé.
La muñeca comenzó a reír.
—Mentirosa.
La miré.
—¿Conoces a mi madre?
—Conozco a todas las Holley.
—¿Quién eres?
—La puerta.
—Eso no responde nada.
—Soy aquello que ustedes cerraron.
Sentí un escalofrío.
—¿La reina?
La muñeca sonrió.
—Así me llamaron.
Daniel dio un paso hacia ella.
—¿Qué reina?
—La primera.
Mamá palideció.
—No.
—Sí, Elizabeth.
La muñeca giró lentamente la cabeza.
—La primera de todas.
Daniel miró a mi madre.
—¿Es verdad?
—No sé de qué habla.
—Mamá.
—¡No lo sé!
Su voz se quebró.
Nunca había visto a mi madre tan asustada.
Kate seguía inconsciente en el sofá.
Me arrodillé junto a ella.
—Kate.
No reaccionó.
—Kate, despierta.
Le di unas pequeñas palmadas en la mejilla.
Nada.
—Mamá, haz algo.
Ella se acercó y puso dos dedos sobre la frente de mi hermana.
Cerró los ojos.
—Está viva.
—Entonces despiértala.
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Algo entró en su mente.
—¡Sácaselo!
—No funciona así.
Sentí la magia arder en mis manos.
—Entonces lo haré yo.
Mamá me sujetó.
—No.
—¡Es mi hermana!
—Precisamente por eso.
—No voy a quedarme mirando.
Daniel se acercó.
—¿Qué necesitas?
Mamá lo miró.
—Nada.
—Puedo ayudar.
—Eres un Dickson.
—Y ella es mi amiga.
La expresión de mamá cambió ligeramente.
—Entonces ayúdame a proteger la casa.
Daniel asintió.
—¿Cómo?
—Necesitamos cuatro puntos.
—¿Qué puntos?
Mamá señaló las ventanas.
—Las cuatro esquinas.
Daniel comenzó a colocar velas.
Yo me quedé junto a Kate.
—¿Qué le está pasando?
Mamá no respondió.
—Mamá.
—Está viendo algo.
—¿Qué?
—No lo sé.
—¿Y cómo vamos a traerla?
—Ella debe regresar por sí misma.
—¿Y si no quiere?
Mamá me miró.
—Entonces tendremos que encontrarla.
Cerré los ojos.
—¿Cómo?
—Entrando en su mente.
—¿Puedes hacerlo?
—Sí.
—Entonces hazlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque para entrar tendrás que llevar tu magia contigo.
—No me importa.
—Podrías quedar atrapada.
—Es mi hermana.
Mamá suspiró.
—Lo sé.
Me arrodillé junto a Kate.
Tomé su mano.
—Voy a buscarte.
Mamá comenzó a recitar el hechizo.
—Que la sangre encuentre a la sangre...
Sentí calor en mi palma.
—Que la mente encuentre a la mente...
El mundo comenzó a desaparecer.
—Que ninguna sombra pueda separar lo que nació unido...
Todo se volvió negro.
---
Abrí los ojos.
No estaba en casa.
Estaba en un bosque.
Pero no era el bosque que conocía.
Los árboles eran enormes.
El cielo estaba rojo.
La luna parecía demasiado cerca.
—¿Kate?
Mi voz produjo un eco.
—¡Kate!
Nada.
Caminé entre los árboles.
—¡Kate!
Entonces escuché una risa.
—Siempre buscando a tu hermana.
Me giré.
Abigail estaba detrás de mí.
Esta vez parecía humana.
Su cabello negro caía sobre sus hombros.
Su rostro era hermoso.
Casi idéntico al de mi madre.
—¿Dónde está Kate?
—Cerca.
—Déjala ir.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ella abrió la puerta.
—No.
Abigail sonrió.
—No ella.
Señaló mi pecho.
—Tú.
Sentí un golpe.
—Yo no abrí nada.
—La noche de Halloween lo hiciste.
—Fue un accidente.
—Los accidentes no existen cuando se trata de magia.
—¿Qué quieres de mí?
—Que termines lo que comenzaste.
—No voy a abrir ninguna puerta.
—Ya está abierta.
El suelo comenzó a temblar.
