Capítulo 1 SUPERVIVENCIA
–¡Maldita arrastrada, por tu culpa el nuevo director nos está destruyendo la vida en este turno! –brama Charlotte, empujándome con una brutalidad que delata su desesperación y arrinconándome contra los casilleros del vestidor vacío.
–No es mi culpa que seas una cobarde incapaz de cerrarle la boca a ese asqueroso, Charlotte, de modo que quítame las manos de encima ahora mismo –le respondo con una calma cortante mientras mis pies se plantan firmes en el suelo, distribuyendo el peso de mi cuerpo para mantener el equilibrio absoluto.
Al sentir el peligro, pego instintivamente mi espalda a la pared y busco con la mirada las tres salidas de emergencia del pasillo, calculando las distancias exactas mientras el miedo empieza a filtrarse por mis venas.
–¡Todos en esta clínica de los Alpes sabemos que buscas provocar al jefe para extorsionar a la junta directiva, Anya! –escupe otra enfermera, bloqueando la salida con una sonrisa cargada de veneno– Deberías terminar como tu padre, quien arruinó la empresa familiar antes de pegarse un tiro y dejarte sumergida en la más absoluta miseria, debiendo dinero a media Europa.
El insulto contra mi sangre activa mis reflejos defensivos y, antes de que ella pueda siquiera pestañear, mi puño impacta con precisión en la punta de su mentón, provocando que se desplome herida sobre las baldosas frías del suelo.
–Qué nido de víboras tan fascinante tengo bajo mi mando en este hospital –interrumpe una voz ronca desde las sombras del pasillo, revelando al director médico que avanza mirándome con un descaro que me revuelve el estómago. – Dejen su patética pelea ahora mismo y tú, Anya, entra a mi oficina de inmediato porque tenemos una larga cuenta que liquidar a solas si quieres conservar tu licencia.
–No voy a entrar a ningún lado con un cerdo corrupto como usted, caballero, de manera que le exijo que me firme la baja voluntaria en este mismo instante –sentencio dando un paso lateral, midiendo la distancia hacia la puerta principal mientras las demás enfermeras me obstruyen el paso.
El director se abalanza con una velocidad insospechada y sus dedos me aprietan el cuello, cortándome la respiración mientras me estampa contra la pared del vestidor.
–Sé perfectamente que el banco te embarga la casa mañana, basura –me susurra al oído con su aliento rancio. – tus deudas superan los seis dígitos por los desfalcos de tu padre y nadie en este pueblo italiano te dará empleo si yo te destruyo el expediente. Así que vas a obedecer cada una de mis órdenes esta noche si quieres comer el resto del mes.
Aprovechando que disminuye su guardia por exceso de confianza, bajo el cuerpo en un movimiento rápido, flexiono la rodilla y le propino una patada ascendente directo en la entrepierna. El hombre se dobla emitiendo un alarido de agonía, lo cual me permite abrir la puerta de emergencia y escapar hacia la noche fría del pueblo, consciente de que acabo de destruir mi último sustento legal en medio de la montaña.
Corro por el sendero oscuro que bordea la carretera alpina, esquivando los árboles mientras mi respiración agita el aire helado de la medianoche. El eco de unos neumáticos derrapando me obliga a saltar hacia la cuneta, donde me oculto detrás de una densa arboleda, conteniendo el aliento al ver cómo un auto negro se detiene en seco a pocos metros de mi escondite.
–¡Por favor, Don Dante, yo no filtré los códigos de las bóvedas al clan enemigo, se lo juro por mi familia! –gime un hombre herido que es arrastrado fuera del vehículo y arrojado de rodillas sobre la tierra húmeda.
–En mi organización, la traición corporativa se liquida antes del amanecer, porque los soplones no tienen cabida en mis empresas –sentencia un hombre extremadamente alto, de hombros anchos y traje impecable, cuya voz gélida me congela la sangre en las venas.
Desde mi posición, observo cómo el líder mafioso desenfunda un arma con silenciador con una parsimonia aterradora. Mis ojos se fijan en el cañón de la pistola mientras cuento mentalmente los hombres que lo rodean: uno, dos, tres guardias armados custodiando el perímetro. El disparo es seco y definitivo, haciendo que el cuerpo del traidor se desplome sin vida sobre el suelo arcilloso. El horror me paraliza el pecho, obligándome a enterrar las uñas en la tierra para no emitir un solo grito, comprendiendo que acabo de presenciar un secreto mortal del hombre más peligroso de la región.
Tres días después, deambulo sin rumbo fijo por las calles adoquinadas del centro de la ciudad, sintiendo un temblor constante en mis manos que intento ocultar hundiendo los puños en los bolsillos de mi chaqueta. Mi mente intenta calcular desesperadamente el saldo de mis cuentas bancarias para pagar el alquiler de esta noche, pero el pánico distorsiona los números y confundo las cifras una y otra vez, confirmando mi absoluta fragilidad. Al pasar frente a la exclusiva vitrina de una boutique, un cartel recién impreso me detiene en seco.
«SOLICITUD INMEDIATA: Se busca enfermera cama adentro, con absoluta reserva y disponibilidad total para el cuidado de un niño de la alta sociedad. Sueldo mensual equivalente a tres años de salario promedio. Presentarse con documentación en regla».
–Esto tiene que ser una trampa de la junta directiva o un milagro del destino, pero no tengo otra opción para rellenar mi cuenta antes del amanecer –murmuro anotando la dirección con dedos temblorosos, dándome cuenta de que el lugar se encuentra en la zona residencial más restringida y blindada de la provincia entera.
Subo al autobús local con la cabeza gacha, evitando fijar la mirada en los pasajeros para no levantar sospechas, aunque vigilo de reojo cada movimiento a través del reflejo de las ventanas. El paisaje urbano desaparece rápidamente a medida que el vehículo avanza por un camino desolado, flanqueado por densos bosques y acantilados peligrosos que aumentan mi sensación de aislamiento. Tras descender en la última parada solitaria del trayecto, camino kilómetros bajo el sol abrasador junto a un muro interminable de piedra gris que parece resguardar una fortaleza militar inexpugnable.
Al llegar finalmente a la imponente entrada de hierro forjado, tres guardias armados con trajes oscuros y fusiles semiautomáticos me cortan el paso de forma inmediata, apuntando ligeramente hacia mis piernas.
–Identificación y motivo de su presencia en esta propiedad privada, ahora mismo –exige el oficial de seguridad con un tono que no admite réplicas, colocándose a un metro de distancia.
