Capítulo 1 Acuerdo de divorcio

Por Valentina

Otra noche más qué llegaba a casa cerca de la medianoche.

No me preocupé por la hora, supuse que Leonardo, mi marido, no estaría en casa, rara vez llegaba antes del amanecer, eso cuando llegaba, realmente él jamás puso una excusa por su comportamiento y yo tampoco le preguntaba.

Estacioné mi auto, que se veía demasiado pobretón al lado de su basta colección de súper deportivos, allí no faltaba ni una sola de las mejores marcas, y por supuesto, todos los vehículos fueron personalizados.

Realmente, no era eso lo que me molestaba.

Caminé por el estacionamiento privado de lo que se suponía que era mi hogar.

¡Hogar!

Esa inmensa y lujosa mansión, era todo menos un hogar.

La gente que pasaba por la calle, quizás pensando qué afortunado sería vivir aquí…

La casa era hermosa, con su estilo ecléctico, esa mezcla perfecta de varios estilos del pasado en una misma fachada que era muy popular entre la aristocracia de finales del siglo XIX o tal vez principios del siglo XX.

El lujo se mezclaba con los ladrillos a la vista y los arcos, gigantes, de inspiración árabe o mudéjar, aunque este estilo es visible en muchas de las mansiones de la zona.

La casa, pretenciosa desde el jardín delantero, lleno de plantas, con aspecto sobrio y elegante, hasta el gran parque trasero, no era cálida, las mucamas, uniformadas como a principio del siglo pasado, caminaban casi en puntillas, sin embargo, ninguna era agradable

ni empática conmigo y yo, supuestamente, era la señora del hogar.

Abrí la puerta con mi propia llave, a mí nadie vendría a recibirme.

¡Era una cárcel de oro!

Una jaula solitaria.

Pero yo no soy esa mujer a la que todos, comenzando por Leonardo, creen débil, incapaz de mantenerse por sí misma, un parásito en todas sus formas.

¡Están equivocados! Soy mucho más que eso; sin embargo, aprendí a permanecer callada y a seguirle el juego a mi marido.

Cuando quise hablar, ser la mujer que, tal vez, él esperaba, solamente recibí desprecio, desplantes y humillaciones.

También soy la dueña absoluta de su indiferencia.

Aunque… Cuando el alcohol corre por sus venas, son muchas las noches que pasa por mi habitación.

No sé si es consciente de que me toma, casi con hambre.

Y luego… todo sigue igual porque horas más tarde su corazón era de acero.

Las luces permanecían prendidas, eso indicaba que él seguía fuera del hogar, por eso, me asombré cuando lo vi sentado en uno de los imponentes sillones de la sala.

-Buenas noches.

Saludé, pese a su fría mirada gris, tan gélida como su corazón y a sabiendas que no me iba a responder.

-Siéntate.

Me ordenó, sin responder a mi saludo.

Lo observé en silencio.

Estaba sobrio, pese al vaso de Coñac que lo acompañaba junto a un cigarrillo.

Ya había reparado en los papeles que tenía delante suyo.

Los estaba esperando.

La esperanza de que estos papeles se esfumaran, era tan débil, que era prácticamente nula.

Me senté, luego de sentir su mirada sobre mi cuerpo.

Me había sacado el abrigo y un vestido azul, nada llamativo, pero elegante, y que aún así, resaltaba mi figura, y supe, qué, por una milésima de segundo, captó su atención, luego su indiferencia, volvió a ser parte de su personalidad.

-Ya han pasado los cinco años de nuestro acuerdo matrimonial, ahora firmamos el acuerdo de divorcio.

Me extendió un bolígrafo, esperando que yo firmara todo sin leer.

Lo miré por unos segundos.

Tomé el bolígrafo y lo apoyé sobre la mesa que se hallaba entre los sillones y en esta ocasión, también entre nosotros.

-Firma.

Volvió a ordenar.

Tomé los papeles, los iba a leer, por supuesto.

No me apresuré como él esperaba.

Yo no era tonta, entendía sobre contratos y sobre acuerdos, tenía un título en abogacía corporativa. Además, y esto tenía que ver directamente con las actividades de las empresas que poseía mi abuelo, había estudiado en el extranjero con un especialista en gemología, donde adquirí todos los conocimientos necesarios para reconocer rubíes y zafiros de alta calidad y logré algo que muy pocos obtenían, la certificación para constatar la calidad de las piedras preciosas.

Leonardo no lo sabía.

Nunca me dio la oportunidad de explicarle nada, ni siquiera de acompañarlo.

Me apartó de todas las funciones de su empresa, y esto empeoró cuando Isabella regresó del extranjero, con aires de superioridad y una sensualidad tan, marcada que se sentía forzada, sin embargo le sirvió para acercarse más a mi esposo y para reemplazarme en los pocos eventos a los que le había acompañado hasta el momento.

Con el título de asistente personal y en nombre de una amistad “genuina” me desplazó de los pocos momentos en que tenía la oportunidad de estar a su lado.

Mi impotencia era mucha, y el acuerdo no lo podía romper.

Nuestro matrimonio, supuestamente, no fue por amor.

Él no me amaba.

Simplemente, para heredar el 51 % de la compañía familiar, su abuelo lo obligó a casarse, con un concepto tal vez anticuado.

Su abuelo y mi abuelo eran amigos, ambos eran competidores, supuestamente, en el negocio de la joyería del más alto nivel mundial.

-¿Lo vas a firmar? Puedo…

-Estoy leyendo.

Le dije con una determinación, que él no conocía en mí.

Me tomé el tiempo necesario.

-El divorcio va a existir, firmes o no el acuerdo, tu solo ralentizas mi crecimiento, Isabella llegó del extranjero, con ideas nuevas, con conocimientos superiores y realmente nuestra expansión, la de la empresa familiar, se va a llevar a cabo gracias a ella, por eso se va a convertir en la próxima señora Valcárcel.

Cómo si ese comentario no me había lastimado lo suficiente, Leonardo siguió hablando.

-Ella es la mujer que necesito a mi lado, es sensual, bella, desenvuelta, la prensa la admira y yo también.

Me esfuerzo por mantenerme serena, fue algo sobrenatural, pero lo conseguí.

-Tú eres fría, no te importa, diga lo que diga, lo que suceda con nosotros.

-Por supuesto ¿Por qué iba a importarme? Soy igual que tú, los dos firmamos el mismo acuerdo matrimonial.

El rostro de Leonardo, palideció.

Tal vez era el cansancio, o el exceso continuo de alcohol y tabaco.

Apoyé los papeles sobre la mesa que estaba entre nosotros.

-Firma.

-Lo voy a firmar, pero tengo dos condiciones.

Le dije aguantando el aire.

-¿Condiciones tú? No estás en situación para pedir requisitos.

-Sin embargo, lo más sensato es que yo firme limpiamente estos documentos y que ambos salgamos de este matrimonio, de mutuo acuerdo.

Pude ver como el asombro por mis palabras, lo embargaba.

Con indiferencia, pero casi actuada, me contestó.

-Te escucho.

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