Miré hacia atrás.
Había un enorme lago entre los árboles.
Y en medio del agua había una isla.
Sobre ella había una estructura de piedra.
Una puerta.
Exactamente igual a la que había visto en los dibujos de Elizabeth Holley.
—¿Qué es eso?
—El principio.
—¿De qué?
—De todo.
Abigail se acercó.
—Hace cientos de años, las brujas construyeron esa puerta para comunicarse con los muertos.
—¿Por qué?
—Porque tenían miedo de morir.
—¿Y qué ocurrió?
—La puerta se abrió demasiado.
Miré el lago.
—¿Y la cerraron?
—Sí.
—Entonces ¿por qué sigue aquí?
—Porque algo quedó atrapado al otro lado.
Sentí un escalofrío.
—La reina.
Abigail sonrió.
—Exactamente.
—¿Qué es?
—La primera bruja.
—¿Está muerta?
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Abigail se acercó a mí.
—Es aquello en lo que todas las brujas podrían convertirse si abandonaran las reglas.
—No entiendo.
—La primera bruja descubrió cómo vivir después de la muerte.
—¿Inmortalidad?
—Algo parecido.
—¿Y por qué está encerrada?
—Porque su magia comenzó a consumirla.
—¿Consumirla?
—Se alimentaba de otras brujas.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿De su magia?
—De su sangre.
—¿Y quiere la mía?
—Quiere a la heredera.
—¿Por qué?
Abigail me miró fijamente.
—Porque eres la primera Holley en siglos que nació con su misma marca.
Miré mi brazo.
El símbolo brillaba.
—¿Qué significa?
—Que puedes abrir la puerta sin morir.
—¿Y tú?
La expresión de Abigail cambió.
—Yo intenté hacerlo.
—¿Para traer a tu hija?
Asintió.
—Elena.
—¿Dónde está?
Abigail bajó la mirada.
—Al otro lado.
—¿Ella está viva?
—No.
—Entonces ¿por qué quieres abrir la puerta?
—Porque quiero recuperarla.
—No puedes.
—Tú no decides eso.
—Sí.
La miré.
—Y tampoco voy a ayudarte.
Abigail sonrió.
—Eso lo veremos.
Un grito atravesó el bosque.
—¡SAM!
Era Kate.
Corrí hacia el sonido.
—¡Kate!
Llegué a un claro.
Mi hermana estaba allí.
Atada a un árbol.
—¡Kate!
—¡Sam!
Corrí hacia ella.
Pero antes de alcanzarla, una sombra apareció.
Era enorme.
Sin rostro.
Dos ojos blancos.
La misma criatura de nuestra casa.
—No —susurré.
Kate comenzó a llorar.
—Sam, corre.
—No te voy a dejar.
La criatura avanzó.
Levanté las manos.
La magia salió de mi cuerpo.
El viento golpeó los árboles.
—¡Aléjate de ella!
La criatura retrocedió.
Sonreí.
—Eso es.
Volví a lanzar magia.
Pero esta vez algo salió mal.
La criatura absorbió el hechizo.
Y comenzó a crecer.
—¿Qué?
Abigail apareció detrás de mí.
—No puedes destruirlo.
—¿Qué es?
—Una parte de ella.
—¿De la reina?
—Sí.
La criatura levantó un brazo.
Me lanzó contra el suelo.
Sentí un dolor terrible.
—¡Sam!
Kate gritó.
Intenté levantarme.
No pude.
La criatura se acercó.
Entonces una luz apareció entre nosotros.
Una figura.
Un hombre.
No podía verle el rostro.
Solo escuché su voz.
—¡Samantha!
Lo reconocí.
Era mi padre.
—¡Papá!
La criatura retrocedió.
Mi padre levantó una mano.
—Despierta.
—¿Qué?
—¡Despierta, Samantha!
Todo comenzó a desmoronarse.
El bosque.
El lago.
Abigail.
Kate.
Todo.
---
Abrí los ojos.
Estaba en el sofá.
Kate estaba junto a mí.
Mamá lloraba.
Daniel estaba arrodillado frente a nosotras.
—¡Sam!
Me incorporé de golpe.
—¿Kate?
