Capítulo 5 DESCONFIANZA
–¡Anya, la puerta está cerrada! –exclama Leo entre sollozos, escondiendo su rostro en mi hombro.
–No te preocupes por eso, yo sé cómo entrar –replico con absoluta tranquilidad, golpeando la madera con el hombro para empujarla y dirigiéndome de inmediato hacia el enorme vestidor de caoba donde se oculta el mecanismo de acceso. – Sujeta este peluche y respira hondo, Leo, la habitación del pánico está justo detrás de este panel y estaremos a salvo en un segundo.
Deslizo la mano con precisión milimétrica sobre la moldura oculta del mueble, activando el panel digital que Dante utiliza para las emergencias de su hijo, provocando que la pesada puerta de acero blindado se abra con un zumbido casi imperceptible. Nos adentramos en el búnker fortificado de paredes de titanio y pantallas de vigilancia computarizadas, permitiendo que la compuerta se cierre herméticamente detrás de nosotras y aislando por completo el estrépito de la balacera exterior.
Mientras tanto, en los jardines exteriores, la situación es una auténtica carnicería de hombres armados que intentan vulnerar el perímetro de la organización. Dante se mueve entre las sombras de la propiedad con la ferocidad de un lobo herido, empuñando un fusil de asalto con el que neutraliza sistemáticamente a los atacantes que osaron sitiar su hogar.
–¡Aseguren el ala norte y no dejen a un solo bastardo con vida! –brama Dante a través del comunicador de su oído, con los ojos inyectados en sangre y la adrenalina disparada al máximo. – ¡Si le pasa algo a mi hijo, los voy a colgar a todos de los árboles de este jardín antes del amanecer!
–¡Señor, el perímetro está limpio y los francotiradores enemigos han sido ejecutados! –informa el jefe de seguridad por la línea de radio, jadeando debido al violento enfrentamiento que acaba de concluir. – La planta baja está asegurada, pero no encontramos a la enfermera ni al joven Leo en la sala principal, las ventanas están completamente destruidas.
El rostro de Dante se desfigura por el pánico absoluto y, sin responder una sola palabra, corre a toda velocidad hacia el interior de la mansión, subiendo las escaleras de tres en tres mientras esquiva los casquillos percutidos que decoran el suelo. El líder de la mafia irrumpe con violencia en su propia recámara, con el arma lista para disparar contra cualquiera que se interponga en su camino, y se dirige directo hacia el vestidor para ingresar el código de emergencia en el panel de la habitación del pánico.
La pesada puerta de titanio se desliza hacia atrás con lentitud, revelando la iluminación blanca del búnker subterráneo que debería ser el escenario de una crisis nerviosa total. Sin embargo, la escena que se presenta ante los ojos de Dante paraliza por completo sus movimientos y hace que baje el cañón de su fusil debido al más puro desconcierto. Anya y Leo están sentados en el suelo de la fortaleza indestructible, utilizando unos mapas tácticos y unos marcadores de colores para jugar al tres en línea sobre una de las mesas de metal, completamente ajenos al terror de la batalla que se acaba de librar afuera.
–¡Leo! ¡Hijo mío! –exclama Dante con una desesperación genuina que quiebra su fachada de hombre implacable, soltando el arma para correr hacia el pequeño y envolverlo en un abrazo asfixiante. – Pensé que te había perdido para siempre en este ataque.
–¡Papá! –grita el niño con total emoción, devolviéndole el abrazo a su padre mientras señala los papeles del suelo. – Ju…jugamos a ser espi… espías con Anya, ella me salvó de los hombres malos.
–Hiciste un trabajo aceptable protegiendo a mi hijo, enfermera Anya, pero ahora tú y yo tenemos una conversación muy larga pendiente –comenta Dante con una voz cavernosa que reverbera en las paredes de titanio, acomodándome las mangas de su traje manchado de pólvora. – Retírense de inmediato y dejen al niño bajo la custodia del equipo médico de la planta baja.
NARRA DANTE
Sujeto a Anya fuertemente del brazo apenas los guardias se llevan a Leo, arrastrándola hacia mi oficina privada para exigir las respuestas que mi seguridad corporativa necesita.
–Es el momento de que empieces a hablar sin rodeos, Anya, porque mi paciencia se terminó en el mismo instante en que las balas perforaron las ventanas de mi sala –sentencio, arrojando mi saco manchado de pólvora sobre el sofá mientras me aflojo la corbata con un movimiento brusco y agresivo. – Te di la contraseña y la ubicación de la habitación del pánico como una medida desesperada de protocolo, sin embargo, jamás imaginé que una simple enfermera tuviera la maldita frialdad de arrastrar a mi hijo bajo el fuego cruzado sin derramar una sola lágrima y conociendo el despliegue táctico.
–Hice exactamente lo que cualquier profesional de la salud con un gramo de decencia habría hecho en mi lugar, señor, que es proteger la vida de su hijo a toda costa –me responde ella con una rapidez que me enciende las alertas, cruzándose de brazos mientras da un paso hacia el centro del despacho sin mostrar el más mínimo indicio de sumisión. – Mientras sus hombres se mataban allá afuera, el niño estaba entrando en un cuadro de pánico que habría colapsado sus vías aéreas en cuestión de segundos, así que mi prioridad no era asustarme por los malditos disparos, sino evitar que Leo muriera asfixiado en mis manos por un nuevo broncoespasmo.
–No me vengas con discursos de ética médica, Anya, porque he visto a soldados experimentados temblar y orinarse encima ante una ráfaga de fusiles de alta potencia –replico, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos y peligrosos, sintiendo cómo la adrenalina del combate se transforma repentinamente en una fuerza distinta y devoradora. – Entraste a mi búnker táctico con la precisión de un agente entrenado, pusiste a salvo al heredero de la organización más peligrosa de la región y cuando te encontré, estabas jugando al tres en línea como si estuviéramos en un maldito parque de diversiones; eso no lo hace una enfermera civil común.