—Estoy aquí.
La abracé.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué viste?
Kate negó.
—Nada.
—Yo sí vi cosas.
Mamá se sentó frente a mí.
—¿Qué viste?
—Abigail.
Su rostro palideció.
—¿Qué te dijo?
—Que la reina está detrás de todo.
Mamá cerró los ojos.
—Lo sabía.
—Y dijo que soy la heredera.
Silencio.
—¿Qué significa eso?
Mamá no respondió.
—¡Mamá!
—Significa que tú eres la única que puede abrir la puerta.
Daniel se puso de pie.
—Entonces debemos encontrarla antes de que lo haga.
—No —dijo mamá.
—¿Qué?
—No podemos destruir la puerta.
—¿Por qué?
—Porque está conectada a Samantha.
—¿Y entonces?
Mamá miró hacia mí.
—Tenemos que sellarla.
—¿Cómo?
—Con la sangre de una Holley y un Dickson.
Daniel entendió.
—Samantha y yo.
—Sí.
—¿Y qué ocurre después?
Mamá bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir?
—El ritual exige un sacrificio.
El silencio cayó sobre la habitación.
—¿Qué sacrificio? —pregunté.
Mamá me miró.
—Uno de los dos debe morir.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Daniel no dijo nada.
Kate me tomó la mano.
—No.
Mamá se acercó.
—Por eso nunca quise que ustedes vinieran a Hammond.
—Pero nos enviaste.
—Porque no sabía que la marca ya había aparecido.
—¿Cuándo lo supiste?
—Cuando viste a Maya.
Me quedé inmóvil.
—Entonces todo esto empezó antes de Halloween.
Mamá asintió.
—Mucho antes.
Daniel se acercó a la ventana.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si Abigail necesita a Samantha para abrir la puerta, ¿por qué no la ha tomado todavía?
Mamá lo miró.
—Porque necesita que Samantha quiera abrirla.
—¿Y cómo piensa conseguirlo?
Mamá miró a Kate.
Mi estómago se revolvió.
—No.
—Usará aquello que más amas.
—No.
—Kate es su objetivo.
Mi hermana se quedó inmóvil.
—No voy a permitirlo.
Mamá negó.
—No podrás detenerla sola.
Daniel se volvió hacia mí.
—Entonces no estarás sola.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
—Que voy a ayudarte.
—¿Aunque tu familia quiera matarme?
—Mi familia puede esperar.
—Daniel...
—No pienso dejar que mueras por algo que hicieron nuestros antepasados.
Mi corazón dio un salto.
Aparté la mirada.
—No deberías confiar en mí.
—Probablemente no.
—Entonces ¿por qué lo haces?
Daniel sonrió ligeramente.
—Porque tú tampoco deberías confiar en mí.
Kate nos miró a ambos.
—Esto se está poniendo raro.
—Cállate —dijimos al mismo tiempo.
Ella soltó una carcajada.
Pero la risa terminó cuando escuchamos un ruido afuera.
Todos nos quedamos en silencio.
Daniel tomó su daga.
Mamá apagó las luces.
Nos acercamos a la ventana.
Al otro lado del jardín había alguien.
Una figura inmóvil.
Una mujer.
Abigail.
Pero esta vez no estaba sola.
Había otras personas detrás de ella.
Decenas.
Hombres y mujeres.
Todos completamente quietos.
Todos mirándonos.
—¿Quiénes son? —susurró Kate.
Mamá palideció.
—Los muertos.
Uno de ellos levantó la cabeza.
Después otro.
Y otro.
Hasta que todos comenzaron a caminar hacia la casa.
—Mamá...
—No salgan.
Daniel apretó su daga.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Mamá miró el reloj.
—Hasta la medianoche.
—¿Qué ocurrirá a medianoche?
La casa tembló.
Una grieta apareció en el suelo.
El símbolo de la puerta comenzó a iluminarse bajo nuestros pies.
Mamá respondió:
—La puerta se abrirá.
Y esta vez, desde debajo de la casa, escuché cientos de voces susurrando mi nombre.
—Samantha...
La marca de mi brazo comenzó a arder.
Y supe que ya no teníamos tiempo para escapar.
